Maestros arcaicos

Guillermo Jaim Etcheverry
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10 de julio de 2005  

Por qué los maestros pretenden imponerse a sus alumnos, reclamando silencio y respeto? ¿Lo hacen porque consideran que ellos son los que "saben"? Para la sociedad actual, ésta parece ser una imposición inaceptable que confirma la existencia de una violencia simbólica intolerable ejercida por los docentes en la institución escolar. No es que existan maestros y profesores que abusen de su autoridad, que sin duda los hay y deberían ser sancionados. Se sostiene que la autoridad de quien enseña es, en sí misma, abusiva e intolerable. La tarea esforzada y difícil que supone contribuir pacientemente a la construcción de una persona se percibe como un acto violento contra su libertad, ante el que, a los alumnos y a sus padres, sólo les cabe rebelarse, incluso recurriendo a la agresión física.

En realidad, esta descripción grotesca de la enseñanza confunde el discurso de los docentes con la instancia de la palabra personal, subjetiva. Lo que se esconde detrás de esta caracterización es la sincera convicción de una sociedad que cree que no hay nada por enseñar. Sólo si esto fuera así, si los profesores no supieran nada, si no debieran transmitir nada, todo quedaría reducido a su palabra personal. En ese caso, su "autoridad" se volvería no sólo superflua, sino completamente abusiva. Los alumnos no tendrían ninguna razón para escucharlos y menos aún para tener que hacerlo.

En este escenario de una relación entre individuos comunes, y por lo tanto iguales, la pretendida docencia se convierte en una vinculación totalmente interpersonal: desaparecen profesores y alumnos y, por lo tanto, se evapora la enseñanza. En las aulas se reunirían personas que sólo se refieren a sí mismas, por lo que resultaría incomprensible que alguna de ellas pretendiera lograr por parte de las otras atención, silencio y respeto; la "escuela café", una reunión de amigos en la que se escucharían voces en un coro de iguales.

Lo que parecería no advertirse es que, cuando un docente se dirige como tal a alumnos que son eso, alumnos, no es su persona quien les habla. Lo hace el maestro que esa persona es en ese momento preciso y en esas circunstancias singulares. No dirige su discurso a las personas que tiene frente a sí, sino a los alumnos que ellas son. Por eso, el silencio que la palabra del maestro reclama de los alumnos es un silencio que el docente se ha impuesto de entrada a sí mismo. Aunque hable, ha silenciado su propio discurso para prestar su palabra al conocimiento. Ese convertirse en vehículo del saber es lo que lo instituye como maestro, lo que legitima su palabra. En esa exigencia que el buen maestro se impone a sí mismo se funda su derecho imprescriptible a ser atendido por sus alumnos. Es decir, no hay enseñanza si no existe un contenido a enseñar, porque sólo ese contenido es el que la legitima.

Cuando se caracteriza como arcaica la concepción comentada, lo que queda expuesto es esta ruptura del vínculo inseparable entre el conocimiento y la enseñanza.

El calificativo de "arcaico" se emplea con la definitiva contundencia de un certificado de defunción.

Pero arkhé, en griego, significa a la vez principio, origen, punto de partida, comienzo, autoridad. La concepción de la enseñanza que condena nuestra época –en nombre del avance de la sociedad moderna y aun a riesgo de privar a la humanidad de sus recursos más profundos– es en realidad arcaica, pero no porque esté muriendo, como se pretende señalar.

Lo es porque enseñar está en el punto de partida, en el origen de lo humano. Precisamente por eso, la enseñanza es una actividad "arcaica".

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