Menonitas: Un mundo aparte

Involucrados en una feroz y desigual pelea con la amenaza de lo mundano, colonias de fieles cada vez más desintegradas adhieren a un estilo de vida que se ha detenido en el tiempo, en aras de la fe
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29 de octubre de 2000  

Este es un libro personal sobre el tiempo que pasé con los menonitas de Old Colony, a los que fotografié en las zonas rurales de Ontario y México, entre 1990 y 1999. El texto sigue una línea de ideas marcada por flashbacks y escenas fijas extraídas de las notas de mi diario y de rincones de la memoria.

Los menonitas son disconformistas y tradicionalmente se han apartado del mundo, viviendo en comunidades separadas de la sociedad. Se consideran involucrados en una diaria pelea cuerpo a cuerpo con el perro rabioso del modernismo, que sólo desea cambiarlos y absorberlos. La adhesión a un estilo de vida tradicional está asociada con la fe y, por lo tanto, con lo sagrado. En las colonias mexicanas, los símbolos de esta adhesión están representados por el caballo y la calesa usados para el transporte, los viejos tractores de ruedas metálicas empleados para la agricultura y el rechazo de la electricidad. Al carecer de autos y camiones, y con los tractores sin cubiertas de caucho, los jóvenes no pueden trasladarse a las ciudades próximas ni tomar parte en actividades mundanas. Y la única manera de prevenir la insidiosa invasión de los medios electrónicos es impedir que la electricidad llegue a los hogares. Los obispos, elegidos de por vida, representan el bastión contra las presiones que instan al cambio, procedentes del mundo exterior y también de la propia comunidad que, últimamente, se siente cada vez más ajena a las costumbres de sus antecesores.

La secta de Old Colony, en la que se centra este trabajo, se separó de la rama principal, los menonitas de Canadian Prairie, a fines del siglo XIX. Como no tienen una jerarquía unificada, las iglesias menonitas han evolucionado independientemente. El de Old Colony es el grupo más conservador y aislacionista entre los sesenta o más que existen en la actualidad.

Los menonitas toman su nombre de Menno Simons, un sacerdote católico del siglo XVI conmovido por los mártires anabaptistas de la Holanda de la Reforma. Tanto lo impresionó ese ejemplo cristiano, que abandonó el sacerdocio y se unió al movimiento. Acabó por conducir una iglesia basada en el bautismo adulto, una estricta forma de pacifismo y la separación de igle-sia y estado. Convicciones que llevaron a miles de los primeros fieles a ser encarcelados, torturados y ejecutados. La persecución condenó a Simons y sus seguidores a la clandestinidad: vivieron ocultos y compartiendo todas sus posesiones. Durante este período, los menonitas se volvieron más retraídos y aislados. Fue entonces que se forjó su teología, y comenzó la diáspora.

El movimiento se difundió de Holanda a toda Europa, con asentamientos en Suiza, Alemania y Francia. En 1683, las luchas y la persecución hicieron emigrar a la rama suiza hacia América, donde encontró amplia libertad religiosa en Pensilvania, gobernada por el fundador cuáquero William Penn. Un siglo más tarde, algunos iniciaron el éxodo hacia lo que actualmente es Ontario, Canadá. Este contingente también dio nacimiento a los amish.

Los menonitas holandeses huyeron inicialmente al norte de Alemania, y de allí a Polonia y a Prusia occidental. Debido a la reticencia del estado a eximirlos del reclutamiento militar, unida a las restricciones impuestas al acceso a las instituciones de altos estudios y a la adquisición de tierras, los menonitas holando-germanos fueron atraídos, en la década de 1780, hacia Volka, Ucrania, por invitación de Catalina la Grande, que acababa de expulsar a los turcos. Un siglo después, 34.000 miembros trabajaban un millón de acres de tierra en la zona que se convirtió en el granero de Rusia.

En 1874, a causa de la amenaza de asimilación que implicaba la rusificación compulsiva de sus escuelas, más la colectivización de la tierra, el servicio estatal forzoso y las violentas rebeliones, los primeros 18.000 fieles emigraron de Ucrania a América del Norte: 7000 a Manitoba, Canadá, y 11.000 a Estados Unidos. Tras la revolución rusa y la Primera Guerra Mundial, se marcharon otros 25.000. Muchos de los que quedaron fueron encarcelados, exiliados o fusilados.

Los que optaron por Canadá recibieron la ayuda financiera de los menonitas suizos que se habían establecido en Ontario un siglo antes. Los nuevos inmigrantes rusos establecidos en Manitoba habían recibido, del gobierno federal, la promesa de que podrían continuar con los esquemas de asentamiento que habían desarrollado en Rusia -esquemas colectivistas que chocaban con el modelo individualista canadiense-, y de que serían eximidos del servicio militar, hecho que ofendía los sentimientos patrióticos locales y provinciales. Pero en ese momento, el gobierno necesitaba granjeros trabajadores para sus enormes praderas despobladas. Algunos de los menonitas de Manitoba acabaron trasladándose a las zonas de The Hague y Swift Current, en Saskatchewan. En las praderas, adoptaron la denominación Old Colony.

Menos de cincuenta años más tarde, cuando los gobiernos provinciales intentaron forzar la integración mediante un sistema de escuelas públicas, los menonitas se resistieron. Los padres fueron multados hasta llevarlos al borde de la quiebra. Algunos fueron encarcelados. En 1922, el diez por ciento de los menonitas canadienses cargaron sus caballos y calesas en los trenes y se dirigieron a México. Otros, emigraron a Paraguay. El contingente de 7000 que partió hacia México se estableció en Cuauhtemoc, en el centro de la nueva Tierra Prometida donde otra vez habían conseguido garantías de libertad religiosa a cambio de sus habilidades agrícolas. Durante los setenta años siguientes, brotaron colonias en todo México, desde Chihuahua, en el norte, hasta la frontera con Guatemala, y las migraciones llegaron a Bolivia, Paraguay, Belice y Argentina, donde hasta el día de hoy permanece intacta la estructura de vivienda en los campos, casas reunidas y rodeadas por parcelas de cultivo.

Desde la década del 20, el invasor desierto mexicano ha devastado los canales de irrigación, mientras la liberalización de las barreras comerciales ha hecho descender inconmensurablemente los precios de los productos agrícolas. En la década del 90, la economía nacional colapsó. En un entorno social exacerbado por su negativa a cualquier adaptación, y con una población que se duplica cada 18 años, más del treinta por ciento de los menonitas de México han quedado sin tierra, y muchos miles de ellos están marginados económicamente. A medida que crece el abismo entre ricos y pobres, los más pobres se convierten en indigentes o se ven forzados a violar los principios básicos de su fe. Ambas opciones provocan amargura, alienación y fragmentación.

En la década del 80, algunos miembros, afectados por la mejora del transporte nacional, las migraciones hacia el norte y una mayor interacción con la economía local, defendieron la posibilidad de introducir cambios. Casi todos fueron excomulgados. Debido en general a la falta de educación, los clérigos no podían distinguir las malas influencias de las buenas.

Los primeros menonitas que empezaron a regresar a Canadá en la década del 50 se vestían de la misma manera que cuando se habían marchado, en la década del 20. Como eran ciudadanos canadienses por herencia, no eran expulsados al cruzar la frontera. Al principio era un pequeño flujo de gente, pero en tres décadas ya era una cascada poderosa. En 1989, los descubrí en mi propio patio trasero, hambrientos de tierra y míseros. Venían a buscar trabajo en los sembradíos y los huertos de Lambton, Essex, Kent y Haldimond-Norfolk. Me atrajeron mucho porque parecían de otro mundo, completamente vulnerables en una sociedad a la que no pertenecían y para la que no estaban preparados. Como me gustaban, yo también les gusté, y aunque la fotografía estaba prohibida para ellos, me permitieron fotografiarlos. Así de simple.

Algunas familias migratorias pronto me invitaron a que les ayudara a conducir sus destartalados camiones y pick-up hasta las colonias mexicanas donde pasarían el invierno, casi siempre escondiendo sus vehículos en las ciudades próximas para evitar ser excomulgados. Durante esa década, visité los 23 asentamientos.

Las colonias se desintegraban: padres contra hijos, nietos contra abuelos, ministros contra todo el mundo. Cuando empecé este proyecto, sólo ocho de las colonias habían abandonado las costumbres tradicionales y adoptado una o más de las comodidades modernas: la pick-up, el tractor con cubiertas de caucho y la electricidad, usualmente tras una larga batalla con los ministros, los que abandonarían finalmente esas colonias para dirigirse hacia Bolivia, Paraguay, Belice o hacia el interior de México. Hoy, casi todas las colonias se han modernizado y cuatro de ellas en un solo año.

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