Mauricio Paniagua. De vendedor ambulante y cerrajero a interpretar a Monzón

Crédito: Catalina Bartolomé. Producción de María Salinas.
Cecilia Alemano
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6 de septiembre de 2019  • 12:31

Llega al bar palermitano con su mate -que ceba ortodoxamente con una yerba orgánica traída de Misiones- y pide el sándwich más clásico de toda la carta. Es actor, sonidista y músico (toca percusión, guitarra y teclado) y, antes de ponerse en la piel de Carlos Monzón para la serie que se emitió por Space, fue vendedor ambulante, mozo y cerrajero. En el barrio humilde de Puerto Iguazú donde creció, todos lo conocen como Pikio, tal como lo apodó una de sus hermanas. Y, aun con sus 29 años, todavía en su casa lo siguen llamando así.

¿Cómo era el pequeño Pikio?

Era muy histriónico. Miraba tele en portugués porque allá en Puerto Iguazú solo había canales brasileños. Así que hablaba portugués perfecto. En la escuela improvisaba personajes para que mis compañeros se rieran. En los cumpleaños siempre hacía la conducción del evento. Me la pasaba llamando la atención.

¡Entre cuatro hermanos había que ganarse las miradas!

Sí, incluso como músico, en mis bandas, ya no quería estar atrás con la percusión. ¡Quería ir adelante, que me vieran! De a poco lo fui logrando. Hice un acuerdo con el cantante para cerrar el show. Metía un solo con la batería, todo transpirado, con juego de luces. Eso me alimentó un montón... ¡Le tomé el gustito!

Como actor, ¿tuviste otro protagónico?

Este de Monzón es el primero. En mi debut en teatro en el Cervantes, quedé entre los 25 seleccionados del laboratorio de investigación de Silvio Lang. Fue una experiencia increíble. Era sin diálogos, pero el cuerpo hablaba solo.

¿Qué compromiso corporal hay al actuar?

Todo. Actuar es mucho más que físico. Es la voz, la mirada, la energía. Me encanta trabajar con el cuerpo. Cuando me toca hacerlo, lo disfruto; siempre pongo todo de mí y un poquito más. Y eso se ve. Es como el que está ahí picando la vereda, transpirando: tiene que estar al 100% en lo que hace. A través de los ojos se transmite un montón de cosas.

¿Cuándo descubriste esto?

Lo supe siempre. Soy un convencido de que la mirada de una persona es un gran puente.

Crédito: Catalina Bartolomé. Producción de María Salinas.

Los castings deben ser muy estresantes, ¿no?

En algunos te sentís cómodo, en otros la pasás mal. Cuando hice el casting para la serie de Monzón, me propuse ir a jugar. Creo que eso resultó a mi favor. Al principio no entendía el código de la cámara, que funciona como una lupa. Si lloraba, lo hacía sonoro y muy gesticulado, como para que me vieran y oyeran desde el fondo de un teatro. ¡Quedaba súper exagerado!

También les dijiste que sabías boxear, cosa que no era verdad...

¡Sí! Y se dieron cuenta ya en el momento en que me dijeron: "Parate como para pelear". Ahí les dije que sí, que era mentira; pero me sirvió esa picardía.

"Soy un convencido de que la mirada de una persona es un gran puente".

¿A quién llamaste cuando te dijeron que habías quedado para el papel?

A los amigos con los que vivo, que vieron todo el proceso y preparación, porque hubo un tiempo largo en que me preparé para el papel sin que me dijeran si era mío. Al mismo tiempo trabajaba en una empresa de sonido, estudiaba Actuación en la Dirección Nacional de Artes, en la escuela de Agustín Alezzo, y hacía el laboratorio del Cervantes. Por eso, cuando el director me llamó para darme la noticia, le dije: "Bueno". Él se sorprendió. "Pero ¡sos el protagonista!", me dijo. "Sí", le dije yo, "gracias". Creo que él esperaba que saltara por el aire. Pero le expliqué que venía trabajando para ese papel desde hacía meses, que no me subía al barco de la ansiedad porque no me servía y entre tanto tenía que trabajar y estudiar y pagar un alquiler. Le dije también que ahora que tenía su OK me iba a dedicar al 100% -y un poquito más- al personaje de Carlos Monzón.

Parece que te lo tomás con mucha tranquilidad.

Sí. Porque no es mío. Es de todos. De mi coach, de mis entrenadores, de la dirección, de la parte técnica, de arte, de vestuario. Creo mucho en el trabajo colectivo. Lo que se ve en cámara es la punta del iceberg; debajo de la superficie hay un gran sostén. Un mundo de gente anónimo pero imprescindible.

¿Qué aprendiste del personaje de Carlos Monzón?

Yo a él lo tomé no como una persona de la vida real a quien juzgar, sino como un personaje de ficción, para poder vivirlo desde adentro. Vengo de una familia humilde como él, de provincia, y también tuve la experiencia de venir a Buenos Aires, tan apabullante con todo este cemento.

Te tocó su juventud, la construcción del campeón y el macho. ¿En eso también te reconocés?

Sí. Mi crianza tuvo tintes machistas. En casa mamá se puso la familia al hombro; era la que llevaba los pantalones. Nos decía las cosas de una manera fuerte. Era una época en la que no estaba bien visto llorar. Hice bullying, sufrí bullying. En el barrio se decía: "No seas maricón". Todavía hoy estoy aprendiendo.

¿Sentís que pudiste entender la psiquis de Monzón?

Sí. Y le atribuyo muchas cosas a su falta de educación. Para interpretarlo, lo investigué a fondo. Él no sabía leer, por ejemplo. Eso lo hacía sentir disminuido. Fue criado con gestos de amor y de violencia. Así creció; con la idea de que esos dos extremos venían juntos. Me parece que a esa crianza tan difícil se sumó la bronca por pasar hambre y tantas necesidades. Después creo que el alcohol hizo lo suyo.

Interpretás al primer femicida famoso: ¿a vos cómo te encuentran el movimiento Ni Una Menos y toda la lucha feminista?

Vengo de una facultad nacional donde apoyé e incluso milité el feminismo. Cuando vi los afiches con mi cara, con las palabras "Campeón, ídolo, femicida", dije: "Apa, es mi cara la que está ahí". Fue muy fuerte. Pero después me di cuenta de que es muy necesario contar esta historia.

"Esto de que me reconozcan me hizo encerrarme un poco. Creo que me asusta encontrarme con la fama de frente".

¿Tuviste que deconstruirte como hombre machista?

Sí, por suerte estoy rodeado de amigas muy copadas y nos vamos educando entre nosotros. Hace un tiempo le abrí la puerta a una amiga y le dije: "Adelante, por favor". Ella me dijo: "Qué caballero". Le dije: "No, caballero, no. Soy un amable". Ella se rió. "¡Estás atento!", me dijo.

Crédito: Catalina Bartolomé. Producción de María Salinas.

¿Cómo sos en una relación de pareja?

Ahora estoy soltero, pero en pareja soy de hablar mucho y de disfrutar. También puedo ser romántico, tendiendo a pesado. No me han frenado el carro, pero yo me doy cuenta y me digo: "Pará, es mucho ya". Está bueno tener el registro de cuándo te estás excediendo.

¿Sos de salir?

Disfruto de mis amistades pero cada vez salgo menos. Esto de que me reconozcan de repente me hizo encerrarme un poco. Creo que me asusta encontrarme con la fama de frente.

¿De dónde vino la pasión por la música ? Vimos que tocás el cajón peruano y llevás el ritmo adentro...

De mi abuelo Toribio y mi padrino Alberto, bateristas. Ya a los cinco años andaba imitándolos con timbales y bombos legüeros.

¿Sentís que ya necesitás despegarte de Monzón?

Sí. Si bien es un laburo que disfruto muchísimo, ya es momento de separarme de él y mostrarme como Mauricio.

¿Y qué viene después? ¿Se puede contar algo?

Sí, hay proyectos ahí dando vueltas, pero tengo una cábala: hasta que no vea la luz roja de la cámara, no creo en nada.

Maquilló y peinó Tef Di Carlo para Estudio Dúo. Agradecemos a Canal Space, Levi´s, Adidas, Reebok, Giesso y Micaela Galarce por su colaboración en esta nota.

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