"No le debo nada a ningún presidente"

A los 96, Carlos Fayt no piensa en dejar de trabajar por la justicia. Su opinión sobre la Argentina. La mirada de sus colegas
Victoria Pérez Zabala
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16 de marzo de 2014  

Las manos del doctor Fayt son un manojo de dedos entrelazados. Sus ojos, apenas abiertos; su cabeza, inclinada hacia adelante. Está buscando las palabras para describir la sociedad argentina.

Hace más de treinta años que es ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Se toma su tiempo antes de romper el silencio: "No quisiera descalificarla ni debo porque soy un fruto de ella. Quisiera que mejore. Cuando tiene que luchar, sale a las calles y golpea. No hay que tener sino paciencia con ella. El futuro está en manos del pueblo, pero necesita grandes líderes. ¿Dónde están? ¿Dónde está un Lisandro de la Torre, un Juan B. Justo? ¿Dónde están los jóvenes? Yo les dejo mis libros a ellos".

De camisa celeste y pantalón azul oscuro, acaba de cumplir 96 años. Estamos en su departamento de la calle Ayacucho. En el estar anterior a su despacho hogareño hay un barómetro y un piano de pared. Hay varios retratos y una pequeña escultura de Alfredo Palacios, primer legislador socialista de América latina. En su lugar de trabajo, las paredes están cubiertas de libros y su escritorio, de pesados expedientes.

"Quiero seguir trabajando porque me siento capaz", dice el único integrante de la Corte Suprema que votó en disidencia absoluta respecto de la constitucionalidad de la ley de medios.

"Aquí tiene todo lo que necesita saber", dice mientras extiende unas fotocopias que contienen sus memorias. Con estas palabras, el doctor Fayt procura dar por finalizada la entrevista antes de iniciada. Sin embargo, y por alguna desconocida razón, el encuentro se extiende por casi dos horas. Tiempo suficiente para que uno de los hombres más influyentes en la historia de la Corte argentina revele sus deseos y se divierta con anécdotas de su juventud, recitando tangos y y versos de Dante Alighieri.

"Siempre quise con un amor profundo a mi patria. Quiero que su destino sea grande. Quiero una patria más amplia, más generosa, más fuerte. Hemos tenido grandes hombres, ¿por qué no los tenemos ahora?", reitera, y luego vuelve hacia atrás, a su adolescencia y a sus primeros pasos dentro de la justicia argentina.

En una calle de tierra se crió Carlos Santiago Fayt. El mayor de seis hermanos de una familia de clase media baja. Había nacido el 1° de febrero de 1918 en Salta capital, pero a los pocos años su familia se mudó al Bajo Belgrano.

"La casa a la que fuimos a vivir quedaba sobre la calle José Hernández. Hoy por ahí cruza Libertador, pero entonces se llamaba Blandengues. Ahí terminaba el Bajo Belgrano y en la vereda de enfrente se levantaba el club de mis amores: Excursionistas. Me hubiera gustado ser half. Fui a que me probaran como half derecho para los infantiles."

M´ hijo no servís; no das para esto, le dijeron en la prueba.

"Quedé dolorido. Cómo es posible que yo no pudiera ser siquiera un half derecho. No era mi destino serlo", recuerda Fayt.

Desde muy joven se distinguió por otras habilidades. En el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda era el orador designado para todos los actos patrióticos de la escuela. Con tan sólo 14 años lo eligieron vicepresidente del centro de estudiantes del secundario. "A los 16 me aprendía todo de memoria y, luego, recitaba. La gente no lo podía creer. Pensaban que improvisaba y quedaban asombrados."

Aprendió sobre el poder de la palabra y el impacto que podía generar en una audiencia al recitar versos de memoria. Ahora mismo regala uno de Dante en su idioma original, que aprecia y saborea mientras de su boca fluyen las palabras del poeta. Luego, continúa en francés y repasa La Marsellesa.

En su adolescencia fueron Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, quienes lo marcaron a fuego. "Ahhh… Leía un capítulo, iba a la lechería que estaba en la esquina y se lo contaba al hijo del dueño. Era como si los personajes vivieran. Sentía pasión por cada uno de ellos. Era un chico común de barrio, pero ya parecía que estaba en otra cosa."

En la lechería aprendió a jugar ajedrez. A los 17 años, su madre lo mandaba a comprar y ahí veía cómo el dueño movía unas fichas blancas y negras. "Me enamoré del ajedrez. Llegué a ganar el campeonato metropolitano de la cuarta categoría. Pero el juego llevaba muchísimo tiempo. Mi madre me dijo que no podía hacer todo y que tenía que elegir."

Eligió el estudio. Sin embargo, "un ajedrecista jamás se olvida del juego y la pasión permanece en él. Le permite ver las alternativas de dos o tres variantes que le suele presentar la vida".

Su padre le aconsejó la carrera militar, pero su vocación era el Derecho y se lo dijo. "Hoy estoy convencido de que era mi destino", dice el jurista que alcanzó el grado académico más alto en la Universidad de Buenos Aires (UBA) al ser nombrado profesor emérito y es profesor titular en las universidades del Museo Social Argentino y de Belgrano.

En la Facultad de Derecho de la UBA se convirtió en ayudante de cátedra y, como tejiendo su destino, uno de sus primeros trabajos fue la recopilación de jurisprudencia de la Corte Suprema. Fue su primer contacto con estas palabras que luego pronunciaría a lo largo de toda su vida: leading case (cuando un fallo es repetido por otro, de modo tal que son idénticos se transforma en leading case, un caso singular), holding o ratio decidendi (el núcleo argumental que da sentido a una decisión jurídica) y stare decisis (el asentamiento jurisprudencial, la decisión que se va a seguir adoptando).

A los 21 años se recibió de abogado y publicó su primer libro, Por una nueva Argentina. Una vez recibido fue hasta un puesto radical a afiliarse. "Era un muchacho. Me hicieron pasar a un cuarto semioscuro donde me recibió un hombre que me puso una mano encima del hombro: Hijo, ¿qué querés?, ¿una decena de lotería para tu familia?. Lo miré y le dije: No, señor. Me equivoqué. Jamás pensé que me podían ofrecer la esperanza de una decena de lotería por incorporarme a un partido.

No volvió. Su desencanto con la militancia duró hasta dar con una conferencia del Partido Socialista que dictaba Nicolás Repetto. Recuerda que allí la gente pedía la palabra y no se interrumpía al orador. Había respeto y tolerancia.

"Eran obreros, gente del pueblo, gente común. No eran profesores ni mucho menos. Era otra cosa. Fui socialista porque era lo más transparente y soy un demócrata. Soy demócrata en toda la extensión que le doy a la palabra. Creo, sinceramente, en la vieja máxima de la Stoa griega (de los estoicos): el hombre sea sagrado para el hombre. A lo largo de la historia no lo ha sido, pero creo en eso. De manera que no estoy apasionado por ideología alguna. Soy un crítico de ellas. Las ideologías existen y seguirán existiendo, pero no traen la solución de las cosas."

El ministro decano de la Corte, autor de 38 libros dedicados al pensamiento político, a la teoría general del Estado, a la independencia de los jueces, a las sentencias de la Corte sobre opinión y periodismo, y a la naturaleza del peronismo, entre otros temas, dice que nunca perdió la esperanza porque sabía que iba a necesitarla.

"Cuando vino el golpe de Estado del señor Onganía fui el primero en abandonar las aulas. Luego del golpe, vino La noche de los bastones largos. Se apalearon profesores y estudiantes." El doctor Fayt exigió una investigación sobre el brutal operativo que llevó en la noche del 29 de julio de 1966 a más de cien universitarios tras las rejas. Como se negaron a investigar los hechos, Fayt renunció a sus cargos de profesor de Derecho Político en las facultades de Derecho de la UBA y en la de La Plata, y de Teoría Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

Recuerda que, entonces, alguien le dijo que no cometiera el error de la política del gesto. "Renuncié a mi cargo. Y nunca voy a olvidar que el señor Caminos, que había sido ordenanza y era prosecretario administrativo, me acompañó con lágrimas en los ojos hasta la puerta de la salida de la Facultad. "

Hechos y comentarios

El universo del doctor Fayt descansa sobre ciertas certezas: siempre hay flores frescas en su living y comedor para halagar a su mujer –las renueva un florista una vez por semana–; siempre hay expedientes desperdigados sobre su escritorio, y todas las noches, entre las 20.30 y 21, se acuesta y duerme de corrido hasta el día siguiente.

Cuando el reloj marca las 5.30, ya está despierto. "Atiendo desde las 7.30 y hasta la noche estoy trabajando. No quiero darme por vencido", dice con la solemnidad de sus 96.

Por los pasillos del Palacio de Tribunales el doctor Fayt siempre va de traje. De vestir elegante, no tiene treinta trajes distintos. "Le gusta mucho cambiar las corbatas", observa la doctora Ivana Bloch que trabajó en la Corte como su secretaria letrada durante once años.

"Varias veces se me acercaron abogados para decirme que los votos de Fayt los habían marcado", reflexiona Bloch, que lo acompañó desde el año 2000 hasta septiembre de 2011 y hoy es jueza de Cámara.

Es el primero en llegar. Los días martes –cuando se reúnen los integrantes del máximo tribunal en el Palacio de Tribunales–Fayt arriba a las 7.30 en punto. "Lo hace notar a sus colaboradores que no llegan tan temprano", dice Bloch.

"Me siento querido por determinada gente. Otros me miran de lejos y piensan: ¿por qué no se irá?", reflexiona él.

En 1999, la Corte declaró la nulidad del artículo 99 inciso 4, introducido por la reforma constitucional de 1994, que impone a los jueces un nuevo acuerdo del Senado para seguir en el cargo luego de cumplir los 75 años. A mediados de 2013, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner expresó su descontento por la permanencia del que nombró como "casi centenario miembro de la Corte". Con una breve cita, una frase de un editorial del diario inglés The Guardian ( Comment is free, but facts are sacred : los hechos son sagrados, pero el comentario es libre) el doctor Fayt le contestó a la Presidenta y dio por zanjada la cuestión. La réplica fue transmitida por el chofer del magistrado a los periodistas que hacían guardia en la puerta de su casa.

El juez Fayt suele citar: "Suavidad en las formas, firmeza en el fondo". Pero éste es sólo uno de sus clásicos, tiene otros: "Vacúnese contra los halagos/ el tiempo se venga inexorablemente de lo que se hace sin su auxilio/ el éxito y el fracaso son dos impostores/ uno es más hijo de su tiempo que de sus padres".

El hombre full life

"Fue un año difícil", resume del otro lado de la línea la esposa del doctor Fayt, doctora en Ciencias de la Educación y su compañera intelectual. Fayt es viudo del primer matrimonio y vuelto a casar con Margarita. Tiene una hija, Graciela, que es abogada, y los dos hijos de su actual mujer (a quienes crió desde chicos). Y un nieto, Máximo.

Para el doctor Fayt, líder dentro de la profesión jurídica luego de presidir dos veces la histórica Asociación de Abogados de Buenos Aires, "siempre se pueden hacer las cosas mejor; siempre se puede aprender –opina Bloch–. Él tiene la habilidad de ver cuándo es el momento adecuado para cada cosa. Nunca lo escuché quejarse. De repente, lo asaltaba una duda un domingo a la mañana y te llamaba por teléfono. Tenía que evacuar el tema en ese momento. Es un hombre incansable. Cuando uno iba a informarle sobre los expedientes se encontraba con su visión amplia, de hombre muy lector. Alguien que siempre le agregaba cuestiones de las ciencias sociales a los fallos".

En el ámbito judicial es muy respetado. "Su estilo inconfundible y franco goza de reconocimiento entre todos los operadores del sistema jurídico", dijo el doctor Ricardo Lorenzetti, actual presidente de la Corte Suprema, en ocasión de un homenaje realizado a Fayt por el Foro de Práctica Profesional de Abogados de Santa Fe.

Su ex colega el doctor Gustavo Bossert, juez de la Corte desde 1994 hasta 2002, no ahorra palabras de elogio: "En los años que tuve el honor de compartir con él funciones en la Corte Suprema pude apreciar su extraordinaria capacidad jurídica y su total entrega a la defensa del Derecho, ratificada una vez más en su reciente voto en disidencia en el fallo de la ley de medios. Durante muchos años, el doctor Fayt, junto con otros demócratas, pasaba sus tardes de domingo en las plazas públicas predicando y enseñando a quienes se acercaban los valores de la República, los derechos que la Constitución otorga a los ciudadanos y las nefastas consecuencias del absolutismo", destaca el reconocido jurista y poeta rosarino.

En su primera mañana como juez de la Corte Suprema, el doctor Bossert recibió bien temprano una llamada de Fayt. "Llamó para darme la bienvenida y señalarme el rigor con que era necesario dedicarse a la función. Remató su explicación con una frase que en él ha sido una consigna: la tarea en la Corte no es full time, es full life."

Elisa Carrió recuerda que conoció al doctor Fayt en un panel que compartieron en la Universidad de La Plata. Ella tenía poco más de 20 años. "Es el gran maestro de derecho político de la Argentina. Se fue de la Universidad en La noche de los bastones largos. Tengo un enorme cariño y respeto personal por él", dice la diputada nacional por UNEN.

Hay algo de poeta en el doctor Fayt; un corazón que late fuerte debajo del consuetudinario traje de juez. Recita esos tristes versos del tango Como abrazado a un rencor:

Yo quiero morir conmigo,

sin confesión y sin Dios,

crucificao en mis penas

como abrazao a un rencor.

Nada le debo a la vida,

nada le debo al amor:

aquella me dio amargura

y el amor, una traición.

Algo de esa sensibilidad se trasluce en sus sentencias. En el comentado fallo de la ley de medios, entre conceptos técnicos y alambicados como oligopolios, licencias, monopolios, un tanto abstractos para el hombre de a pie, el doctor Fayt se preguntó y le preguntó a la sociedad argentina: "¿Qué habría dicho el suscriptor de un folletín magnífico como Los Miserables si por disposición legal su lectura se hubiera interrumpido en la muerte de Fantine, o cuando Jean Valjean salva la vida de Javert?" Se refería a los efectos de las disposiciones restrictivas de la Ley de Medios sobre millares de suscriptores.

Tanto Ricardo de Felipe, presidente de la Federación Argentina de Abogados, como Enrique Pedro Basla, que ocupó el mismo cargo en 1983, opinaron sobre Fayt que "es el hombre de mayor edad que ha integrado por más tiempo un Tribunal Superior en las Américas. Ha conservado la independencia, el valor, la dedicación, el rigor intelectual y ético. Ha tenido una prudente firmeza. No se ha dejado atropellar".

Coherencia y austeridad: dos características que salen a relucir al momento de preguntar por la figura de Fayt. Al decir de la jueza Bloch: "Tengo la prueba clara de su honestidad ya que fui parte de su vida diaria durante once años. Yo sé de su vida austera. Él es totalmente transparente. Nadie lo puede comprar".

"No le debo nada a ningún presidente. Yo no conocía al doctor Alfonsín cuando me designaron. Soy absolutamente libre. ¿Qué más puedo querer luego de 30 años de estar ahí?", dice Fayt.

Ahí es su despacho del cuarto piso del Palacio de Tribunales, donde entre sillones señoriales, techos altos y delicadas terminaciones en mármol, resiste una pequeña radio portátil sobre su escritorio. En una de las paredes de su despacho –el único que tiene acceso directo a la sala de audiencias públicas–, de los cientos de reconocimientos que ha recibido a lo largo de su trayectoria, sólo se exhiben unos pocos. Son los que más estima: el de la Federación Argentina del Colegio de Abogados (FACA), el Konex de Brillante y un antiguo pergamino que le fue dado por la comunidad judía, entre otros.

Fayt pertenece a la vieja guardia de jueces que sólo hablan a través de sus sentencias. No se explaya al momento de opinar sobre el año 2013 y sobre cómo afectó al Poder Judicial argentino. Tampoco al ser consultado sobre su disidencia en el caso Clarín. Ya lo dijo: "Mi palabra es de oro, pero mi silencio de diamante".

En cambio, opina sobre la Corte actual, con la que está muy satisfecho. "Todo grupo humano genera rivalidades, pero esta Corte actual no. Tiene un brillo y una limpieza total."

Dejar un legado

Los jueces del máximo tribunal votan todos juntos al menos que alguno tenga una postura diferente, en la jerga jurídica, una disidencia. Fayt marcó una doctrina muy específica en algunos puntos y es famoso por las disidencias que llevan su firma.

La amplia protección del derecho a la libre expresión en sus sentencias se mantuvo en sus 30 años como juez de la Corte. Se trata de una de las especialidades del doctor Fayt, que en 1966 fue convocado por la Unesco para dar un curso completo sobre el derecho a la información, en Ecuador. En una de sus primeras intervenciones, el caso Ponzetti de Balbín, de 1984 –la esposa y el hijo del Dr. Balbín demandaron a Editorial Atlántida por una foto del líder radical internado en una clínica–, procuró un amplio resguardo a este derecho que él pondera como un sinónimo de la democracia.

De los siete integrantes de la Corte fue el único en declarar la inconstitucionalidad de la ley de medios audiovisuales. Tanto el doctor Maqueda como la doctora Argibay presentaron disidencias parciales en sus votos: la de Fayt fue total. En los fundamentos, consideró que una restricción que afecte económicamente a una empresa periodística es una afectación a la libertad de expresión. A su vez, sostuvo que hay otros modos menos restrictivos de control y que las limitaciones que plantea la ley no son proporcionadas ni idóneas para alcanzar los principios de diversidad perseguidos.

Al momento de darse a conocer el fallo, Elisa Carrió opinó: "Una disidencia de gran honra es la de Carlos Fayt. Tenía que ser él, mi viejo profesor de derecho político. El que más sabe y ha escrito sobre la libertad de expresión".

"Es un maestro de alma", define Rosario Hornos, actual secretaria privada del doctor Fayt.

La doctora Bloch explica que "por haber sido docente de derecho constitucional y político durante tantos años tiene la pedagogía muy arraigada. Tanto que si llega una persona nueva a trabajar con él, alguien que no ha estudiado derecho, le hace leer artículos y, luego, los evalúa. Por ejemplo, a las secretarias o a los ordenanzas. Les explica cosas de derecho o les toma el orden de los presidentes".

El eximio jurista que alguna vez dijo que hacer justicia es casi tan difícil como querer atrapar una estrella con la mano, reflexiona: "Necesitamos una juventud que arme un partido político. No lo arma. ¿Dónde está el partido grande que se tiene que formar? ¿Boca Juniors? ¿River? ¿Qué nuevo líder puede estremecer el corazón de los argentinos y llevarlos hacia adelante? ¿Cómo hacer para que se despierte el ansia de futuro? No es fácil". Fayt quiere dejar una enseñanza a los jóvenes. Con su voz antigua y profunda, cargada de susurros y generosa con las pausas, recita: "Sean como la tierra que es paciente, sean como el agua que es clara y cristalina, sean como el fuego que es fuerte, sean como el viento que es justo".

La pluma del juez

  • Algunas intervenciones de relevancia fueron sus votos y el cambio de postura respecto de la penalización de la tenencia de estupefacientes para consumo personal en los fallos Bazterrica (1986), Montalvo (1990) y Arriola (2009).
  • En los primeros, el doctor Fayt consideró que debía ser penalizada la tenencia ya que si se castigaba al particular, el narcotráfico y el consumo de estupefacientes se reducirían. Veinte años después, en el último fallo Arriola, arribó a la conclusión de que no debía serlo ya que los datos de la realidad habían demostrado que la política de persecución al consumidor no contribuía a la reducción del narcotráfico.
  • "Este cambio de postura –según la jueza de cámara Ivana Bloch– se debe a que es una persona muy firme en sus convicciones, pero que, a pesar de eso, puede cambiar si le parece necesario."
  • La pluma del doctor Fayt está presente en fallos históricos como Sejean (1986), que declaró la inconstitucionalidad de la ley de matrimonio civil en cuanto impedía la celebración de nuevas nupcias a las personas divorciadas, y en la sentencia que decidió la reapertura de la causa AMIA (2009). Sin embargo, es más visible cuando defiende las garantías individuales y el respeto por el imputado en el proceso penal.
  • En 1989 llegó a la Corte el caso Arena, donde se cuestionaba la legitimidad de las inspecciones que realizaba el Servicio Penitenciario Federal sobre una mujer y su hija como requisito previo a la visita del marido detenido. Frente al voto de la mayoría, el doctor Fayt planteó una disidencia fulminante. Consideró que las inspecciones intrusivas sobre el cuerpo de la esposa y de su hija constituían una invasión al derecho de intimidad que tiene toda persona y que eran vejatorias de la dignidad humana.

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