Menos mal que no soy madre

Leo Ferri
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14 de enero de 2015  • 08:43

Menos mal que no soy madre. No lo digo desde una perspectiva machista o de género, sino desde la autocrítica y el reconocimiento de mis propias limitaciones que, en muchos casos, son las limitaciones de cualquier otro papá. Sucede que estuve de vacaciones, teóricas (porque nunca descansé menos en mi vida), pero vacaciones al fin; y en ellas pude observar y experimentar en mis propios huesos todo lo que implica ese rol. Es increíble, porque un bebé no hace nada, pero aún así resulta agotador atenderlo. Y ahí, por más que el papá esté en casa para ayudar, que se recurra al delivery para no cocinar y al paseo para distender la mente, nunca podrá reemplazar a mamá. Es decir, podría hacer todo, pero aún así ese todo no alcanzaría. Entonces repito: menos mal que no soy madre, porque no podría.

Pero antes de seguir hay que dejar de lado toda hipocresía, aún a riesgo de ser malinterpretado: es inobjetable que el nacimiento de un hijo es una experiencia absolutamente enriquecedora, pero también es cierto que hay momentos en que uno extraña su vida anterior. Y no hablo de dormir y mirar tele, sino de los tiempos, espacios y costumbres propias que, de un momento a otro, se ven alteradas por ese big bang, el gran estallido que de la nada misma genera todo un nuevo universo. Nada será igual después del nacimiento de un hijo: la profesión, la carrera, el tiempo libre y la rutina toda sufren una metamorfosis tal que resulta difícil reconocer cada elemento. ¿Cómo era comer tranquilo y con las dos manos? Quedan recuerdos, indicios de lo que fue, pero no mucho más. Y las mamás, además, deberán agregar un elemento fundamental: tendrán que reconocerse en su nuevo cuerpo.

Creo ser un padre presente, un papá. Cambio pañales, preparo y doy mamaderas, plancho ropita, baño y acuesto a Ben y lo llevo al médico cada vez que le toca un control o aplicarse vacunas. Intento estar, participar y contener; y hasta a veces lo logro, pero repito: menos mal que no soy madre. No podría tener esa paciencia, esa capacidad de contención muchas veces inexplicable. Un ejemplo propio: tengo a Ben a upa, desaforado, en pleno llanto con lágrimas, lo cambio de posición, lo muevo y le canto, todo sin éxito; pero basta con que lo pase hacia los brazos de su mamá para que se calme. Eso es todo: una simple operación de intercambio de brazos. Sostengo que los bebés tienen muy en claro con quién quieren estar en determinados momentos y, aunque suene a lugar común, no hay nada como los brazos de mamá. Será por eso que no logro entender a las maestras jardineras, capaces de entretener y contener a una veintena de chicos. Es, para mí, uno de los grandes misterios de la vida.

Y así es como muchas veces la madre termina totalmente quemada. No hacen falta grandes períodos de tiempo, pueden ser días, semanas o un par de meses, depende de la paciencia de cada una. Si el papá la pasa mal, la mamá la pasa mucho peor, todas aquellas con las que hablo me lo confirman. No se trata de una competencia de calidad ni de cantidad, sino de diferencias, y ahí sí que los papás no tenemos la más mínima chance de ganar. La relación es de a dos, madre e hijo, y el papá funciona casi como un proveedor, un facilitador de bienes y servicios. Ojo: hablo de gente común, que trabaja y la lucha todos los días, que se las arregla sobre la marcha. Hablo de vos y yo, y no de cocineras con familias híper numerosas ni de modelos de pasarela, que a las dos semanas del parto ya salen y se muestran radiantes y espléndidas. Para todos, ellos y nosotros, los hijos son una maravilla, pero sólo algunos vivimos la experiencia completa, tan gratificante como agotadora. Lo escribo ahora, que conseguí dormir a Ben después de cuarenta minutos, mientras su mamá disfrutaba de una de las 24 horas del día. Durante las otras 23 ella me gana como en la guerra.

Por: Leo Ferri

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