Nuestro mundo

Guillermo Jaim Etcheverry
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20 de mayo de 2012  

Resulta muy difícil esbozar una caracterización de la sociedad actual que supere a la propuesta hace poco por el escritor español Vicente Verdú. En un párrafo singularmente breve, dice: "La imagen ha ganado mucho terreno a la imaginación. Como, de la misma manera, la emoción ha robado prestigio a la reflexión. En ambos casos la instantaneidad ha vencido al proceso y el suceso puro a su explicación."

Recurriendo a esas pocas palabras, Verdú no sólo describe de manera admirable lo que hoy acontece, sino que lo contrapone a los que han sido los valores en los que, hasta no hace tanto, se sustentaba nuestra sociedad. En efecto, hoy vivimos en la cultura de la imagen que apela a la emoción en un mundo instantáneo de sucesos puros. En cambio, se baten en retirada la imaginación, la reflexión, el proceso que supone un tiempo de desarrollo y el intento de explicar eso que acontece, es decir, de comprender.

Es más, los seres humanos aparentemente estamos abandonando el cultivo de esas cualidades que se desvanecen a pesar de que son las que nos constituyen como tales. Tampoco parecemos estar muy interesados en estimular su desarrollo en las nuevas generaciones. Despertar la imaginación, fuente innegable de la creatividad, no constituye una prioridad en la tarea de formar a los nuevos humanos. Si bien la lectura, uno de los más poderosos estímulos de la imaginación, no pareciera decrecer, se va limitando a textos simples, directos, que se basan en lo concreto sin buscar despertar la imaginación del lector.

La imagen omnipresente no es el medio apropiado para transmitir ideas complejas o conceptos elaborados sobre el mundo y las personas. La imagen proporciona, en cambio, un poderoso instrumento para manipular reacciones emocionales, como lo testimonian su impacto en la política y la eficacia de la publicidad. Por el contrario, la reflexión supone una introspección, una suerte de trabajo que emprendemos en nuestro interior para el que necesitamos herramientas y materiales, los conocimientos, para realizar una tarea que implica superar obstáculos intelectuales.

Hoy todo alimenta nuestra voracidad por lo inmediato, por vivir el momento presente. Gozamos de lo que hay, pero no estamos dispuestos a comprometernos en el esfuerzo que supone comprender los complejos procesos responsables de eso que hay. Hacerlo implica, además de ese esfuerzo, un tiempo que no estamos dispuestos a invertir en la ardua tarea de comprensión. Consumidores más que creadores, nos aferramos al instante que se nos presenta, sin pensar ni en cómo se llegó a ese momento ni qué sucederá después. Vivimos en el puro presente que la realidad nos ofrece, además, con una diversidad y a una velocidad nunca experimentada por la especie humana.

Al movernos entre sucesos puros, despreocupados por su posible explicación, nos deslizamos por la superficie de una realidad fragmentaria o, mejor aún, de sus imágenes. Atraídos por lo instantáneo, no tenemos tiempo de detenernos a reflexionar sobre su sentido. Porque, en última instancia, la explicación de lo que sucede es un intento, muchas veces vano, de develar ese sentido.

Estas reflexiones, surgidas del inspirado párrafo inicial de Verdú, encuentran una esperanzada conclusión también en sus palabras. Se pregunta: "Este es el mundo de hoy. El mundo que ha ido formando la cultura del consumo sustituyendo a la cultura del ahorro y la inversión cabal. ¿Bueno? ¿Malo? ¿Regular? La pregunta resulta impertinente porque aceptando que la sociedad es un organismo vivo y evoluciona mediante metamorfosis, ¿qué será mejor, el capullo o la mariposa, el gusano de seda o su crisálida primordial?"

Es indudable que somos testigos y protagonistas privilegiados de una metamorfosis profunda y apasionante, de una mutación, como diría Alessandro Baricco, que tendrá consecuencias hoy inimaginables sobre la manera de ser humanos.

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