No hay tanto sexo como parece

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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6 de abril de 2019  

Si lo dice The Washington Post debe ser cierto nomás. El prestigioso diario norteamericano dedicó una columna entera a comunicar un exhaustivo estudio cuyos resultados indican que los norteamericanos están teniendo bastante menos relaciones sexuales que antaño.

El estudio tiene aristas interesantes. Entre ellas se destaca el hecho de que los mayores responsables de la merma cuantitativa de la actividad sexual en los Estados Unidos son los jóvenes, quienes últimamente han visto decrecer su actividad en forma por demás significativa. ¿Será así también por nuestros pagos? Vaya uno a saber. Al momento no tenemos datos al respecto, si bien podríamos pensar que en algo podríamos asemejarnos a los habitantes del país del norte.

No sabemos si lo que las cifras expresan es algo bueno o malo. Digamos, sin embargo, que aquello de "más es mejor" no siempre es real, sobre todo en un universo en el que la calidad de las relaciones habla más de la plenitud de vida de las personas que el hecho de que tengan muchos encuentros sexuales para llenar casilleros. Sin embargo, si los datos de la encuesta se vinculan a la merma del deseo de acceder al encuentro con el "otro", en clave de aislamiento narcisista, allí debiéramos preocuparnos.

No sabemos a ciencia cierta el significado de los datos, pero nos abren a la reflexión, sobre todo con lo mucho que se ha sexualizado el mundo de las imágenes que nos rodean, y el sobreabundante "chamullo" que existe al respecto de una –¿mítica tal vez?– sobreabundancia de sexo en la vida cotidiana de los jóvenes.

Que se quedan muchos años en casa de sus padres, que hay un gran número que no conviven en pareja hasta ya creciditos (de hecho, los mayores de 30 tienen más relaciones que los más chicos), que la tecnología… Por ahora son meras hipótesis que van y vienen, pero todo indica que es un conglomerado de causas aún no descifradas las que generan este cambio en los ritmos sexuales de los jóvenes.

Hace ya mucho que la sexualidad dejó de ser tema prohibido. Quien diga lo contrario posiblemente tienda a victimizarse con alguna intención ulterior. A la vez, digamos que el que la humanidad siempre haya regulado las conductas sexuales posiblemente tenga su razón de ser. Ejemplo de ello es la universal "prohibición del incesto", algo común en todas las culturas. Por eso podemos afirmar que la libertad sexual no se relaciona con que no haya tabúes, sino de tener tabúes inteligentes y útiles, que no vengan a estropear la fiesta, sino a mejorarla y hacerla sustentable en el tiempo.

Hoy la gente está mucho más frente a las pantallas, la pornografía es más accesible que antaño y la pasión se desplaza, en muchos casos, hacia la virtualidad. Por otro lado, y como signo positivo, la ansiedad por el sexo deja su lugar a una convicción de que el sexo está allí, a una distancia accesible, lo que atempera los ánimos y calma las ansiedades en este rubro.

Sin urgencias, la sexualidad puede sentirse más desde la dimensión singular e íntima del encuentro, y no tanto en términos de estadística cuantitativa. Es allí en donde no importa si es más o es menos, el tema es que sea linda y plena, y no oscura y pecaminosa como antaño, o meramente estadística y tribunera como todavía suele ser.

Veremos cómo sigue el asunto cuando surjan las estadísticas por nuestras tierras. Mientras tanto, vale reafirmar que la sexualidad es una maravilla, y que el deseo como tal merece perdurar y no dormirse en una virtualidad esterilizante y narcisista. A la vez, que el afán de autonomía no disfrace un blindaje que nos aísle, transformando al cuerpo (incluso el cuerpo erótico) en un estorbo, olvidando que es la materia de la que estamos hechos y sin la cual nada seríamos.

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