Número 21 - Diciembre 2009

Felicitas Rossi, Directora Editorial de OHLALÁ!, reflexiona sobre la relación entre el alcohol y la diversión. Leé el editorial y dejá tu opinión.
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16 de diciembre de 2009  • 12:57

Yo brindo con agua. No creo en eso que se dice, que da mala suerte. La primera vez que brindé con agua fue a los 18 años, era una Navidad en una comunidad de recuperación para adictos. Yo estaba allí por mi hermano mayor, que estaba internado desde hacía casi un año. Fue una de las Navidades más lindas de mi vida. Familias de todos los niveles socioeconómicos, noche al aire libre, jardín con más barro que pasto, mesas largas con manteles cuadrillé de plástico, comida compartida... todo muy onda kermesse.

Ahora, varios años después, se me dio por repasar mis Navidades y descubrí que quedó tan marcada en mi memoria no solamente porque era un lugar atípico, sino porque no hubo excesos. No había alcohol, ni regalos ostentosos, ni brillos exagerados. Y la pasamos bárbaro. Fue una noche simple, liviana, vivencial, amorosa.

La podemos pasar increíble con poco –o nada– de alcohol en sangre. Me gustaría derribar el "sin alcohol no hay diversión". No digo de armar una campaña cero alcohol (como sí me gustaría hacerlo con el tabaco).Tomemos, pero con moderación. No caigamos en el "si no tomo algo, no me divierto". Digo: ¿adónde llegamos, que si no tomamos, no nos reímos?

He estado en reuniones en que una persona se mata de risa y la pregunta del resto es: "¿Y éste qué tomó?" o "¿Está borracho?". Como si estuviera legitimado que para divertirse hay que "tomar algo".

Cuando hice el curso de respiración de El Arte de Vivir, al lado de Bea Goyoaga, la instructora, había una voluntaria que siempre se reía. Primero me molestaba que estuviese todo el tiempo con una sonrisa en la cara. Hasta llegué a preguntarme: "¿De qué se ríe esta tarada?". Minutos después de tener este pensamiento, Bea, al contar los beneficios de la respiración –y la desintoxicación que ésta provoca–, señaló a la voluntaria y dijo: "Ven, ella respira todos los días, si ustedes quieren tener la misma cara, sólo tienen que respirar". Me vino a la cabeza una frase que adoro: "El que conoce la verdad sonríe".

Necesitamos alcohol para reírnos, también para hablar, desinhibirnos, llorar, animarnos... ¡Uff! La lista pareciera ser extensa. ¿Qué podemos hacer para volver a reírnos como cuando éramos chiquitas? ¿Qué tiene que pasar en nuestra vida para que un huracán de risa nos sacuda? ¿Qué pasaría si todas nos propusiéramos recuperar la capacidad de asombro y volver a estallar en carcajadas?

Mi hermano se recuperó hace veinte años, es psicólogo y desde entonces se dedica a recuperar chicos metidos en las drogas. Brinda con agua. Se ríe. Y mucho.

Cariños,

Felicitas Rossi, Directora Editorial

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