Maravillarse de uno mismo

Guillermo Jaim Etcheverry
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28 de septiembre de 2008  

Desde hace pocos años, algunas de las óperas que se representan en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el mítico "Met", son retransmitidas en directo a salas cinematográficas mediante un sofisticado sistema de alta definición. Esas emisiones, inicialmente restringidas al ámbito de esa ciudad, son ahora vistas en todos los Estados Unidos, así como en varios países en los que concitan un singular interés. Es de desear que pronto lleguen a la Argentina.

Recientemente tuve la oportunidad de presenciar en ese ciclo la representación de La Fille du Régiment, de Gaetano Donizetti, en la que el tenor peruano Juan Diego Flórez, en el papel protagónico de Tonio, canta la famosa Ah! Mes amis, conocida como "el aria de los nueve do de pecho". Ese fragmento musical, un desafío para cualquier cantante, fue interpretado magistralmente por Flórez. La proximidad de la imagen y la asombrosa definición que caracterizan a la transmisión permiten advertir detalles que jamás se alcanzarían a distinguir a la distancia en una sala de ópera monumental. En el clima casi íntimo generado por esa cercanía, resultó llamativa la expresión de asombro que transmitía el rostro de Flórez, como si él mismo se maravillara de su proeza. Parecía estar no sólo satisfecho de su canto, sino, sobre todo, sorprendido por lo que había podido lograr.

Son muy escasas las oportunidades en las que tenemos ocasión de deslumbrarnos al advertir lo que somos capaces de hacer. El ritmo de la vida cotidiana nos deja muy poco tiempo libre para tales reflexiones. Y, sin embargo, a poco que detengamos el veloz transcurrir de las cosas encontraremos numerosas evidencias de las capacidades singulares con las que contamos.

Es cierto también que, en la mayoría de las ocasiones, esos dones se manifiestan como resultado de una compleja y sacrificada tarea de aprendizaje y entrenamiento que supone la realización de un esfuerzo especial. Aunque el tenor se deslumbra a sí mismo con lo que consigue, sabe que, por maravillosa que sea su voz y por natural que resulte su canto, esa calidad que llega a sorprenderlo es consecuencia de una esforzada tarea cotidiana, de una repetición permanente, de una exigencia obsesiva.

Resulta curioso comprobar que la mayoría de las personas acepta sin discusión que los grandes exponentes del arte o del deporte alcanzan su máximo nivel sólo como resultado de una formación rigurosa y de un esfuerzo sacrificado. Por el contrario, esas mismas personas piensan que pueden lograr calidad en su vida y en su trabajo sin esfuerzo alguno. Que el éxito es algo que les debe ser dado por la sola razón de existir. Incluso los jóvenes, que reconocen la influencia que el esfuerzo y el trabajo tienen en el éxito de sus ídolos deportivos y artísticos, no siempre están dispuestos a imitarlos para desarrollar al máximo sus propias cualidades. De una manera u otra, todos contamos con capacidades singulares, pero éstas no se manifestarán si no estamos dispuestos a realizar el sostenido esfuerzo de cultivarlas.

Similar deslumbramiento al del tenor, quien al escucharse a sí mismo toma conciencia del nivel espectacular que logra, está al alcance de cada uno de nosotros. Pero conseguiremos sorprendernos de lo que somos capaces de hacer en cualquier campo siempre que asumamos que, previamente, deberemos realizar el esfuerzo que nos permita desarrollar en toda su dimensión las posibilidades con que contamos por la asombrosa circunstancia de ser humanos.

El autor es educador y ensayista

revista@lanacion.com.ar

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