Ojos bien abiertos

Maras en Guatemala, terreno en haití, guerras en Medio Oriente. Rodrigo Abd, argentino, Premio Pulitzer: un empecinado por entender la lucha del ser humano
Emilse Pizarro
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27 de octubre de 2013  

Los soldados rebeldes abandonaron los fusiles: no podían pelear más. Decían que todos iban a morir. Entre llantos y lluvia de tiros, él se metió en el agujero sin saber si del otro lado lo esperaba la muerte o un mate más. En la oscuridad iba tocando el pie del de adelante para asegurarse de que había alguien, que en ese negro absoluto, en un túnel de dimensiones que sólo permitían reptar, aún estaba junto a los hombres que escaparon con él de Idlib y que fueron lo último que vio. El ejército de Al-Assad estaba a punto de tomar la ciudad siria y el fotógrafo Rodrigo Abd –que ignoraba que por esa cobertura ganaría un premio Pulitzer– se metía para que la tripa de tierra lo tragara con poco: equipo fotográfico, cuatro hombres y el terror en el cuerpo.

Desde 1971, la familia Al-Assad tiene el poder en Siria. Desde 2000 el que se sienta en el sillón es Bashar. En 2011 unas pintadas revolucionarias en una escuela en la ciudad de Deraa terminaron con la detención y tortura de adolescentes; la primavera árabe ya se vivía en la región y eso alentó la rebelión siria. Comenzaron las protestas del pueblo en varias ciudades en repudio al régimen del presidente; reclamaban una reforma democrática. Pero lo que llegó fue bien distinto: represión en las marchas y más muerte. A Bashar no lo frenaba nada: sus fuerzas de seguridad dispararon en los funerales de los muertos de las protestas.

El principal grupo de oposición armado es el Ejército Libre Sirio, desertores de las fuerzas armadas. Pero los civiles también se armaron y organizaron grupos rebeldes. La guerra, al día de hoy, ya tiene 100 mil muertos y más de dos millones de refugiados: casi la mitad son chicos –en Siria más del 40% de la población tiene menos de 15 años–. Escapan al Líbano, Jordania, Irak, norte de África y Turquía: ahí llegó Abd para seguir tomando mate.

-Confiaste y te metiste en un túnel que, decían, te sacaría de la ciudad sitiada. ¿Es instinto?

-Aunque tuve la suerte de estar con Ahmed Bahaddou, un camarógrafo que hablaba árabe, ahí no me quedaba más que confiar en la gente del lugar. Nosotros no estábamos con un ejército regular. Dependíamos de ellos. Desde el primer momento del viaje, en el que cruzamos ilegalmente a Siria con un tractor, con unos contrabandistas, hasta cuando salimos con otro tractor por el mismo lugar. Confiábamos en que nos querían ayudar porque querían que la prensa internacional viera lo que el ejército de Al-Assad estaba haciendo.

Antes de meterse cruzó por un campo de olivos hasta un árbol donde debían esperar una señal. Un chistido. De estar cerrado, debería correr 30 metros por la línea que disparaba el tanque. En cuclillas, bajo el árbol, Rodrigo esperó junto a Ahmed.

–Una vida. Deben de haber sido minutos, pero para mí pasó una vida. Ahí sí me planteé qué estaba haciendo. En muchos lugares sentí miedo. Pero ahí, terror.

¡Chist!

Rodrigo, Ahmed y un falso periodista de Al Jazeera –era del ejército rebelde– corrieron al túnel por el que gatearon con tres granadas que podrían haberlos convertido en caracoles secos. Pero de eso se enteraría al salir, cuando el falso reportero se lo contara. Las llevaba en el pecho, casi apoyado contra el piso.

-¿Te reprochás algo?

-De toda la salida del túnel no tengo fotos. Ni una hice. No me lo reproché. Salió bien.

Como en el verano de 2003. Estaba en Pinamar, cubriendo la temporada para la nacion. Del otro lado de la línea, desde Nueva York, la editora de fotografía de The Associated Press (AP) le decía que en Guatemala había un lugar para él. De este lado, él, en ojotas, decía que bueno. Ahí vivió durante diez años en los que fotografió la posguerra. Cubrió la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, Goni, en Bolivia, en 2003, y las revueltas y el terremoto en Haití. La vida y muerte de Hugo Chávez en Venezuela, el golpe de Estado en Honduras en 2009 y la revolución libia, en 2011.

-¿Cómo es la vida durante tanto coqueteo con la muerte?

-No hago esto por buscar la muerte. Me interesa entender la condición humana. Eso puede verse en una escena del crimen en Guatemala o en la guerra en Siria o con soldados estadounidenses tratando de crear una democracia en Afganistán. Si eso trae peleas que terminan en la muerte, es otra cosa. No me interesa la muerte por la muerte en sí, sino entender los procesos que llevan a esos lugares tan terminales. La lucha del ser humano por ideales y su búsqueda y esa muerte, producto de proyectos políticos truncados.

Más temprano que tarde. Así tituló el último correo que mandó a la familia antes de escapar de Siria. Para Lorena Pahor, su mujer, argentina, periodista, "de ese mail pasaron casi 24 horas sin saber de él. Tal vez fue menos, pero se sintió largo". Esa vez ni la estrategia de siempre sirvió: cuando no se comunica, el silencio en casa se llena con la web de AP: "Si no tengo novedades, entro, y si están sus fotos del día, me quedo tranquila".

Pero entonces no hubo material fresco de Rodrigo por un tiempo. Él no podía conectarse porque el gobierno rastreaba los teléfonos satelitales de los activistas y de la prensa extranjera que acompañaba a los rebeldes. Usarlo era ponerse un GPS, como decir bomba, aquí. Desde que comenzó el conflicto en Siria, en 2011, murieron 25 periodistas.

Aunque Lorena ya había vivido lejos de Rodrigo –ella en espera, él en acción– una vez quisieron cambiarlo: se casaron para poder estar juntos en Afganistán, porque él era soltero en los papeles y sólo viajaban casados. Para cuando ya eran marido y mujer la agencia dijo que no porque la cosa se había puesto más pesada que antes. Que siempre. Afganistán es pura montaña y no tiene salida al mar, pero es codiciada: está entre el Medio Oriente, Asia Central y la India, a lo largo de la Ruta de la Seda. A los ojos modernos, occidentales y por TV, siempre con edificios mordidos por bombas, entre polvo y con hombres apuntando al cielo y escupiendo el ruido ensordecedor de la muerte en loop. Desde 2001 está intervenido por Estados Unidos y una coalición internacional; los talibanes refugiaron a Osama y Al Qaeda –responsabilizados por el 11-S–. Rodrigo fue tres veces y, casado, estuvo allí todo un año.

"Nos llamaba por Skype. En la cabeza tenía esa luz que usan los mineros. Estaba en una carpa con los marines: Acá, bajando fotos, quédense tranquilos, estoy bien." La que habla es Cristina, la mamá, en un departamento del barrio de Belgrano donde guarda los trabajos de Rodrigo, recibe los premios y dice que es imposible pararlo. La que habla es quien le compra la ropa a un fotógrafo de guerra.

–Se la compro yo, con la autorización de Lore. Es un zaparrastroso –dice Cristina, y ríe—. Yo ya sé cómo es, él quiere pasar inadvertido: azul, negro, gris, marrón.

En los bolsillos de un pantalón beige guardó mamules, masitas típicas árabes que le daban las familias sirias. La comida y las narices en gancho apretadas por ojos verdes lo hacían sentir cerca: Rodrigo tiene una cara de árabe que se cae, es descendiente de sirios. Y esas caras eran sus tíos, su viejo. Al túnel entró con aquel pantalón, un buzo polar y kufiyya –el pañuelo típico de Medio Oriente– rojo y blanco. Y el equipo de mate: descartó la bolsa de dormir, pero no el mate. Desde Nueva York contesta un mail y cuenta que tiene puesto ese mismo pantalón. Porque sí: "¡Soy una rata inmunda! Pobre, mi vieja, siempre quiso que me vistiera bien", bromea Rodrigo, que hoy cumple 37 años.

Santiago Carpaneto lo conoce desde los 7. Hoy es piloto de un Boeing, lo que a Rodrigo, Rocky para los amigos, le parece peligroso: ¡Esos aparatos se pueden caer! Pero antes mochilearon por América del Sur juntos. Hacían una vaquita, para comprar los rollos y pagar el revelado. Brian Malfatti, otro amigo, recuerda que la idea siempre era hacer el viaje más largo, buscando lugares no comunes. Rocky era el fotógrafo oficial y el puente con la gente: se acercaba a preguntarles de todo. También los hizo entrar al Estadio Hernando Siles, en Bolivia, haciéndolos pasar por periodistas argentinos.

Para las fotos de Francisca Ranquec estuvo un mes yendo a verla; durmió en el suelo, a su lado. Francisca es partera rural en Guatemala, uno de lo países latinoamericanos en donde más mamás mueren en el parto.

Después de muchas noches, mucho, mucho después, fotografió un nacimiento.

Mucho, mucho antes, y aun siendo estudiante de fotografía, hizo los túneles en los subtes porteños. Como no le daban el permiso, se hizo amigo de los muchachos de Mantenimiento, que lo escondían de los supervisores. Hernán Zenteno, fotógrafo y amigo, dice que su estilo es "volver, volver y volver. Llega un punto en el que la gente se olvida de que él no es de ahí. Y él espera: tiene una paciencia infinita".

–Laburar con tiempo es clave. En el subte o en las maras. La gente tiene empatía cuando comprende que querés entender lo que están haciendo y que los respetás. Yo quería saber quiénes son, entender por qué hacen lo que hacen para poder reflejarlo en imágenes. Y eso no fue de un día para el otro. [A Guatemala, para conocer las maras, como se conocen allí a las pandillas.] Llegué sin cámara, me senté, hablé. Para poder hacer fotos tuve decenas de encuentros. Son pibes muy jóvenes, muchos cometieron homicidios antes de los 15 años.

-¿Por qué es más fácil fotografiar a los vulnerables?

-La gente más humilde tiene menos que ocultar y te abre las puertas de su casa más rápido. Por eso muchos fotógrafos nos sentimos más cómodos invadiendo esos espacios. En una casa de un country hay más filtros. Hay otra cosa: nos acercamos a esos problemas porque es más importante contar estas historias. Yo quiero contar historias que se cuentan poco. Las pandillas, los marginados. O los que trabajan en el subte de noche.

-En muchas no hay salida, esperanza.

-Es que yo no sé si nuestra labor es dar esperanza. Nosotros tenemos que contar historias olvidadas, para que la gente tome conciencia de lo que pasa.

Guatemala le dio mucho. Le dio, también, el primer muerto y el olor. Había una lluvia tropical, esa de baldazos. Los policías arrastraban un cuerpo para dejarlo caer como una funda de piel pesada en la parte de atrás de una camioneta. En el camino, la cabeza se deshacía en el asfalto y marcaba el último recorrido con sangre. Y ese olor no se lo olvida más.

-¿Pensaste que te habías equivocado de trabajo?

Guatemala es un país donde pasan muchas cosas y todas están a flor de piel, son brutales y están a la vuelta de tu casa. Para mí fue una confirmación: lo que yo quería hacer era eso.

-¿Qué cosa hubieses preferido no ver?

Creo que tuve suerte. No estuve en momentos donde podía haber sido jodido. En Haití, en una batalla campal, era el único hombre blanco intentando cubrir una revuelta en contra del gobierno de Aristide. Arrastraban a los policías con sogas. Estaba mandando fotos. Me dijeron algo del hospital, porque ahí estaban los policías heridos y no sé qué más. Yo estaba muy confundido por la excitación del momento, por el miedo. Corrí a transmitir una foto. A la hora volví al hospital: habían sacado a los policías de sus camas y los habían asesinado con piedras. Vi cuando apedreaban los cuerpos, ya muertos. De haber llegado antes habría sido testigo de cuando los arrastraron desde las camas. Eso me enseñó que siempre tengo que escuchar lo que dice la gente local.

-¿Nunca asesinaron a alguien delante tuyo?

No. Bueno, tal vez sí. Una madrugada, en Kandahar [Afganistán]. Estaba en una operación militar estadounidense. Salimos de noche y con la primera luz del día, según los soldados, había un talibán dando vueltas. Dispararon y lo mataron. No sé si eso es un asesinato o un acto de guerra. Cuando volvimos a la aldea la gente estaba llorando. No le habían encontrado ningún arma a ese talibán. Así es un lugar de guerra, bastante confuso.

-¿Preguntás?

Observo, pregunto. De un lado dicen que es un talibán; del otro, un campesino. Y no hay mucho más. Imaginate que en una aldea perdida, en Kandahar…, ahí queda todo.

-Y en tu cabeza...

Sí. Yo pensé muchas veces si vale la pena hacer esto. Y la respuesta es que sí. Es importante informar, no sólo para nutrir a los periódicos, sino porque son documentos históricos. En 30 años, gracias a las imágenes de los fotógrafos, la gente sabrá desde qué fue el menemismo hasta qué ocurrió en Siria durante la guerra civil. Como reporteros gráficos somos responsables de esa memoria visual. Si bien hay momentos dolorosos, hay que seguir haciéndolo.

-¿Creés en el destino?

Totalmente. Claro que si cubro guerras durante 20 años me estoy exponiendo demasiado. Pero la tengo clara: cuando te toca, te toca. ¿Por qué uno de las maras termina asesinado, colgado de un puente, y otro ahora vive en Estados Unidos gracias a una ONG que lo llevó, y es pastor en una iglesia? Eran hermanos. Uno terminó asesinado y otro en Houston. Musadek, el fotógrafo afgano con el que estuve, era musulmán y me quería convertir. Teníamos discusiones muy serias. Decía que la vida de uno está escrita en el Corán. Me parece muy atinado: creo que uno está predestinado.

Cada tanto se queja por las historias que quiso contar y no llegó. Entonces un amigo lo calma, porque "el mundo es una máquina de hacer cagadas, así que seguro habrá otra".

A ese mundo alguien le gritará dentro de poco.

–En diciembre vamos a tener una hija. No sé cómo me pegará. No me gustaría dejar de hacer lo que hago. Quiero poder contarle lo que sé del mundo. Ser un padre que tenga algo para decir, que haya vivido la vida y su profesión con intensidad.

-¿Qué pensás de traer a tu hija a esa máquina de hacer cagadas ?

-Que también es un mundo maravilloso.

La hija de Rodrigo y Lorena nacerá en Buenos Aires. Se llamará Victoria.

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