Panzas reales y virtuales

Leo Ferri
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12 de noviembre de 2014  • 09:39

Durante el embarazo el mundo sigue girando igual que siempre. Parece algo evidente y que no necesita ser puesto de manifiesto, pero créanme que es necesario decirlo. Varias veces tuve la fantasía de tener que ocuparme sólo de mi mujer, de preparar la habitación de Benjamín, de comprar las cosas que faltaran y (como buen obsesivo) de trabajar en tener todo listo para la llegada del gran momento. Nada de eso sucedió. Mientras la panza crecía, sufrí problemas edilicios, tuve a mi suegra internada, un trabajo se superpuso con otro, e incluso uno de mis empleos (porque sí, buena parte de los periodistas tenemos varios trabajos) se esfumó. Agreguen hormonas y cansancio, y tendrán una bomba lista para explotar en cualquier momento. ¿Cómo se llaman esos días que no son felices, ni tranquilos ni disfrutables? Yo suelo decirles días de mierda.

¿Les pasó alguna vez de estar discutiendo y llegar a un punto de desentendimiento absoluto y no saber por qué empezó todo? Las peleas no fueron muchas ni graves, pero sí suficientes, y lo que no supe hasta ese momento fue que alguien sería fundamental para actuar como mediadora en esos días en lo que todo es horrible. Mientras que algunas parejas eligen recurrir a un profesional especialista en problemas de pareja, nosotros tuvimos a alguien que nos observó durante nuestros casi diez años de relación, casi sin que lo supiéramos. Invisible.

Sol nació el 25 de diciembre de 2004, hija de un encuentro interracial entre un papá ovejero alemán y una mamá siberiana, unos pocos días antes de que Naty y yo negociemos el acuerdo que nos convertiría en novios más o menos formales. Sol es una mestiza que sacó lo mejor de ambas razas: es ágil, fuerte, tiene buen carácter y es una compañera muy tranquila y sociable. Incluso hoy, con el bebé ya en casa, suele ser la testigo permanente de cada una de nuestras actividades. Por eso, cuando decidimos mudarnos a una casa, también consideramos una buena idea repatriarla de su exilio en el patio materno, que duró los 6 años en que vivimos en un departamento. Y fue, quizás, una de las mejores decisiones que tomamos en todo este tiempo.

Ante una discusión, Sol se las arreglaba para meterse en el medio, ahí donde el aire se cortaba y cualquier ser racional intentaría escapar. También en esos días en los que yo no sabía cómo actuar ante alguna preocupación de ella, la perra -con la impunidad propia de todo animal- buscaba algo para jugar, una caricia para robar; y Naty sonreía, y yo sonreía, y ambos nos sorprendíamos de cómo un animal puede entender tan bien todo. Tan simple y tan difícil a la vez, pero ella lo conseguía. Pude ver como la conexión entre ellas fue creciendo, al punto de que no sólo tuve que acompañar un embarazo real, sino tambien uno virtual. ¿Escucharon hablar del embarazo psicológico? "La pseudogestación es un problema bastante frecuente entre las hembras, y es muy probable que se haya mimetizado con su dueña", me explicaron en la veterinaria, sorprendidos porque nunca le había pasado hasta este momento. La medicación que se da en esos casos sólo dio una solución temporaria, porque a las pocas semanas Sol volvió a tener los mismos síntomas: inquieta, enterraba cosas y se mostraba más cariñosa que lo habitual, también con el peluche que había adoptado como cachorro.

Entre todas esas cosas que quería dejar listas antes de la fecha de parto, estaba programar la castración, que no sólo aportaría la solución definitiva, sino que también sería la prevención ideal para posibles problemas que llegan con la edad. Una semana antes de la llegada de Benjamín me fui de la veterinaria con Sol en brazos, dormida por la anestesia, y con Naty nos quedamos hasta que despertó, perdida. Con Naty la cuidamos durante los días siguientes, que no fueron tan fáciles como pensábamos, casi como un ensayo de lo que estaba por venir. Sol fue la primera en conocer a Ben al llegar: lo identificó con su olfato, y lo dejó dormir. Cada tanto pasa, lo mira y lo vuelve a oler. Y cuando el nene llora, Sol también llora; pero se queda firme ahí, acompañando desde su rincón de la casa, el rincón que se supo ganar.

Por: Leo Ferri

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