Parientes queridos

Guillermo Jaim Etcheverry
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28 de diciembre de 2003  

Cada vez que tengo oportunidad de viajar, me propongo visitar a los parientes queridos que he ido localizando en distintas ciudades. ¿Recuperados familiares paternos o maternos? No, simplemente seres humanos a quienes nunca conocí, que son sólo ilusiones, producto de las miradas de otros. Tal vez lo que busque al contemplar los retratos de ésos, mis parientes anónimos que cuelgan de los muros de los museos, sea precisamente enfrentarme con sus miradas inquisidoras, establecer el intenso diálogo silencioso al que me invitan. Así, en Nueva York, experimento una especial fascinación por los autorretratos de Rembrandt del Metropolitan Museum. No dejo de visitar a su Nicolaes Ruts, que ha quedado fijado en la tela en 1631 y que se exhibe en la Frick Collection. También sé que el desconocido, pero inolvidable joven con un gorro rojo que Ticiano pintó en 1516, me sigue esperando allí, en el sitio habitual, con una paciencia de siglos.

Siempre sentí curiosidad por esa atracción hacia los retratos, hacia esas interpretaciones de la presencia humana que trascienden mucho la profundidad que logra la imagen fotográfica. Poco tiempo atrás, leyendo Crímenes imperceptibles, la novela recién premiada de Guillermo Martínez, me topé con una frase que me puso sobre la pista de la explicación. El protagonista recuerda que alguna vez escuchó decir a un pintor que hay siempre menos realidad en una foto que la que puede capturar una pintura.

Y encontré la clave de esa realidad que adquieren las presencias pintadas en un texto de Robert Nozick, quien la vincula con la dimensión del tiempo. Fotografía y pintura encarnan diferentes cantidades de tiempo, dice. Mientras que la fotografía es el resultado de un instante, la pintura resulta del paciente descubrimiento de rasgos, emociones y pensamientos que el artista va desentrañando y registrando con el transcurrir del tiempo y bajo circunstancias y luces cambiantes. Señala Nozick: "Combinando diversos atisbos de la persona, escogiendo tal aspecto, una tensión de los músculos, un destello de luz, una profundización de las arrugas, el pintor entrelaza esas porciones de superficie, nunca antes exhibidas simultáneamente, para producir un retrato más pleno y más profundo". Con la pintura, que es el resultado de la aplicación del tiempo sobre la superficie de la tela, se avanza más allá de la apariencia de lo visible y, por eso, esas inmóviles presencias pintadas logran habitarnos con tanta intensidad.

Esta manera de ver a las personas también está relacionada con el modo en que recordamos a quienes hemos conocido. Cuando evocamos a alguien, lo hacemos componiendo en nuestro interior una imagen que nunca existió en la realidad y que resulta de superponer los distintos momentos en que hemos observado a esa persona. Esa complejidad, ese tiempo que el artista, asistido por su técnica, logra concentrar en una imagen estática, descubre lo que hay por debajo de la superficie y es lo que define a la pintura. Esas figuras, que son tiempo materializado, atraen nuestra mirada, la alimentan y se alimentan de ella.

Miramos a los retratados, pero advertimos que también ellos nos miran. Los interrogamos, pero nos sentimos interrogados. Es así como esos milagrosos retratos, hechos de materia y de tiempo, nos ayudan a descubrir rasgos de nuestra esencia. Son los parientes queridos que, en cada visita, enriquecen nuestra propia identidad.

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