Miranda - Brandoni

Son viejos conocidos. Se quieren, se respetan, se admiran mutuamente, en lo personal y en lo profesional, y no son pocas las cosas que tienen en común. Charla con dos actores de raza
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22 de octubre de 2000  

Osvaldo Miranda se inició como cantante de tango en la orquesta de los hermanos Matino, recomendado por Aníbal Troilo. El otro cantante del grupo era (nada menos) Angel Vargas. Luis Brandoni, que de pibe soñaba con ser jugador de fútbol y aparecer en la tapa de El Gráfico, también deseó ser cantante de tango, actividad que suele practicar en privadas reuniones familiares. En 1949, Miranda partió (asegura que no por problemas políticos con el peronismo) a trabajar a Hollywood junto con otros dos galanes de esa época, Roberto Airaldi y Fernando Lamas. Filmó una película de espadachines, nunca estrenada en el país, pero como extrañaba a su familia y al país, decidió regresar. En la década del 70, amenazado por la Triple A, Brandoni se exilió durante 10 meses en México, y en ese breve tiempo trabajó en televisión y en teatro. Arrasado por la nostalgia pegó la vuelta antes de lo recomendable. Y aquí están ahora los dos: juntos, como amigos íntimos y como actores de distintas generaciones, participando en el Teatro del Pueblo de un seminario de investigación sobre la vigencia de algunos personajes clásicos del teatro argentino. La entrevista se realizó en el departamento de Miranda, en pleno centro porteño. Al final, ayudado por una sobrina, Miranda sirvió un suculento té con ensaimadas.

-Ahora se están encontrando en el seminario sobre los personajes clásicos del teatro argentino. ¿Qué cosas nuevas en común descubrieron?

Luis Brandoni: -Hay una expresión muy feliz de Salvador Amore, que está en la organización de los encuentros, que es que los actores muestren sus personajes, composiciones y rutinas más memorables para que los más jóvenes los conozcan y los roben y los integren a su propio capital. A mí siempre me gustó mucho escuchar a mis mayores. Una costumbre incitada, incluso, por mis maestros. Nadie puede imaginarse a un chico que sueñe con ser un crack de fútbol y que no vaya a ver fútbol. Eso también pasa en el teatro. Viendo teatro se aprende. Me divierto enormemente encontrándome con Osvaldo, con Marquitos Zucker, con Gogó Andreu o con Tincho Zabala. Aprendí mucho de ellos, y sobre todo de Osvaldo y, como propone Amore que los más jóvenes hagan, es mucho lo que les robé.

-¿Qué le robaste a Osvaldo?

L.B.: -Cuando trabajamos juntos... le robé un tiempo propio que él maneja en la actuación, que, nunca jamás, un director te podría marcar. El tiene una forma admirable de encarar la comedia, un estilo que crea cierto distanciamiento entre él y el personaje, una manera de replicar que origina una impresionante complicidad con el público.

Osvaldo Miranda: -Es muy importante lo que Beto dice, eso de escuchar y poder aprender de los mayores. Mi caso es el de un autodidacta. A los 11 años me quedé sin mi papá y mi mamá me dijo: ni pienses en la secundaria, porque desde ahora mismo, tenés que agarrar el canasto y aprender a hacer el reparto. Solamente pude ir hasta sexto grado y todo lo que aprendí fue mirando y siguiendo a gente más grande que yo a los que, sin pudor, les sacaba, les tomaba, les copiaba, y cuando no entendía algo les pedía que me lo repitieran. De todos mis maestros, al que más recuerdo es a Pablo Acciardi. Un día un joven, como yo, le preguntó a don Pablo cuál era el mejor actor que había visto, y él respondió: ¿actor o artista? Y explicó las diferencias. "Artista es el que moviendo las manos le hace ver a usted un paisaje o un color; actor es alguien que aporta presencia, persuasión, convicción y voz." Aquél joven era yo. En otra ocasión, alguien le preguntó qué era el teatro y él le dijo: "Ensayar hasta que te mueras". Acciardi admiraba a Pablo Podestá. Entre otros que admiro, podría mencionar a Enrique de Rosas, a Elías Alippi y al que más me enseñó, Enrique Santos Discépolo.

-Cuando tenga que dar su charla, ¿ya tiene pensado lo que le gustaría decirles a los jóvenes?

O.M.: -Les voy a contar un cuentito que permite apreciar la relatividad del éxito. Hace muchos años, cuando estaba en el aire la primera versión de Mi cuñado, en la que participé, acompañé a un amigo durante un buen rato por distintos lugares de la ciudad y en el trayecto la gente casi no me dejaba caminar: que maestro de aquí, que Dios lo bendiga de allá, felicitaciones, saludos, alientos de toda clase. En un momento dejo a mi amigo y paso por al lado de un florista, cercano a Canal 13, y el hombre me dice: "¿Qué pasa con usted, don Osvaldo? ¿Por qué no labura más en la tele?" Y ahí me di cuenta de que era a ése al que había que convencer, porque ése era el que me ubicaba en el lugar justo. En el mismo momento en que creía que todos me conocían, que todos me saludaban, que tocaba el cielo con las manos, ése estaba seguro de que yo no trabajaba más. Esa anécdota es la que mejor refleja todo lo que pienso acerca del éxito.

-¿Qué es para vos el éxito?

L.B.: -Hay muchas formas de medir el éxito. Una podría ser lo que me pasó a mí, que es haber querido desde chico ser actor, haber estudiado para eso, hacer de esto mi profesión y vivir de ella. En ese sentido, por haber podido cumplir con mi vocación me siento exitoso. Después, en otro lado, están los éxitos de temporadas o de rating o de películas, que son más efímeros y, cerca de todo eso, están los fracasos, que existen para después poder saborear los éxitos. Me siento un hombre dichoso en mi profesión.

-¿Y para usted, Osvaldo?

O.M.: -El éxito es trabajar para no creérsela. Tuve el mayor éxito, que es seguir en mi profesión hasta que decidí alejarme. Siempre había dicho que cuando cumpliera 50 años en el teatro me iba a retirar, y eso es lo que hice. Empecé en 1936 y me retiré en 1986 haciendo Hoy ensayo hoy, que tenía un elenco que jamás se podría volver a reunir. ¿Quiere que le mencione el elenco? Empiezo por el camarín de las mujeres, con Elena Lucena, Lydia Lamaison, María Concepción César, Margarita Padín, Sabina Olmos, Irma Córdoba, Tania e Iris Marga. Y ahora me voy al piso de arriba, al camarín de los hombres: Santiago Gómez Cou, Claudio García Satur, Juan Carlos Thorry, Jorge Barreiro, Mario Labardén y Osvaldo Miranda. Yo hacía un paso de comedia que había estrenado en Mar del Plata y estuvimos tres años a sala llena. Algo único.

-Ahora que usted está retirado, ¿se imaginó que la situación de retiro era así, o se la imaginó mejor o se la imaginó peor?

O.M.: -Mire, la verdad es que yo me retiré por varias razones, pero una de las principales fue el temor al manoseo. Una vez estaba en la oficina de un alto ejecutivo de Canal 13 y la secretaria le avisó que lo buscaba un señor actor argentino, mucho más importante que yo, pero que en esos tiempos había estado un poco alejado de la actividad. Cuando escuché que el hombre del canal le mandaba a decir: Dígale que no estoy, inmediatamente pensé que eso mismo me podía llegar a pasar a mí. Pero pese a todas las prevenciones, igual me manosearon. Hace unos años, en 1997, un joven e importante productor de TV quiso hablar conmigo, me mandó un remise y en su despacho me propuso trabajar en un programa como actor. En principio yo le dije la verdad, que estaba retirado, que no actuaba más, pero que si nos poníamos de acuerdo podría llegar a hacer algo muy distinto, muy especial, como para despedirme de la televisión. Llegamos a hablar de un texto que había hecho Marlene Dietrich. Ahí quedó la cosa, el productor no volvió a llamarme. Y hace muy poquito su secretaria me llamó de su parte para proponerme que participara en diez episodios de uno de sus programas, por lo que me pagarían 400 pesos por audición. Yo pregunté si no se podían estirar un poco en el pago y me respondieron que no. Entonces yo, decidido a no hacerlo, le pregunté a qué hora iba el programa, y cuando me dijo a las diez de la noche, le dije: "Si se estira un poco más con el tema de la plata le juro que... soy capaz de quedarme despierto hasta esa hora y verlo". Y le corté, como para enviarle un mensaje a él: que el gran éxito del que disfruta ahora no le haga olvidar a una cantidad de gente que, antes que él, ha tenido una carrera digna y un éxito por lo menos similar al suyo. El mensaje debe haber llegado porque nunca me volvieron a llamar. En 1996 hice una pequeña participación en la remake de Mi cuñado, lo que yo había hecho con Ernesto Bianco y que en ese momento hacían Brandoni y Ricardo Darín. Ellos me pagaron 3 mil pesos y lo mío era muy fugaz. Eso está bien, ¿ve?

-¿Aquella participación en Mi cuñado fue la única vez en que ustedes trabajaron juntos?

L.B.: -Yo recuerdo por lo menos una más: otro de los éxitos que tuvo Osvaldo en televisión, La nena. Ahí hice de novio de la nena, el personaje que hacía Marilina Ross.

OM: -Y yo te tiro otra, porque hicimos algo juntos en 1963 en El show de IKA, que fabricaba los autos Rambler.

-Beto, ¿pensás en el retiro?

L.B.: -Claro, nunca tuve en mi mente batir el récord mundial de permanencia en la profesión. Pienso en un retiro que me permita disfrutar la vida sin preocupaciones, con salud, con ganas de vivir. Aunque nunca se pueda decir en una actividad como la nuestra que el retiro es absoluto, creo que podré tomar la decisión en el momento en que empiece a sentir síntomas como falta de ganas, menos entusiasmo, problemas de memoria. Espero para ese momento tener la lucidez suficiente como para dar ese paso y no tener necesidades imperiosas de trabajo.

-¿Usted es jubilado de actor?

O.M.: -Desde que tenía 60 años. Los actores nos jubilábamos por la Caja de Comercio, demostrando, con programas, con recortes, haber trabajado con continuidad una cantidad de años. A propósito de esto, yo podría citar a un gran actor argentino, Marcos Kaplán. El dijo una frase maravillosa, "A mí la jubilación me alcanza para vivir... siempre que me muera mañana". Yo, por suerte, he trabajado mucho, gané mucho y pude guardar. De eso vivo bien, hoy.

-¿Te imaginás como jubilado?

L.B.: -No, por eso decía que tengo la meta de alcanzar una previsión económica, para no verme forzado a trabajar en contra de mi voluntad y de mis posibilidades. Pero, bueno, llegado el caso, si necesito, ¿qué otra?, lo haré. Espero seguir actuando, los años traen experiencias pero también algunas limitaciones. Hay algunos personajes, los más jóvenes, que ya no puedo hacer.

-Como Osvaldo, ¿podrías decir que ganaste mucha plata?

L.B.: -En estos últimos años, sí, aunque, por diversas razones, uno se pregunte pero, ¿qué pasó con el dinero? Ojo, no es que me la hayan quitado, pero se va. La ruptura de mi matrimonio significó una merma sustancial. Pienso que a partir de 2002, cuando me aleje de la política, podré volver de lleno a la profesión y ahí tener la oportunidad de hacer una buena reserva. Pero Osvaldo siempre vivió como un príncipe... Contá de esa vez en que compraste un corte de seda...

O.M.: -Ah, sí, era un corte de seda de 112 metros. Me hice pijamas, calzoncillos, camisas y después le vendí seda a todo el mundo. Era cosa de pasados esplendores. Pero, ¿sabe qué? yo sería verdaderamente rico si hubiera hecho publicidad. Una sola vez hice un aviso, fue para el PAMI y gratis.

-El hecho de estar en la carrera política, ¿enturbió en algo tu carrera artística?

L.B.: -No, para nada. Durante años predominó la idea de que los actores, o los deportistas, no debían comprometerse políticamente, porque si a algo se debían era al público. Siempre expresé claramente mi pertenencia política, nunca contrabandeé ideología como actor y en ese sentido fui reconocido por la gente, como alguien que, con una pertenencia partidaria, se hace cargo de los temas del pueblo. Y en tantos años de dirigente gremial de actores (milité en la tarea gremial desde 1962, y en 1972 gané la primera elección como secretario general de los actores) nadie puso en tela de juicio mi honorabilidad. Me afilié por primera vez a un partido, el radical, en 1982, participé activamente de la campaña electoral que llevó a Alfonsín a la presidencia y cuando ganamos, felizmente, me designaron asesor presidencial en temas culturales. En mis años de dirigente gremial siempre tuve una especie de doble vida y me las supe arreglar, representando a mis pares y trabajando mucho, pero a menudo, frente a ciertos sinsabores de mi tarea como diputado, extraño un poco las gratificaciones de la profesión de actor. Igual, estoy honrado con hacerlo y espero terminarlo con honor.

-¿Alguna vez le propusieron entrar en política?

O.M.: -Yo soy radical desde los 13 años, porque un día de 1928 fui al cine y, al final, cuando se encendieron las luces había un señor apoyado en su bastón: algunos, como yo, lo reconocieron. Era Marcelo T. de Alvear, que acababa de dejar de ser presidente. Y en el año 30, después del golpe, me enteré de que el que había sido vicepresidente, Elpidio González, vendía anilina. Entonces, ¿qué otra cosa iba a hacer? Me afilié al partido radical. Políticamente, y también personalmente, tuve dos ídolos. Uno se llamó Enrique Santos Discépolo, destrozado por la incomprensión política de su época, y hoy mi ídolo es ese gran hombre que es Raúl Alfonsín.

-Beto, ¿por qué esa decisión tuya de hacer únicamente repertorio teatral argentino?

L.B.: -Porque me pareció que podía ser más útil desde ese lugar, porque me sentí más cómodo, porque siempre creí que la gente recibía de otra manera un texto que abarcara sus problemas, sus historias y sus personajes, y que le hablara en su propio idioma. Estoy muy contento de haberlo hecho, pero eso, de ninguna manera quiere decir que tenga un pacto de sangre con los autores nacionales; antes de Oscar Viale hice Shakespeare y antes de Tito Cossa hice Molière o Pirandello. Desde 1969 hago teatro argentino, y cada personaje fu una creación, el de Made in Lanús no tiene nada que ver con el de El viejo criado o el de Esperando la carroza.

O.M.: -¿Me permite mostrarle algo? (Miranda se para, se dirige hacia una habitación contigua y pide que lo sigamos. Muestra fotografías junto a Amalia, su esposa, muerta hace dos meses, abre algunos placards para demostrar que están vacíos). Estuve 55 años casado con Amelia y dos fuimos novios. Pero novios a la manera de mi mamá y de mi papá, no como los novios de ahora. Yo con ella pasé todas las etapas. Primero fuimos novios; después fuimos ardientes amantes; luego se transformó en una especie de hermana; más adelante se convirtió en mi mamá, y terminó siendo como mi hija. Cuando cumplimos 50 años de casados, me volví a casar con ella, porque le debía una buena fiesta. Fue muy lindo, todo sorpresa para ella. La llevé a la iglesia con una excusa y después de la ceremonia religiosa, le dije que íbamos a ir a un lugar a encontrarnos con unos pocos íntimos: un sorpresón, imagínese, había como cien invitados. Apenas Amelia puso el pie en el salón empezó a sonar la Marcha Nupcial... (se emociona y le cuesta seguir). Todavía no tengo noción de lo que significa su muerte. Me voy a quedar a vivir acá, ya mandé a arreglar lo último que ella me pidió que arregláramos. Siempre pensé que no iba a poder dormir más en nuestra cama, pero antes de morirse ella me preparó, porque estuvo 47 días internada. Mire, mire los placards, no hay nada: toda la ropa se mandó a la Casa del Teatro; la mitad ya fue rematada y el resto será rematado el año que viene. ¿Ve?, no tengo nada de ella. Sólo sus recuerdos y sus retratos. Y no se vayan, que vamos a tomar un rico té. (El diputado Brandoni no se pudo quedar a acompañarlo para la merienda; debía estar en Aeroparque y tomar un avión a Mendoza para una actividad política.)

Brandoni, made in Argentina

Nombre completo: Adalberto Luis Brandoni.

Fecha de nacimiento: 18 de abril de 1940, en Dock Sud.

Estado Civil: "Incierto ". Estuvo 33 años casado con la actriz Martha Bianchi y se separó hace dos años.

Hijos: dos mujeres, "cuya edad no te puedo decir, porque son dos señoras y nunca me lo autorizaron". María Florencia, la mayor, es psicóloga y trabaja en temas de mediación y ya lo hizo abuelo en dos ocasiones; la menor es Micaela, ex actriz y actual directiva de una empresa de cosméticos.

Programas de televisión: La nena, Las grandes novelas, Uno entre nosotros, Buscavidas, Mi cuñado, entre otros.

Hobbies: Hacer marcos de cuadros.

Frases de cabecera: "Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo", de Antonio Porchia.

Hincha: de Ríver.

Miranda, prototipo de galán

Nombre completo: Osvaldo Isaías Matón.

Fecha de nacimiento: 3 de noviembre de 1915. Nacido en el barrio de Villa Crespo y criado en el barrio de Villa Urquiza.

Estado Civil: viudo.

Hijos: "No tuve, pero estoy lleno de sobrinos y sobrinas que son los que me cuidan".

Temporadas teatrales importantes: Blum, Boeing Boeing, La dama del Maxim, Plaza Suite, Frutilla, Hoy ensayo hoy , entre otras.

Programas de televisión: Tropicana Club; Mi marido y mi padrino; La nena; Mi cuñado, entre otros.

Hobbies: la música, sobre todo el tango; el fútbol y el hipódromo. "Conocí los hipódromos de cada país que visité y el más lindo, para mí ,sigue siendo el de San Isidro."

Frases de cabecera: "El éxito es un imponderable, no se lo crean nunca". "No molestes a tus vecinos; fuera de eso, hacé lo que quieras".

Libro que lo marcó: "He leído muy poco."

Hincha: de Atlanta.

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