Mónica Lewinsky, una resurección inesperada

Fuente: Archivo
Marina Gambier
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8 de agosto de 2019  • 16:11

Todo en la vida se reduce a una simple cuestión de tiempo. Hacía falta que pasaran poco más de veinte años para que cambiara el cristal con que hoy revisamos la historia de Mónica Lewinsky y Bill Clinton , la ex becaria de la Casa Blanca que a mediados de los noventa (1995-1997) mantuvo un affaire romántico con el entonces presidente de los Estados Unidos. Tantas cosas le acontecieron a la humanidad en estas últimas décadas (en las que ambos protagonistas se llamaron a silencio para recomponer sus reputaciones), que ni ellos imaginaban cómo se reescribirían aquellos hechos. Recordemos que en 1998 no existían las redes sociales y que en los medios de comunicación no hablábamos abiertamente de sexo (menos del oral); tampoco teníamos tanta información sobre el bullying, y nadie esperaba que un día las mujeres alzaran la voz contra el machismo y el abuso sexual, uniéndose en un poderoso movimiento planetario bautizado #MeeTo. Eso sí: ya éramos adictos a las series de televisión, así es que no podía ser más propicio el momento para la resurrección de aquella muchacha que ya pasó la barrera de los cuarenta, devenida ahora en productora de una serie en la que compartirá su propia visión del escándalo internacional que la marcó para siempre.

Hace 20 años

Desde una óptica contemporánea, mucho más benévola, la lectura de aquellos hechos sería la siguiente: una joven egresada consigue una pasantía en la Casablanca y al poco tiempo de trabajar ahí sucumbe a los encantos de un hombre inteligente, pero con dos defectos: está casado y es el presidente del país. Sin embargo, la atracción es mutua. El vinculo dura dos años e incluye nueve encuentros en los que hubo contacto sexual consentido, algunos bajo las luces del espléndido Salón Oval donde transcurrieron episodios fundamentales para los EEUU, según archivos de la época. Uno de esos encuentros dejó evidencias en el vestido azul que llevaba la becaria, quién lo conservó pese a que el lavarropas, como ocurre con la sangre, no logró remover las porfiadas manchas de semen. Ella trata de ser discreta, pero es un ser humano y necesita hacer catarsis. Decide contárselo a su mejor amiga, que graba las conversaciones de teléfono durante meses para luego entregárselas a un fiscal comprometido con la verdad. La noticia sale a la luz. El presidente niega la relación y automáticamente ella es juzgada por el mundo entero como una "gorda", "prostituta" y "trepadora". A él acaban perdonándolo la justicia (aunque fue condenado por perjurio), y también su esposa; ella se convierte en la primera víctima del ciberbullying y nunca más consigue empleo. Para pagar las cuentas se vende a los medios, los mismos que la seguirían lapidando . Cada vez que pone su nombre en el buscador de Google aparece asociado a la pornografía y al derrumbe de un político.

Vuelta la página

Por estos días el ex presidente ha sido abuelo por tercera vez. Su imagen de galán mutó en la de un adulto mayor delgado y vestido con ropas vintage ; Lewinsky en cambio adelgazó unos cuantos kilos y volvió a la escena inesperadamente fortalecida por el nuevo relato que ofrece el contexto. "Dado mi desorden de estrés postraumático y mi conocimiento sobre trauma, es muy probable que mi pensamiento no hubiera cambiando en este momento si no fuera por el movimiento #MeToo. No solo por las nuevas miradas que ha proporcionado, sino también por los nuevos caminos que ha ofrecido sobre la seguridad que nace de la solidaridad. Ahora estoy empezando a considerar las implicaciones de las diferencias de poder, tan vastas entre un presidente y una becaria. Estoy empezando a entender que en esa circunstancia la idea de consentimiento puede ser considerada irrelevante (aunque los desequilibrios de poder -y la capacidad de abusar de ellos- existen incluso cuando el sexo ha sido consentido)", confesaba en una entrevista cedida a la revista Vanity Fair en 2014, donde la mujer hace también un sincero mea culpa . "Me arrepiento profundamente de lo que pasó entre el presidente Clinton y yo. Permítanme repetirlo otra vez: yo" remarcaba, admitiendo luego esos matices que hoy la redimen: "claro, mi jefe se aprovechó de mí, pero yo siempre me mantendré firme en este punto: se trataba de una relación consensuada. Cualquier 'abuso' se produjo en el período posterior, cuando se hizo de mí un chivo expiatorio para proteger su posición de poder".

Fuente: Archivo

Hurgando en las miles de noticias publicadas en aquellos tiempos encontraremos artículos firmados por hombres y mujeres de los más prestigiosos medios de comunicación, encendidas plumas hoy abonadas a la causa por los derechos de las mujeres y las libertades individuales. Las mismas que entonces no ahorraron en descalificaciones y juicios de valor, en especial sobre el papel de la víctima principal, una joven de 24 años. A fin de cuentas, el único error que cometieron Bill y Mónica fue gustarse, ceder al mandato de la carne, y mentir. como si eso no los hiciera simples mortales. Seguramente el calvario interior que cada uno debió atravesar habrá servido para su evolución personal, y para ver aquel capítulo de sus vidas desde la única perspectiva posible: la de que todos somos dignos de perdón.

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