Michael Jackson y la sospecha nuestra de cada día

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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23 de marzo de 2019  

Acusan a Michael Jackson de pedofilia, hacen un documental al respecto, dos hombres narran de manera convincente detalles escalofriantes sobre el cantante, quien solía rodearse de chicos en su lugar en el mundo: Neverland, una propiedad muy rara, tan rara como su creador.

Los relatos siniestros van y vienen. Ya decir "Michael Jackson" empieza a remitir a algo diferente a sus temas musicales, su baile, sus millones y sus extravagancias. El señor Jackson, muerto ya hace unos años, es ahora un sospechoso. Sus discos ya dejan de ser pasados por algunas radios y aparecen nuevos testimonios que parecen corroborar el de esos hombres, que acusan al astro de haber abusado de ellos años atrás.

Entra así a jugar de lleno el protocolo habitual en estos casos: están los que optan por creer las acusaciones y, por otro lado, aquellos que eligen dar crédito a lo que la familia y los abogados dicen al respecto de los delitos referidos, alegando la inocencia del caso. Indicios de un lado y del otro, pero al parecer todo parece ser una suerte de cuestión de fe, y no más que eso.

Eso sí, la sospecha está allí, y difícil sacarla del partido. Los indicios que culpabilizan a Michael Jackson son fuertes, pero… no significan certeza y debemos vivir con eso. En los hechos, no sabemos a ciencia cierta qué pasó.

Ocurre que el de Michael Jackson es un ejemplo de algo que nos pasa a diario y en diversos temas, al punto que la sospecha es sin dudas un elemento que ningún historiador que investigue la época actual podrá soslayar. Es la era de la sospecha, de la desconfianza, del miedo a esa realidad que se esconde tras la fachada de las personas y de la realidad en sí misma, porque todos podríamos tener un esqueleto guardado en el placar y la realidad misma, en su conjunto, podría no ser lo que parece.

Digamos que es difícil aceptar que uno no sabe. Se prefiere afirmar un supuesto saber con el énfasis del convencido antes que decir "la verdad es que no sé".

De hecho, cuando vamos en un taxi escuchando cómo el chofer nos cuenta la "posta" sobre los gobernantes o nos explica cómo actúan los poderes secretos que dominan al mundo desde las sombras, nos sentimos insignificantes ante tanta certidumbre y lamentamos no sospechar más todavía de la realidad que nos rodea, esa Matrix tras la cual se oculta la verdad, siempre siniestra, por supuesto.

Michael Jackson hizo bastante para que la sospecha impregnara su persona, sobre todo, con eso de hacer arreglos extrajudiciales con el chico que lo acusara años atrás, o reconociendo casi con cinismo que dormía con los niños a los que hospedaba en su hoy abandonada Neverland. Pero... no nos consta, y debemos vivir con eso, al menos, mientras no haya algún tipo de veredicto que trascienda la opinión.

Son demasiadas las películas con finales en los que se sabe a ciencia cierta quién es el culpable del crimen, quién es honesto y quién no, cuál es "la verdad de la milanesa" de la cuestión. Una excepción al respecto de tanta filmografía llena de certezas fue la película (y obra de teatro) La duda, de John Shanley, que definía no quién era el culpable (si es que había delito) sino que describía la sospecha en sí misma y nos dejaba allí, habitándola, sin piedad para con nuestro afán de tener finales claros y distintos.

Para evitar la angustia de no saber, algunos eligen hacer como que saben, y eso es, además de ser signo de inmadurez psicológica, una actitud peligrosa en el nivel legal y en el político, ya que se transforma en un "gatillo fácil" que remite a lo peor de la especie. No se actúa igual ante alguien culpable que ante alguien sospechado, y esa diferencia nos aleja de las cavernas, aunque a veces cueste soportar las emociones concomitantes.

Michael Jackson nos suena culpable o, para algunos, inocente. No sabemos: sospechamos algunas cosas de su realidad escondida. Nos tienta expresar nuestra opinión como si fuera la verdad de las cosas, pero de hecho deberemos aceptar que lo nuestro se trata tan solo de un parecer y no una sentencia definitiva.

Ojalá vinieran Sherlock Holmes, Monsieur Poirot o los investigadores de CSI a decirnos la verdad de todo. Pero no, por ahora deberemos vivir con la sospecha, porque las certezas llegan de otra manera, siempre teniendo en cuenta que la "verdad verdadera" incluye, también, esa realidad que está más allá de nuestra mera opinión y parecer.

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