Partir sin saber

Guillermo Jaim Etcheverry
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27 de abril de 2008  

Hace algún tiempo, contemplando los objetos que me rodean me sorprendí al comprobar cuántos de ellos no habían llegado a conocer a algunos seres queridos, ausentes desde no hace mucho tiempo. Esa reflexión me condujo a advertir las enormes diferencias que habrían encontrado no sólo en su entorno, sino entre el mundo en el que vivieron y el actual. Se sorprenderían por la aparición de políticos sobre cuya existencia poco conocían. Se preguntarían qué se dicen de tanta importancia, y que antes no se decían, las personas que hablan por teléfono mientras caminan o conducen sus autos. No podrían dar crédito a sus sentidos al mirar los programas más exitosos de la televisión, ya que casi no comprenderían el lenguaje que utilizan. Y así podría continuar la enumeración de experiencias que no vivieron, de realidades de hoy que ignoraron y que ni siquiera imaginaron.

Mientras sobre esto reflexionaba, llegó a mis manos un texto de Javier Marías en el que expone ideas similares. Recordando a un escritor amigo desaparecido, señala la dificultad que siempre existe en “imaginarse a las personas con la edad que no llegaron a alcanzar; todas quedan fijadas en la de su terminación. Pero no es sólo la edad, y quizás una de las razones por las que hoy tenemos menos presentes a los muertos, o convivimos menos con ellos que en cualquier otra época conocida, es por la aceleración del tiempo, o por la sensación de que todo se aleja pronto”. Esa velocidad vertiginosa que hoy caracteriza a nuestras vidas hace que nos parezcan muy lejanos acontecimientos que, en realidad, no lo son. Eso nos impulsa, como dice Marías, “a relegar más de la cuenta a los que ya no están. El mundo cambia a tal velocidad que cualquiera que de él se apee es convertido en pasado con más celeridad que nunca; quiero decir, en pasado remoto”. Por eso, son cada vez menos las vivencias que compartimos con los ausentes, con quienes, aunque eran nuestros contemporáneos, parecen haber dejado de serlo. ¡Es que desde que se fueron, casi ayer, ha sucedido tanto!

Estas reflexiones del escritor español son el eco de una honda reflexión sobre el proceso de las nostalgias, imposible de reproducir aquí, incluida en su novela Veneno y sombra y adiós, con la que cierra su trilogía Tu rostro mañana. Dice en un párrafo: “A nuestro muerto más querido no podemos evitar mirarlo un poco de arriba abajo, más al cabo del más tiempo que va haciéndolo más caduco, no sólo con pena sino con lástima, sabedores de que no se ha enterado –oh, fue un iluso– de cuanto sucedió tras su marcha, mientras que nosotros sí estamos al tanto… no vio ni oyó nada. Murió en el engaño, como todo el mundo, sin saber nunca lo bastante”.

En realidad, mirando en derredor tomamos conciencia de todo lo que en el futuro no veremos en un mundo que seguirá cambiando cada vez más rápido. Participamos en un relato cuyo desarrollo quedará irremediablemente trunco para nosotros y cuyo final tampoco conoceremos. Pero eso ya lo dijo magistralmente Borges en el párrafo con que se abre El Aleph: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.

Al igual que nuestros seres queridos, también moriremos en el engaño, sin saber lo bastante. En cada momento comprobamos que en el minuto anterior no sabíamos lo que habría de suceder. Ese es el misterio y la condena de nuestro destino de visitantes furtivos de este “incesante y vasto universo” que cambia a un ritmo cada vez más acelerado. En esencia, la justificación de vivir tal vez sea contribuir con esperanzada resignación a un devenir cuyo sentido nos es por completo incierto.

El autor es educador y ensayista

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