Lucrecia y la libertad

Mercedes Funes
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7 de septiembre de 2019  • 00:46

Dijo que no quería llorar, pero terminó por conmover también a los millones que, en todas partes del mundo, la vimos leer el discurso con el que homenajeó a Pedro Almodóvar hace unos días, antes de darle el León de Oro honorífico, como presidenta del jurado del Festival de Cine de Venecia. "Esos livings de empapelados desquiciados, los enfermeros amantes, esas alfombras de animal print, los peinados con spray, las mujeres asimétricas, los aros de cafetera -enumeró Lucrecia Martel, detrás de sus inconfundibles gafas a la Ocampo- nos hicieron más libres. Nos liberaron del buen gusto, de la buena educación, de la moral mezquina de los que se llaman a sí mismos normales. [...] Mucho antes de que las mujeres, los homosexuales, las trans, nos hartáramos en masa del miserable lugar que teníamos en la historia, Pedro ya nos había hecho heroínas".

Es cierto: Almodóvar nos hizo más libres. Desde los tempranos ochenta, nos hizo querer ser chicas para poder ser sus chicas, con faldas a lo loco y sin más ley que el deseo. Un deseo que, por aquellos años, como dijo Martel con nostalgia, "estaba mucho menos organizado". Con esa misma libertad para correrse del libreto y hacer las preguntas que incomodan, la directora de La ciénaga (2001) y Zama (2017) también fue noticia en la Mostra por negarse a asistir a la gala de J'accuse, el último film de Roman Polanski -sobre el caso Dreyfus-, que fue incluido en la competencia.

En 1977, Polanski fue acusado de haber drogado y violado a Samantha Gailey, de trece años. Se declaró culpable de haber tenido relaciones sexuales con ella -en sus memorias, que escribió en 1984, dice que aquello no fue una violación porque Gailey era "una adolescente que sabía divertirse y tomaba alcohol y anfetaminas"- y estuvo preso cuarenta días tras un acuerdo judicial con la familia de la menor. El juez determinó después que la sentencia era insuficiente, más allá de cualquier acuerdo, pero, para entonces, el director de El bebé de Rosemary (1968) ya estaba libre y rumbo a París, donde pese a la orden de captura internacional, no corría peligro de extradición.

Precisamente por temor a ser detenido, como ocurrió en 2009 durante un festival en Zurich y en 2014 en Varsovia, Polanski no fue a Venecia. Sin embargo, J'accuse fue ovacionada por la crítica y el público. El director se hizo eco de las comparaciones con Alfred Dreyfus, un ingeniero de origen judío injustamente acusado de espionaje y condenado a prisión perpetua y desterrado por un tribunal militar en 1894, con un trasfondo antisemita que luego denunciaría Emile Zola. "Debo admitir que reconozco muchos de los mecanismos de los aparatos de persecución que muestra la película, y eso me inspiró", dijo Polanski. Sin embargo, lejos de haber sufrido una injusticia como la del caso Dreyfus, el director polaco es un prófugo que admitió su culpa. No fue desterrado: hace cuarenta años que escapa de la Justicia.

¿Debe por eso censurarse su cine? No lo creo y, en ese sentido, me parece que la mirada de Martel -mal entendida por varios de los que sólo leyeron los títulos- es un aporte fundamental para los que creemos en la libertad de expresión pero pensamos que los abusos deben ser condenados: "No creo que haya que separar a la obra del autor. Eso va en contra del hombre, porque él es sus actos en su vida privada y sus actos en sus películas. Yo creo que este tipo es complejo, ha hecho grandes reflexiones sobre la humanidad y ha hecho cosas terribles. Separar a la obra del hombre sería condenar o a la obra o al hombre. La complejidad humana es mucho más interesante para pensar. No hay que hacer juicios sumarísimos en la prensa, no hay que escrachar y que eso sea todo. Lo que hay que hacer es poder conversar".

Lucrecia, nuestra Lucrecia, que confesó que admira a Polanski como director, prefiere, como en sus películas, hacerse preguntas, no ver la historia en blanco y negro, ni sacar conclusiones. Se trata de ser honestos: la vida se parece más a la paleta vibrante y saturada de Almodóvar, y asumirlo siempre nos hace más libres.

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