Más naturalidad y menos temores

Andrea Linardi
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6 de septiembre de 2014  

Vivimos pidiendo, pero simultáneamente temiendo, un cambio. Despotricamos contra nuestra realidad, pero a la hora de poner manos a la obra, sentimos que salir del terreno conocido es altamente incómodo. ¿A qué cambio nos referimos entonces cuando hablamos de un cambio que nos atemoriza? Porque pareciera que la modificación de algo propio siempre es indeseada, y por añadidura, de consecuencias imprevisibles...

Afortunadamente hay otras miradas. El biólogo chileno Humberto Maturana, por ejemplo, nos enseña que vivimos en un presente continuo cambiante, en un mundo al que modificamos y que a su vez nos modifica a nosotros segundo a segundo. Y esto ha venido ocurriéndonos desde que nacimos. Maturana nos habla entonces del cambio poniendo el foco en qué queremos conservar, en lugar de las cosas que queremos modificar. Pero el punto es reconocer que el zapato nos aprieta, en el ámbito que sea: pocas ganas de ir al trabajo, buscar excusas para no volver a casa, posponer por décima vez una tarea... Ante esto, nos quedan dos opciones: la parálisis que el temor nos provoca, o el deseo y las ganas de comenzar a andar caminos nuevos y desconocidos.

Puedo compartir que lo desconocido es incómodo, pero no por eso es menos desafiante y sorprendente. El tema es animarnos y comenzar: nunca vamos a llegar a lo que deseamos sin valentía y audacia. Si lo pensásemos así, el cambio luciría menos amenazante para todos.

El escritor británico Ken Robinson, por su parte, enfatiza en una de sus observaciones más lúcidas la importancia de descubrir lo que nos apasiona y el impacto que esto tiene en nuestro hacer. Lo lleva más lejos y postula cambios en los sistemas educativos que promuevan la curiosidad y las inquietudes, y no el seguir un programa preestablecido. Y el consultor Marcus Buckingham, que investigó durante sus años en Gallup cuáles eran los factores diferenciales de los equipos más efectivos, llegó a la conclusión de que había una única característica común: en todos esos casos la gente contestaba que los habían puesto a hacer la tarea que mejor hacían. Es decir que damos lo mejor cuando algo nos inspira y nos apasiona: cambiar hasta lograr descubrirlo es nuestra tarea más desafiante.

En definitiva, los aportes de Maturana, Robinson y Buckingham parten de la persona como centro. Si esta tendencia se consolida, tal vez todos comencemos a vivir este presente continuo cambiante con más naturalidad y menos temores.

La autora es especialista en gestión de personas

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