Manchester y la gentrificación

Manchester y la nostalgia como atractivo turístico: del pasado áspero y rockero a los hoteles de lujo.
(0)
18 de diciembre de 2016  • 14:54

Por Nicolás Artusi / Ilustración de Nicolás Bolasini

El ladrillo rojo es inconfundible aunque en mi memoria perdure con el tono grisáceo que resulta del blanco y negro: incluso oscurecido por el humo de las chimeneas, el frente del Salford Lads Club se levanta imponente, pero no tanto como en mi febril imaginación juvenil. Sigue siendo un centro deportivo donde los pibitos juegan al fútbol o practican boxeo para mantenerse alejados de las calles, y ahí mismo se pararon los Smiths alguna tarde del verano del 86, justo debajo del cartel de la calle Coronation, con los jopos bien erguidos y los sacos recién planchados, para el poster de su disco The Queen Is Dead. Pero 30 años después la reina sigue viva y Manchester, la ciudad más dura y áspera de Inglaterra, es un ejemplo de gentrificación: las viejas fábricas que vieron nacer la Revolución Industrial albergan lofts que cotizan en cientos de miles de libras y ahí donde los desclasados ochentosos posaban con cara de chicos malos hoy se congregan los turistas, que añejan aún más el rojo del ladrillo gracias a un filtro de Instagram.

Con el orgullo diezmado del que se cuelga una medalla de bronce dicen que el Salford Lads Club es el tercer sitio rockero más visitado de Inglaterra, después de The Cavern, en Liverpool, y de la senda peatonal de Abbey Road, en Londres. Hay algo en Manchester que sugiere bravura y pudor a la vez, acaso por su pasado proletario de cuellos azules. En esta ciudad de laburantes, donde el aire todavía huele a las virutas metálicas emanadas de las fábricas, el pasado musical es un nuevo atractivo turístico. En la era del ultracapitalismo, toda experiencia está llamada a convertirse en souvenir, y el tour visita la locación exacta del Boardwalk, el club ya cerrado donde Oasis tocó en vivo por primera vez, admira la fachada de The Haçienda, el legendario boliche de Tony Wilson cuya historia se cuenta en la nostálgica película 24 Hour Party People (hoy, un complejo de departamentos con amenities), y se demora para la foto en la puerta del Free Trade Hall, donde a Bob Dylan le gritaron “¡Judas!” en 1966 por abandonar la música acústica y tocar instrumentos eléctricos (50 años más tarde se completa la parábola de un siglo: Dylan tiene un premio Nobel y la mítica sala de conciertos es un moderno hotel cinco estrellas).

En Manchester, las calles conjugan rivalidad futbolística y pulso rockero, con una grisura general que parece surgir de la combinación del rojo de los ladrillos y el negro del cielo. Cuando la Thatcher apretaba con mano dura, acá nacía la movida de Madchester, una enloquecida rebelión musical donde los Stone Roses, los Happy Mondays o los Charlatans sacudían la moral de las proles destinadas a las fábricas textiles. Hoy permanecen los discos, las remeras, los pines, los posters y los libros: una multitud de objetos muertos que empaquetan los recuerdos de la última vez que el rock supuso una clase de rebeldía vital. Nada más queda: solo locura controlada.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.