Montevideo: ver para recordar

Al otro lado del charco, retiene una atmósfera que Buenos Aires perdió con los años. Y entre sus calles y el puerto, atesora curiosas historias de candombes y naufragios.
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30 de junio de 2002  

Montevideo se explica mejor recortada contra Buenos Aires. Las capitales del Plata tienen mucho en común: idioma, arquitectura, macrocefalismo (la mitad de los uruguayos vive en Montevideo) y una indisimulada pasión por el fútbol, las carnes rojas, el tango y la charla alrededor del mate o la mesa del café. Se diría casi que forman una misma ciudad, dividida por doscientos kilómetros de aguas barrosas.

Sin embargo, hay diferencias sustanciales. La naturaleza concedió a Montevideo algo más que una pampa infinita: playas de arena, un puñado de islas, ondulaciones que las calles copian con placer, la gracia del Cerro y la bahía. Y los montevideanos retribuyeron el don abriendo su ciudad al mar, como afectuosamente llaman al río que refleja la espalda de los porteños. Además, la capital uruguaya ha sabido conservar luces, aromas, rincones y hasta una cota urbana que Buenos Aires perdió para siempre. Por algo Borges pudo decirle: "Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente".

Mocosos en el monte

Algunos adjudican el bautismo a un vigía de la flota de Magallanes, que habría exclamado Monte vide eu (veo un monte). Otros, a una anotación cartográfica, que señalaba el sexto monte de la costa contando de Este a Oeste: Monte VI de E.O. Lo cierto es que Montevideo debe el nombre al cerro que remata su bahía por el Oriente –de casi 150 metros–, y la existencia, a una cuestión estratégica. A fines de 1723 llegó a Buenos Aires la noticia de que Portugal había ocupado la península de Monte Ovidio. Bruno Mauricio de Zabala, el gobernador, cruzó de inmediato el Río de la Plata con dos veleros, setecientos hombres y el brazo de plata en alto (había perdido el verdadero en el sitio de Lérida). El despliegue surtió efecto: los portugueses regresaron a Brasil sin disparar un tiro. Zabala ordenó entonces levantar una fortificación en el lugar, por si cambiaban de idea. El 26 de diciembre de 1726 nació junto a ella la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo.

Apenas seis familias porteñas se animaron a poblar esa poco prometedora tierra, amenazada por indios y lusitanos. Los chiquilines eran amplia mayoría: sólo doce de los treinta y cuatro primeros montevideanos pasaban los 18 años. Luego vinieron colonos de Canarias (cinco familias por cada cien toneladas de intercambio comercial entre las islas y el Río de la Plata, según un curioso acuerdo). El núcleo fundacional se completaba con cien soldados de línea y otros tantos tapes de las Misiones Jesuíticas, encargados de levantar el recinto amurallado. Como la piedra era para la muralla y madera había poca, las casas se hacían con lo único que abundaba: cuero de ganado cimarrón.

La Montevideo inaugural tenía más aspecto de toldería que de aldea española. Y despedía olores nauseabundos: sus habitantes acostumbraban arrojar a la puerta los restos de los animales que comían. El Cabildo debió amenazar con “trabajo personal en las obras públicas” a quienes desoyeran la orden de juntar y quemar los despojos cada ocho días.

Puerto mayor

La prosperidad tardó medio siglo. En 1778, los españoles advirtieron que Montevideo era el mejor fondeadero del Plata y lo declararon puerto mayor. Todo el tráfico naviero de estas latitudes debía recalar allí y las arcas de la ciudad comenzaron a desbordar, merced a cargas aduaneras y fiscales. Además, la hacienda, que se había multiplicado prodigiosamente en los campos orientales, pasó a ser un fabuloso rubro de exportación. El Mercado del Puerto, frente a las líneas art déco de la Aduana, permite hincarle el diente. Dentro de esta estructura de hierro y cristal (importada en 1869 de Inglaterra, aunque una difundida leyenda sostenga que la rescataron de un naufragio) señorean parrillas y la mejor carne uruguaya. El menú depara a los argentinos la novedad del riñón entelado, la pamplona, el choto (tripa gorda), la papa al plomo y el medio y medio, una igualitaria mezcla de vino blanco seco y moscato espumante.

La Ciudad Vieja

El casco histórico de Montevideo ahora hospeda bancos, financieras, casas de cambio y la Bolsa de Comercio. Su patrimonio colonial se limita al Cabildo y algunos vestigios de la muralla que antaño anillaba la ciudad. Pero aún atesora los edificios más antiguos y un aire de entrañable nostalgia. Entre sus joyas arquitectónicas figuran la catedral, el Palacio Taranco –sede del Museo de Arte Decorativo–, la mole neogótica de la Junta Departamental, el imponente Banco de la República y la casa del general Fructuoso Rivera, hoy Museo Histórico Nacional. También hay lugar para reliquias menos ostentosas: la Librería Linardi y Risso –paraíso de bibliófilos–, el encantador Café Brasilero.

Dos arquitectos italianos, Mario Palanti y Vittorio Meano, legaron impensadamente los símbolos más tangibles de la hermandad rioplatense. En la década del veinte, Palanti levantó dos torres casi simétricas a ambos lados del Plata, por entonces entre las más altas del planeta: el Palacio Barolo en Buenos Aires y el Palacio Salvo sobre la plaza Independencia de Montevideo, punto de partida de la Ciudad Nueva. Meano, a su vez, proyectó nuestro Congreso de la Nación y el Palacio Legislativo uruguayo. No llegó a ver terminada ninguna de sus obras cumbre: el 1º de junio de 1904, su mayordomo le pegó un tiro en un confuso episodio pasional.

Otro italiano, el arquitecto Gaetano Moretti, se ocupó de realizar el Palacio Legislativo soñado por Meano y encargado por el presidente José Batlle y Ordóñez. A la hora del toque final, propuso que sus líneas, pomposamente neoclásicas, se revistieran de mármol y el corazoncito charrúa exigió que se emplearan exclusivamente mármoles del país, aun sin saber si existían. Hubo que llamar de urgencia a Luis Massardi, un marmolista de renombre que andaba por Buenos Aires realizando obras (Galería Güemes, Confitería del Molino, Banco de Boston y otros). Massardi hurgó las serranías orientales con resultados más que satisfactorios y el Palacio Legislativo pudo lucir un espléndido mármol gris ciento por ciento nacional. De paso, alumbró la industria marmolera de Uruguay.

Montevideo fue, durante la época colonial, un poderoso centro esclavista. Surtía al Río de la Plata, Chile y Perú. Los negros llegaron a conformar la tercera parte de la población montevideana. Epidemias, guerras, mestizaciones y otras yerbas redujeron con los años esa proporción. Sin embargo, en el Uruguay actual hay más de ciento sesenta mil negros. Y las barriadas populares de Montevideo (Barrio Sur, Palermo y San Telmo) reúnen la mayor parte.

La cultura oriental les adeuda uno de sus ingredientes más característicos: el candombe al que incitan las llamadas del carnaval montevideano. Ahora, el candombe es patrimonio de todos los uruguayos. Camino análogo está siguiendo otro aporte africano: el culto a Iemanjá. Cada 2 de febrero, al anochecer, una multitud pisa las playas montevideanas para echar a navegar sus ofrendas a la madre de las aguas y la dueña del mar. El número de devotos creció tanto que el municipio aceptó emplazar un monumento a la diosa oceánica en Playa Ramírez. A pocos pasos está el dedicado a Confucio. En el altar de la laica Montevideo hay sitio para todos.

La mezquita de Buceo

En julio de 1752, el navío Nuestra Señora de la Luz se fue a pique con ciento cincuenta pasajeros y más de un millón de pesos en monedas de oro y plata (unos siete millones de dólares de hoy). Un grupo de buzos –controlado por autoridades y armadores– logró recobrar casi todo el tesoro, a cambio de un tres por ciento de lo arrancado al mar y una abundante provisión de aguardiente. Los doblones, no obstante, siguieron apareciendo hasta bien entrado el siglo pasado. La playa desde donde partían todos estos cazadores de tesoros recibió el nombre de Buceo de la Luz. Con el tiempo le quedó simplemente Buceo.

En sus primeros metros, se alza una construcción salida de las Mil y una noches, con minarete y todo. Su destino no es menos insólito. Se la edificó a principios de los años treinta para servir de bar. Pero pronto pasó a ser un cabaret. Luego cobijó a la morgue del cementerio de Buceo y a un museo oceanográfico. Actualmente, funciona allí el Museo Zoológico Dámaso A. Larrañaga. ¿Qué vendrá mañana?

En nombre de Reus

A fines de 1992 –con la venia del municipio–, los estudiantes y docentes de la Escuela Nacional de Bellas Artes se complotaron con los vecinos del Barrio Reus para abolir la monotonía cromática de Montevideo. Amarillos, rojos, azules, turquesas y naranjas se adueñaron entonces de las fachadas de Emilio Reus al 2400, transformando la cuadra en una prolongación de Caminito o un retazo de Bahía. El creador del barrio merecía un homenaje así. Reus nació en Cataluña, en 1858. Amasó fortunas en España, la Argentina y Uruguay con la misma facilidad con que las perdió. La crisis de 1890 lo arrastró a la ruina final. Pero antes ocupó una banca en el Parlamento catalán, fundó y fundió un banco en Buenos Aires, construyó los primeros barrios de viviendas populares de Montevideo y un gran hotel, que luego se convirtió en la Facultad de Humanidades. Lo que se llama una vida colorida.

Aquellas pequeñas cosas

Cada mañana de domingo, desde hace más de un siglo, la calle Tristán Narvaja se convierte en una pintoresca cruza de mercado y cambalache. Sobre la calzada, los puestos desbordan de frutas, hortalizas, quesos y embutidos. Y en las veredas se regatea desde un faro de Ford T hasta revistas usadas y chucherías de toda laya. El fuerte de la Feria de Tristán Narvaja son aquellas pequeñas cosas que nos venden un boleto de vuelta a gozos olvidados. ¿Quién puede resistirse al Cerebro Mágico, los soldaditos de plomo, las muñecas de porcelana o una lata de Ovomaltina? ¿Quién a un Gráfico con Alonso o Bernao en tapa?

Montevideo ejerce un encanto análogo. Esa “ciudad que se oye como un verso”, esas “calles con luz de patio”, como observó Borges, retienen una atmósfera que Buenos Aires perdió para siempre. Y los porteños, se sabe, adoramos la nostalgia.

Garra centenaria

En el Estadio Centenario, entre las arboledas del parque José Batlle y Ordóñez. se inició en 1930 la historia de los mundiales de fútbol. El primero fue para los dueños de casa, que derrotaron en la final al equipo argentino 4 a 2. Nuestra rivalidad con los celestes prenunciaba una batalla campal y, para arbitrar, el belga John Langenus exigió un seguro de vida. "Pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas”, recuerda Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra. Hoy, a más de siete décadas, la cosa suena a cuento (sobre todo, considerando el empujoncito argentino para que Uruguay llegara a Corea-Japón).

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