Niños de muchas luces

Los chicos considerados superdotados suelen recibir presiones desmedidas y representar expectativas que no siempre se cumplen. La pedagogía hoy habla de talentos diversos
Marina Gambier
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23 de junio de 2002  

Chas, Richie y Margot Tenembaun eran el fruto de un matrimonio bien avenido que, no obstante, acabó en divorcio. Esos niños no eran del montón: eran genios. Genios de verdad, según alardeaban sus padres, y los diarios, que se encargaron de seguir cada una de sus proezas intelectuales. Chas, por ejemplo, con sólo 10 años y una simple calculadora de bolsillo, podía cerrar complejísimas operaciones inmobiliarias. De hecho, se hizo rico antes de entrar en la pubertad. Margot era adoptada, y como tenía grandes condiciones para la dramaturgia, a los 12 años ya había ganado una beca de cincuenta mil dólares. A Ritchie le dio por el deporte, y sin esfuerzo se destacó como el más brillante tenista de su generación, con un récord de tres torneos internacionales ganados en buena ley. Pero aquello que prometía ser una excepción, no pudo ser: “Toda memoria relacionada con el brillo infantil de los hermanos Tenenbaum fue borrada por décadas de traiciones, frustraciones y desastres, muchos En los Estados Unidos, los superdotados constituyen en este momento entre el 5 y el 7 por ciento de la población escolar, es decir, tres o cuatro millones de personas, una cifra que supera las de años atrás de ellos atribuidos al fracaso de sus padres”, decía una voz en off.

Bien. Los hermanitos en cuestión no existieron más que en la imaginación de Wes Anderson, director de esta desopilante comedia llamada Los excéntricos Tenembaun. Pero esos chiquillos de mentira bien podrían ser el vivo retrato de un fenómeno que ha tenido su episodio más patético meses atrás, en los Estados Unidos, cuando todo el país se llevó un buen chasco al descubrir que el pequeño Justin no era ningún prodigio, sino el invento de una madre ambiciosa.

Según las declaraciones que Elizabeth Chapman le hizo al juez en noviembre último, su hijo dio sobradas muestras de ser distinto de los demás: a los siete meses aprendió a caminar, y a los 2 años ya podía leer y escribir de corrido. Como se supone que el mundo va más lento que el cerebro de los superdotados, y ella estaba convencida de tener entre manos a una lumbrera, a los 4 años lo inscribió en un programa para aprender matemáticas por computadora. A los 7 terminó el secundario (que cursó a distancia, y en un año y medio), e ingresó en los cursos de verano de la Universidad de Rochester. Para ese entonces ya era una celebridad de la que nadie se atrevía a dudar, mucho menos luego de que la senadora Hillary Clinton se entrevistara con él. Además, las pruebas Stanford Binet que ese verano rindió con el fin de ingresar en una academia para criaturas de su tipo, confirmaron que su cociente intelectual era de 289 puntos, una marca que tal vez ni el mismo Einstein alcanzó. Pero la verdad saltó cuando llegó por correo la confirmación del ingreso en el famoso instituto al que la madre pretendía enviarlo, y al que el menor se había negado a asistir.

Justin quedó tendido en una camilla de hospital, intoxicado por exceso de pastillas contra el dolor de cabeza. No se comprobó si las tomó con intención de suicidarse, pero los psicólogos hallaron que estaba obsesionado con la idea de la muerte, y que su mentalidad no respondía ni de cerca a la de alguien con una inteligencia superior. En la actualidad, está bajo la custodia de la Health and Humanities Department, en Broomfield, hasta tanto la Justicia decida qué cargos le corresponden a su madre, que finalmente admitió haber falsificado las pruebas de inteligencia Stanford Binet para que su pequeño accediera a esa vida de privilegios que, se supone, llevan quienes gozan de un cerebro adelantado.

Precocidad y otros prejuicios

¿Existen los superdotados? ¿O sólo existen los padres insatisfechos? La película de los Tenembaun no hizo más que describir el fenómeno en una mínima parte, pero el caso real de Justin avivó una vieja discusión acerca del alcance de la inteligencia, de cuánto da la naturaleza y cuánto el medio en el que se vive. Pero lo que conmocionó a la prensa norteamericana en febrero último no fue un hecho aislado. Según las estadísticas publicadas por The New York Times, en los Estados Unidos los superdotados constituyen en este momento entre el 5 y el 7 por ciento de la población escolar, es decir, tres o cuatro millones de personas, una cifra que supera las registradas años atrás.

A lo largo de la historia ha habido muchos individuos que, como Justin y los Tenenbaum, fueron clasificados, sin matices diferenciadores, como genios, prodigios, superdotados, precoces, talentosos, brillantes. Todos entraron en la misma lista, por alguna razón meritoria, y allí permanecieron durante siglos, encasillados sin que nadie se atreviera a cuestionar cómo es que mientras descollaban en alguna disciplina podían ser unos grandes inútiles en otras. Hay excepciones, claro, pero pocas, porque se sabe que rara vez la naturaleza produce un ejemplar perfecto, capaz de hacer cálculos como una máquina, tocar el violín sin partitura, ser alguien decente y atarse correctamente el cordón de un zapato. La pedagogía moderna ha tratado de darle una dimensión menos arbitraria a esas definiciones. En principio, hoy se sabe que los famosos tests de evaluación no son el instrumento adecuado para medir la inteligencia.

Estas herramientas, que siguen utilizándose en algunos países donde las políticas educativas apuestan a instruir a la gente según su capacidad de aprendizaje, fueron implementadas a principios del siglo pasado. Mucho después de que se extendiera en el mundo la ley de educación obligatoria, cuando en el sistema francés detectaron que lo que se enseñaba en los primeros grados de las escuelas urbanas era aprovechado sólo por ciertos alumnos, las autoridades decidieron investigar la causa de ese rendimiento desparejo, y encomendaron la tarea al psiquiatra Alfredo Binet, autor de las primeras pruebas de inteligencia y test mentales, luego conocidas como test Binet Simon.

Para dar con la fórmula que le permitiera medir las capacidades individuales, Binet empezó a realizar experiencias con niños abandonados en un asilo, considerados anormales por la sociedad de su época. El hombre comparó esos resultados con los obtenidos por los alumnos normales de las escuelas de París, y sobre esa base elaboró escalas de evolución que comprenden pruebas confeccionadas para cada edad, de los 2 años a los 15. Así, hasta hoy, la edad mental de una persona se obtiene de sumar las respuestas positivas para cada etapa fijadas en la respectiva escala. Luego, la división entre la edad mental y la cronológica, multiplicada por cien da por resultado un cociente intelectual (por ser una división se dice cociente y no coeficiente). Estas modalidades fueron difundidas por Estados Unidos hacia todo Occidente, en revisiones sucesivas conocidas con el nombre de Stanford Binet, Terman Merril y otras tantas.

Las siete inteligencias

Los equívocos fueron superados, al menos en teoría. Hacia 1971, los pedagogos advirtieron que estos métodos se basaban en muestras tomadas de las sociedades occidentales urbanas, y que su aplicación en las escuelas generaba la exclusión de niños erróneamente clasificados por su bajo o su elevado rendimiento. Ese año, la Oficina de Educación del Gobierno de Estados Unidos promulgó en el informe Marland un concepto de superdotación aceptado luego por la mayoría de la comunidad académica.

En éste se incluyó a quienes demostraron alguna de las siguientes condiciones, solas o en combinación: habilidad intelectual general, aptitud académica específica, pensamiento creativo o productivo, capacidad de liderazgo, aptitud visual, ejecución artística y destreza psicomotriz. Luego, ese panorama fue aclarándose aún más gracias a Howard Gardner, psicólogo cognoscitivista y profesor de Educación, miembro del proyecto Zero de la Universidad de Harvard –que indaga sobre la naturaleza de la actividad simbólica humana– y también autor del famoso Modelo de Inteligencia Múltiple. En este último, Gardner sostiene que no hay una sola inteligencia, sino siete, bien distintas e igualmente importantes: una lingüística (relacionada con la capacidad de escribir); una lógica (involucra la facilidad para agrupar datos, realizar inducción, deducción, clasificación etc.); la creativa (descripción y solución de problemas, originalidad, fluidez y aplicación práctica de ideas novedosas); otra musical, (reconocimiento de sonidos y capacidad para ejecutarlos); la cinética (vinculada con la destreza física y al deporte); la intrapersonal (relacionada con la capacidad para ser independiente y responsable, tener confianza en uno mismo y ejecutar los propios proyectos), y finalmente la interpersonal (facilidad para la socialización, el liderazgo, conducción grupal, la adaptabilidad y la facultad de hacer sentir bien a los demás). En ese feliz y frondoso ramillete de virtudes, entramos todos. Maradona, Leloir, la Madre Teresa de Calcuta, Menem, Claudia Schiffer y sus parientes. El aporte de Gardner sugiere también que sería un error gravísimo considerar que la inteligencia y el talento son obra exclusiva de la naturaleza, y no pensar que la educación y el contexto social pueden tener tanta fuerza como la genética. Ya lo había demostrado la antropóloga Margaret Mead, al investigar las diferencias entre la inteligencia de los chicos de Africa y los nacidos en grandes ciudades. En su conclusión, señaló que éstas no se deben a razones naturales, sino culturales, porque en esas sociedades primitivas contestaban de manera inteligente, pero de acuerdo con su experiencia inmediata. Sirva el ejemplo de Margaret Tenenbaum: una niña adoptada que, como sus hermanos, tuvo una oportunidad.Y como ellos, también naufragó por falta de cariño.

Muy al revés que en los Estados Unidos, en la Argentina existe una sola escuela, la Norbridge, donde los docentes trabajan con programas especiales para estimular a chicos con altas capacidades. De la población total de esa institución, sólo al 10% le detectaron inclinaciones diferentes hacia la lectura, la matemática y otras áreas específicas. Pero en el nivel público la política educativa aspira a que todos reciban la misma información dentro del aula.

“La escuela cumple un papel importante en la socialización, y es bueno mezclar diferentes capacidades, niveles sociales, de pensamientos e ideas, para que puedan aprender unos de otros. Salvo estas cosas de elite, que en realidad están hechas para los padres y no para los chicos –afirma Daniel Filmus, secretario de Educación de la ciudad de Buenos Aires–, la tendencia es detectar las áreas donde el alumno tiene habilidades para fortalecerlo, de un modo complementario a la educación básica. Tomando ese principio, en todos los distritos escolares de la Ciudad abrimos talleres para aquellos que después de clase quieren aprender ciencias, plástica, música, escritura, etc. Eso es lo que se está haciendo en todo el mundo.” Las estadísticas afirman que sólo uno de cada 290.000 individuos logra superar los 170 puntos de cociente intelectual, pero ya sabemos que las cifras no son determinantes o, en tal caso, no garantizan el éxito en la vida. Algunos educadores consideran que los talentosos deben ser estimulados, ya que constituyen una esperanza de mejorar el mundo en que vivimos. A estas alturas, la única certeza es que el futuro de la humanidad no dependerá de si un padre lleva al niño al museo o a ver la última película del Hombre Araña, sino de cuán capacitado esté para ser feliz con sus propias decisiones. Algo que Justin está a tiempo de conseguir.

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