Ornamentos eminentes

Hacer alarde de alhajas, o el desinterés militante hacia el ideal de uniformidad
Javier Arroyuelo
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26 de julio de 2015  

Si son joyas, hay que hacerlas ver. Y cuantas más haya y más variadas, cuanto más audaz sea el mix y más heteróclitas las piezas, más deslumbrante será el efecto del conjunto no sólo sobre quien lo aprecia, sino también sobre quien lo lleva. La abundancia ornamental es placer compartido, inmediato y de alto vuelo. Y es placer para todos, incluidos los niños pequeños, que ante una mujer enjoyada con énfasis (del que fui testigo) creen estar ante el hada de la fábula, la heroína del cuento, la novia del pirata.

Fascinante sin discusión, la mujer que hace un real alarde de alhajas explicita su desinterés militante hacia el ideal de uniformidad sobre el que se funda el pacto estético burgués, todo sobriedad y sentido de la medida, al que ella opone su inventiva, su gusto del barroco y, last but not least, su sentido del humor.

Marginales, excéntricas o elitistas, figuras de las artes o de la moda y personajes de la vida, las secuaces del culto de la opulencia ornamental, como Louise Nevelson y Björk, como Nancy Cunard y Loulou de la Falaise, todas emancipadas de los códigos del comme il faut, aman y se entregan a un entero arsenal de artificios mixtos, cascadas de collares, lo precioso y lo falso, pendientes poderosos, cristales y maderas, ámbar, gemas y corales, pilas de brazaletes, conglomerados de anillos, constelaciones de broches, piedras, vidrios, perlas, metales, textiles, plásticos y baquelitas, extraídos a manos llenas de cofres, cajones, canastos rebosantes de piezas de infintas procedencias (grandes firmas, mercados de anticuarios, ferias artesanales, Marchés aux Puces, galerías de arte, o también de la red, donde estas saqueadoras descubren verdaderos yacimientos virtuales de tesoros inesperados).

Pasan entonces a engalanarse con gran generosidad aunque en perfecto estado de autocontrol. El arte del more is more no es ningún desenchufe. Bien al contrario, lo enmarcan límites precisos. Una pizca apenas de más y c'est la catastrophe. El ritual exige de sus celebrantes una mirada educada, una gran disciplina estética y una complicidad genuina con la mujer que ven en el espejo, cuya mirada, al fin y al cabo, es de lejos la que más cuenta –sino la única–. Estas mujeres originales, de caracteres fuertes y espíritus libres, protagonizan una performance irrepetible cuyos espectadores son todos los que la cruzan, incluso un instante.

Una mayoría de culturas han representado a sus divinidades cargadas de ornamentos eminentes. La mujer que elige la copiosidad visual no puede ignorar que así se transforma en una figura insólita y un tanto remota. Que su teatralidad fascina pero intimida, atrae pero establece una distancia. En la mirada del otro, ella es, literalmente, un ícono. Y es entonces que su sentido del humor se le hace imprescindible. Estupenda, sí, siempre; estúpida, nunca. Sospecho que las maestras de la profusión decorativa, más allá del impulso creativo que las lleva a dar una imagen de sí mismas atemporal y memorable, retiran también, en lo inmediato, un placer muy personal.

Es sabido que el contacto de las piedras, de las joyas en general, produce misteriosos efectos bienhechores sobre nuestro estado de ánimo. Con sus pesos y densidades, volúmenes y sonidos, las sensaciones que presentan al tacto, sus colores y sus reflejos lisonjeros, en contacto con la piel, el cuerpo, los adornos queridos transmiten su sustancial belleza al cuerpo que sabe llevarlos y le otorgan una cuota secreta de sensualidad. Así de lejos alcanza a llevar la fantasía que, cuando todo está dicho y hecho, es el lujo supremo.

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