Mateocho, muerto en vida

Gloria Casañas
Gloria Casañas PARA LA NACION
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14 de marzo de 2019  • 00:41

Hubo que meterlo en la sala a empellones para protegerlo de la ira de la gente.

Los vecinos del Azul se habían convocado para ver de cerca al hombre que se cargó ocho muertes en sólo quince horas. En un ir y venir entre la finca La Buena Suerte y El Trébol, Mateo Banks había ultimado a casi toda su familia y a dos peones.

Una orgía de muerte planeada con la frialdad de un monstruo.

Y allí estaba, de pie frente al tribunal, con la pelambre rojiza pregonando su origen irlandés, y declamando con voz teatral que por fin se hiciese justicia.

  • -¡Por la Cruz que preside esta sala lo pido, señores!

La misma Cruz que él había llevado en alto durante las procesiones en las fiestas del pueblo cuando su apellido era respetado, tiempos de prosperidad en que alardeaba de riqueza, la fortuna que no supo conservar.

La fascinación de los crímenes aberrantes recorrió la sala en una ola de murmullos.

  • -Cómo es posible…
  • -Un hombre así, tan principal…
  • -Luego, ¿no se conoce a nadie, al fin y al cabo?

La pregunta flotó en el aire viciado por los sudores y el humo. Y la condena cayó, por fin, con rapidez de guillotina.

  • -Por premeditación y alevosía… ¡Reclusión perpetua!

Hubo aplausos, voces e insultos. La pena de muerte ya no estaba vigente. El defensor, un joven que de oficio se ocupó del caso que nadie quiso tomar, se enjugó la frente con un pañuelo. Apelaría, invocaría vicios de forma, aunque no le veía futuro al asunto. El testimonio del armero había sido lapidario: aquel hombre de prestigio indiscutido había comprado días antes cartuchos de 12 milímetros, los mismos que evidenciaban los cadáveres de la masacre más horripilante de la historia del lugar.

  • -Mirale los ojos –dijo una mujer que retrocedió ante el paso del condenado.

Bajo las cejas espesas y los párpados caídos, una mirada siniestra hizo enmudecer a los de la primera fila. Allí habitaba el asesino. No en las maneras corteses, ni en la sonrisa amigable; tampoco en la solidaria mano tendida ni en la humilde prosternación ante el altar. El alma oscura asomaba en esos ojos de metálico brillo.

Al llegar a la mitad del pasillo, por entre las piernas de la multitud una vocecita infantil proclamó su propia sentencia, en su caso inapelable.

  • -¡Malo! –se le escuchó gritar.

Era Anita Banks, de cinco años, que por considerarla su tío demasiado pequeña para testificar se salvó de la ordalía sangrienta. El hombre se detuvo, dudoso, como si por su perversa mente cruzara la idea de buscar el rifle y completar el plan, para que así resultase perfecto. El guardia lo empujó y el momento pasó. Tiempo tendría de recordar esa escena entre los helados muros adonde irían a parar sus huesos.

( Nota de la autora: en 1922, Mateo Banks, un irlandés apreciado por la comunidad azuleña, asesinó con escalofriante meticulosidad a tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas, y dos peones a los que pensaba responsabilizar del hecho. La sentencia de segunda instancia ratificó la condena, que cumplió en el penal de Ushuaia. Según se supo, el móvil había sido la ruina económica en la que se hallaba y la necesidad que tenía de la fortuna de sus hermanos. La prensa lo bautizó "Mateocho" y un tango lo menciona).

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