Pedalear en el paraíso hasta que el cuerpo resista

Sin entrenamiento previo, una cronista se embarca en una carrera de mountain bike de 110 km a través de los lagos del Sur
Loreley Gaffoglio
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30 de noviembre de 2013  

Hay veces en que uno peca por exceso de fe en sí mismo. Este es el caso, me digo, mientras recorro en auto, perpleja y en pánico, el primer tramo de la ruta 40, en la salida de Villa La Angostura (VLA). Vine aquí a reconocer el terreno que en 48 horas recorreré como novata participante de La Unión 7 Lagos: una carrera de mountain bike de 110 km por paisajes abrumadores que serpentean por la cordillera y unen VLA con San Martín de los Andes (SMA).

Es una ruta escénica, con pronunciadas subidas, bajadas, curvas y contra curvas a 90°, llanos de asfalto, 25 km de ripio, baches y barro. Del Nahuel Huapi al Lacar, el trayecto atraviesa la postal cambiante de dos parques nacionales. El botón de muestra me deja estupefacta. ¿Qué ego por demás inflamado me indujo a semejante desatino? Sólo 20 km de estas cuestas para que el "vehículo escoba", el que cierra la carrera, barra con mis restos.

Aclaremos que estamos a tiempo: soy ciclista urbana, de planicies y cortas distancias. Jamás pedaleé en la montaña. Nunca participé en una carrera. Tengo reducida mi capacidad pulmonar por el asma. Sobrellevo el peor estado físico que recuerde. ¿Hay salida de emergencia para los desertores?

La naturaleza, sin embargo, me llama. Como un imán, me invita a una interacción más íntima. Cuando mirar la belleza ya no alcanza, uno busca sentirse parte. Transpirar el paisaje por los poros, el cuerpo, el alma. Mañana agarro mi Trek y tanteo hasta dónde puedo llegar, me ordeno. Si alcanzo la primera posta, a los 50 km, me lleno de gloria.

Pero mi angustia se acrecienta porque el sábado diluvia todo el día.

Domingo, 9.30 AM, Día D. David Guetta es la fanfarria del ciclismo. Clima de fiesta en el área de largada. Más de 300 corredores, entre profesionales y gente entrenada. Hay una estrella, La Cobra Di Lorenzo. Una heroína: pedalea en tándem junto a su padre ciego. También un duelo: alumnos del fallecido ciclista Ariel Caucamán, embestido en un camino neuquino, hacen campaña para que los vehículos no toquen bocina y pasen a una distancia de 1,5 m de los ciclistas en las rutas.

El despliegue organizativo de la carrera es perfecto. Veinte vehículos abocados a la seguridad. Los locales apoyan y ocupan las veredas para ver al pelotón pasar. Me acomodo tímidamente del medio para atrás en la línea de largada. Me siento una impostora. Mi máscara caerá con la primera fatiga. Sé que mi resistencia dependerá más de mi cabeza que de mis piernas. Por eso, me impongo cambiar el switch a "positivo". Da resultado.

Es tal mi avidez por empezar a rodar en el paraíso que ningún papelón importa. Cuando la camioneta que lidera acelera, comienza la carrera.

No me desanima que, ya en las primeras cuadras, muchos se adelanten. No hago ningún esfuerzo extra. Pedaleo a mi ritmo. Debo administrar la energía. Necesitaré potencia y cabeza para la sucesión de trepadas. Y para acompañar al paisaje lo más que pueda. En la edición pasada, Di Lorenzo, el hombre flecha, unió el trayecto en 3,15 horas. Al último corredor le insumió ocho horas de carrera.

La salida de VLA es onírica. Siento un regocijo energético. Es el del cuerpo en movimiento en medio de un escenario idílico, invadido por un aroma dulce, a duraznos. Proviene de los racimos amarillos de las de retamas en flor. Están flanqueadas por las espigas violácias de lupinos bordeando la ruta. Maitenes, ñires y coihues altísimos custodian el azul cobalto de Nahuel Huapi. Un par de trepadas que encaro con seguridad y templanza, y clavo la vista en las aguas turquesas del Correntoso. Atravieso un viejo puente a toda velocidad y escucho el bramido de su río cristalino. Aún más fuerte cantan los cauquenes. Hay pesca con mosca que desearía poder observar, pero la escena queda atrás.

El paisaje es un estímulo fuerte. En mí tiene efecto paradójico: me distrae y me oxigena, y me concentra a la vez. Le pongo piernas a una larguísima cuesta y enseguida sobreviene el vértigo de un descenso con curva y contracurva a 90 grados, que no podré cortar. Eso supone la descalificación. Medito cada suceso que enfrento. Viajo a tal velocidad que además de una caída, temo reventar una cámara.

De golpe, parpadeo del asombro: encajonada, como rehén del bosque, en el lago Espejo se refleja la cordillera nevada. Hay todavía cenizas del Puyehue, en cimas y a los costados de la ruta. Yo sigo en éxtasis. No vivo esta travesía como una competencia de velocidad sino como un desafío físico personal, donde la meta es el disfrute. Sólo ruego que el cuerpo acompañe el goce.

En el abismo de una pared casi vertical, me estremece ver a un competidor bajarse de la bici y empujarla en la cuesta. Con lo que me queda de aire, le pregunto si está bien. Sin oxígeno, asiente. Celebro la osadía de ese espíritu joven, aún con largos 60 años de edad.

Pasados los primeros 30 km, el camino se bifurca a la altura de Villa Traful y comienza el ripio. Está nublado, húmedo y hace frío. El suelo supone otro desafío. Hay innumerables baches con agua y el terreno por momentos parece un serrucho. Las cuestas enruladas en el ripio suponen el peor desafío. Me compenetro en ese esfuerzo cuando siento un motor en mi nuca. ¿Será el vehículo escoba? Desde que largué, me impuse jamás mirar atrás. No desvelarme por ver quién o cuántos vienen detrás. Tampoco si quedo rezagada. Mi meta es clara: resiliencia para llegar lo más lejos posible.

Lamento no poder medir mis pulsaciones exaltadas. Cuando bajan, me pongo a charlar con Anahí Fox. Es otra participante porteña. Tiene mi edad. Conversar con ella hace la carrera más llevadera. Me cuenta que se entrena tres veces por semana con una corredora de elite : Gaby Castillo. Se quedarán luego una semana para explorar la montaña sobre ruedas. Anahí está bien equipada. Me dice que llevamos 45 km recorridos y que si mantengo entre 110 y 150 las pulsaciones podré pedalear hasta Ushuaia. Charlamos sobre la vocación periodística de su hija cuando un oasis se abre en medio de la nada. Es el primer puesto de hidratación. También la posta para los que corren en equipos. Siento ese punto como un triunfo impensado. Recargo la caramagnola. Como almendras y gajos de naranjas. La gente del puesto me alienta y acompaña. Esas palabras hacen la diferencia. Supongo que me detengo más de la cuenta. No por cansada. Más bien por colgada. Castillo pasa en su camioneta y arenga a Anahí a continuar la carrera. Yo parto después. Faltan otros 20 km para la segunda posta. El ripio muta por barro. Los descensos tienen su vértigo. Voy concentrada. Temo caerme. Pero estoy secundada: el auto escoba viene detrás.

El paisaje cambia ahora por asfalto, praderas, caballos, ovejas y vacas. Se me cruza una liebre. Luego, una pareja de avutardas. Soporto un calambre en el aductor, pero sigo. Llevo más de cuatro horas de carrera y estoy agotada. Me topo con Julio Sánchez. Es de Chubut. Viudo, de 73 años. Gracias a la bici, me dice, él pudo enfrentar su duelo. Creo que el destino me lo puso como ejemplo. Me resulta inverosímil, pero llego al segundo puesto de hidratación. Luego, los lagos Villarino y Falkner se enfrentan. Poder hacer esto es un ambiguo privilegio, pienso. Desde una camioneta me dicen que falta poco. Sigo y sigo pedaleando y a la hora descubro la mentira piadosa. El de adelante es el tramo más exigente. Del agotamiento, encaro las subidas con los ojos cerrados. No doy más. Siento de golpe un dolor punzante en la rodilla. Se irá acrecentando hasta volverse insoportable. Un viento gélido me hace ahora titiritar de frío. Llevo guantes, pero me congelo. "Dos subidas más y ya estás. Vienen los últimos 15 km en descenso", me gritan, otra vez, desde una camioneta. Pero las cuestas se multiplican al infinito. Delante tengo otros tres competidores. No puedo mover la pierna del dolor.

Los autos que pasan en dirección contraria me saludan con bocinazos; me arengan sin conocerme. Entré en la recta final. Veo el azul del Lago Lacar. Luego, conos, policías, fardos en el suelo y una multitud en la plaza central. Tras ocho horas de carrera, cruzo la línea de llegada. Efusivos aplausos. Aunque terminé penúltima, para mí fue un goce y un gran triunfo. La Unión 7 Lagos no me sirvió para medirme con el resto. El mundo entero está lleno de ciclistas más veloces que yo. Aquí nomás hay 300. Pero también hay una nueva persona. La que sabe ahora que puede llegar. Y sentirse en la gloria.

  • La carrera que une ciudades En su segunda edición, La Unión 7 Lagos unió Villa La Angostura con San Martín de los Andes a través de la ruta 40. La travesía duró entre 4 y 8 horas, según los participantes. Más datos: launionsietelagos.com.ar
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