Paseadores y una nueva legislación

Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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15 de diciembre de 2001  

En los cajones de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durmió el sueño de los justos la ley que reglamentaba la actividad de los paseadores de perros. También establecía su responsabilidad en la recolección de los excrementos que los animales esparcen cuando y como pueden.

La demora obligó a que Aníbal Ibarra firmara un decreto. En él se establece que los paseadores deben inscribirse en un registro oficial. Además, se estipulan cuáles son sus obligaciones.

Según estudios de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires y del Instituto Pasteur, medio millón de perros vive en la Capital y algo más de la mitad depone en lugares públicos. Más de 40 toneladas de materia fecal quedan diariamente en las veredas y plazas. Esto equivale a unos 10 camiones completos de recolección de residuos por jornada. Semejante cifra se obtiene teniendo en cuenta que un perro de tamaño mediano depone por día unos 200 gramos.

Desde esta columna, varias veces se ha criticado la actividad de los paseadores de perros. Creemos que son un producto claro de la abulia o, en el mejor de los casos, de la imposibilidad de sus dueños de ejercer la tenencia responsable de un animal.

Pero el problema tiene un costado más grave: la transmisión de enfermedades. Según un estudio realizado por veterinarios de la UBA en 14 plazas, en casi el 80% de los espacios analizados se encontraron huevos o larvas de un parásito denominado toxocara. Este infecta principalmente a niños de entre 18 meses y 3 años, a quienes produce lesiones en órganos. ¿Por qué especialmente a los chicos? Porque son los que más próximos al suelo se encuentran.

Por eso Ibarra dispuso que, en primer lugar, los paseadores no deben llevar consigo más de ocho perros. Además, tienen que levantar los desperdicios que éstos producen.

El decreto, quizá con un exceso de perfeccionismo, considera que debe inscribirse en el registro todo aquel que pasee tres o más canes. El peligro reside en la multitud de animales que lleva cada paseador y también en la falta de conciencia de sus dueños por no consultar a un veterinario para desparasitarlos regularmente.

Medidas anteriores no dieron resultado; esta vez, ¿lo lograrán?

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