"Nos conocimos en un lugar insólito": cinco historias de amor inesperado

Crédito: Ilustraciones de Ariel Escalante.
Cynthia Consoli
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10 de febrero de 2020  • 16:03

Porque el amor a veces nos sorprende a la vuelta de la esquina... ¡o en lugares bastante más raros! Nuestras lectoras nos contaron algunas de sus experiencias.

EN UN DESALOJO

Mercedes Kaulinis / @mercedes.5s

Había alquilado mi departamento, pero llevaba más de seis meses sin cobrar la renta. Después de perseguir al inquilino, que no me atendía el teléfono ni el timbre, inicié el juicio de desalojo. El proceso fue una tortura larguísima, hasta que mi abogada me confirmó que me esperaba un día de diciembre de 2014 a las 8:30 en la puerta del departamento para terminar con esa historia. Nos encontramos un rato antes en el café de la esquina para calmar mis nervios y, mientras me explicaba cómo iba a ser el procedimiento, apareció él: el oficial de justicia.

Nos saludamos con la mano y, cuando lo miré, sentí el flechazo. No podía decir una sola palabra, empecé a temblar, el corazón me daba saltos y ¡no quería soltarle la mano! El desalojo duró casi todo el día. Yo buscaba un poco de charla y él se mantenía medio distante y concentrado en lo suyo. Cuando terminamos todo el procedimiento, necesitaba inventar algo para volver a verlo. Invité a mi abogada a tomar un café, aproveché para elogiar el trabajo del oficial y le pedí que me pasara el número de teléfono para agradecerle personalmente. Camino a casa lo llamé y le dije que había convertido un día con un pronóstico terrible en uno de mis mejores días. Y él, ni lerdo ni perezoso, me invitó a tomar algo ahí mismo.

Nos encontramos en un café, hablamos y hablamos hasta la madrugada y ya no volvimos a separarnos. Nos casamos a los dos años y ensamblamos dos familias gigantes con cinco hijos cada uno.

EN UN RETIRO DE YOGA

Cami Van Dÿk / @camilavandyk .

Crédito: Ilustraciones de Ariel Escalante.

Nos conocimos en marzo de 2018 en el lobby de un hotel en San Andrés, Colombia. Yo había viajado en plan zen con mi grupo de yoga: éramos 35 mujeres, todas más grandes que yo (¡la mayoría tenían más o menos la edad de mi mamá!). Él, de vacaciones con un amigo. Mientras los chicos hacían el check-in, yo esperaba que una compañera me salvara con sus gotitas de una irritación de ojos que me estaba matando, así que la primera vez que me senté frente a Guille estaba medio ciega y con los ojos en compota. Al otro día nos cruzamos en el desayunador y lo saludé con un "ahora sí te veo bien", pero él, re tímido, no me dio mucha bola.

Una noche lo invité a tomar algo con las chicas al muelle. Mi experiencia "mística" en el Caribe resultó el tema de conversación y nos charlamos todo. Nos pasamos los teléfonos ¡porque se lo pedí yo! y empezamos a escribirnos, pero ya no pudimos coincidir más durante toda la semana, yo arrancaba a las 7 de la mañana con mis meditaciones y mis prácticas diarias. Solo alcanzamos a despedirnos con un "chau" muy fugaz. Un mes y medio después de chatear a full, él desde Santa Fe y yo desde Misiones, organizamos vernos en Baires. A partir de ese momento, solo queríamos volver a encontrarnos y buscar nuevas fechas para achicar los 900 kilómetros que nos separaban.

En diciembre del año pasado se vino a vivir a Posadas. Cuando ya estábamos juntos, me confesó que todas las mañanas iba a desayunar a la zona del hotel que estaba más cerca de mi habitación para ver si nos encontrábamos. Lo más gracioso es que cuando decidí hacer ese viaje re entusiasmada, todas mis amigas de mi edad me cargaban porque mi planazo les parecía un bajón y juraban: "Así nunca vas a conocer a nadie". Pero soy una convencida de que el amor aparece cuando quizá menos lo estás buscando: no solo conocí a alguien, sino que hoy es mi mejor compañero yogui, todas las mañanas practicamos juntos y lo re disfrutamos.

EN UN COLECTIVO DE LARGA DISTANCIA

Inés Roca / @ine_roca .

Crédito: Ilustraciones de Ariel Escalante.

En las vacaciones de julio de 2013 me tomé un recreo de la carrera que estaba terminando de cursar en Córdoba para visitar a mi familia en Jujuy. Cuando me subí al colectivo, un grupo de amigas, que querían viajar todas juntas, nos preguntaron a otros pasajeros si podíamos cambiarles el asiento. Sin problema, varios aceptamos y, en esa movida, quedé sentada casualmente al lado de Piti. Mi primera impresión al sentarme junto a él fue: "Qué hermoso que es este flaco, ¡viva el cambio de asiento!".

Yo sentía que alguna vez ya lo había visto y luego, charlando, descubrimos que teníamos algunos amigos en común. Cuando arrancó el viaje y cruzamos las primeras palabras, me enteré de que él también estaba terminando Arquitectura. Era un viaje largo, así que fue inevitable dormirme profundamente, aunque me hubiera quedado charlando las 8 horas que duró el trayecto; me despertó su voz diciendo: "Inés, despertate, ya estamos en Jujuy". Me despedí de él muerta de vergüenza, toda despeinada y con cara de sueño. ¡Me quería matar!

Pasó un tiempo y yo, que no podía olvidarme de mi compañero de asiento, lo busqué por Facebook. Así empezamos a hablar y a prometernos salir a tomar una cerveza los días de calor, hasta que por fin concretamos y ¡fue amor a primera cita! Desde ese momento no nos separamos más, convivimos desde el primer día. Nos anotamos juntos para hacer la tesis de la carrera y, obvio, recibimos el título juntos. Hoy vivimos en Jujuy y somos papás de Lucio, de un año y cinco meses. Sigue siendo mi mejor compañero de viaje.

EN UN GRUPO DE WHATSAPP DE GOT

Georgi Mastrovito / @georgi1981.

Crédito: Ilustraciones de Ariel Escalante.

Sola con mi fanatismo y la cuarta temporada de Game of Thrones, ese 2014 decidí buscar con quién hablar de la serie. Así llegué a grupos de Facebook donde, apenas terminaba un capítulo, explotaban los comentarios. En un posteo apareció alguien invitando a un grupo de WhatsApp y dije: "Voy a ver de qué se trata, no pierdo nada...". Al principio había muchísima gente, entraban y salían miembros hasta que, después de un tiempo, quedamos los "fijos", la mayoría de Buenos Aires, algunos del interior y yo, de Mar del Plata. Una noche me cayó un mensaje privado de un chico que recién se había sumado para saber si conocía alguna cochera en Mardel, porque estaba por viajar a mi ciudad.

Gabriel llegó con amigos a pasar unos días en enero. Un día pasé a saludarlos y organizamos playa y salidas. A partir de ese viaje, las charlas entre nosotros siguieron hasta convertirse en la primera y última persona con la que me escribía. Empezamos algo a distancia y en marzo me invitó a Buenos Aires. Moría de ganas, pero había otro detalle: él tenía 19 y yo ¡catorce años más! Terapia de por medio, me lancé a vivir uno de los mejores findes de mi vida.

Durante un año y medio fuimos y vinimos; me enloquecía lo que pudieran decir de la edad y debo confesar que la distancia también hizo lo suyo. Mientras, la serie seguía siendo tema para nosotros: ¡era imposible evitar los comentarios estuviera como estuviera la relación! Cuando por fin él se instaló en Mardel, todo fluyó y unimos nuestras colecciones de figuras Funko Pops con los personajes de la serie. Vimos la última temporada de GOT todos juntos, con mi hijo y nuestros gemelos, Joaquín y Agustín, entre mamaderas y pañales.

EN UN UBER

Fiona York / @york.fiona

Crédito: Ilustraciones de Ariel Escalante.

Una noche de marzo del año pasado estaba con amigas en mi depto y no pensaba salir. En eso, aparecieron mensajes para vernos de un chico con el que habíamos intercambiado teléfonos unos días antes. Me daba mucha fiaca, pero al final activé y fui un rato. A la vuelta, me tomé un Uber de Caballito a Villa Crespo.

La verdad es que no vi bien al conductor, pero tuve una sensación y le saqué charla. Le pregunté por el movimiento de viajes de esa noche y al rato ya le hablaba de mis viajes como mochilera. Cuando llegamos a la puerta de casa, ya había terminado el viaje y había pagado, lo sentí muy fuerte: sabía que si me bajaba del auto, no iba a verlo nunca más. Así que, disimuladamente, hice tiempo buscando las llaves, bancando a ver si me decía algo, pero nada..., así que justo antes de abrir la puerta le di mi teléfono. Mis amigas todavía me esperaban en casa y querían saber cómo me había ido en la cita. ¡Yo ya ni me acordaba del otro! "No sé, chicas, ni idea, me gustó el del Uber". Obvio, mis amigas me preguntaron cómo era, pero ni siquiera lo había visto bien. Solo pude contarles que "tenía algo"; me enteré de qué color tenía los ojos y cómo venía de estatura un tiempo después.

Pasé toda la semana sin noticias de él hasta que por fin me escribió. Nos encontramos, estuvimos juntos dos horas y fue un flash, sentimos todo junto. Al otro día yo me iba un mes a Guatemala de vacaciones, así que nos volvimos a ver a mi regreso y recién ahí empezó nuestra historia oficial. Desde diciembre del año pasado, vivimos juntos. Él sigue manejando un Uber. Y yo solo espero que sus pasajeras no le dejen el teléfono como yo y que la historia no vuelva a repetirse.

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