Peña: la multifacética

Florencia actúa en televisión y en teatro. Disfruta de producir sus propios espectáculos y, aunque muchas veces pierde plata, no le importa. No tiene que rendirle cuentas a nadie
Florencia actúa en televisión y en teatro. Disfruta de producir sus propios espectáculos y, aunque muchas veces pierde plata, no le importa. No tiene que rendirle cuentas a nadie
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30 de junio de 2002  

Se ve fuerte, decidida, bien plantada. Su pelo largo se enrosca suavemente en las puntas. Sobre un par de zapatos con tacos altos camina lento por el corredor del Paseo La Plaza, ensimismada. En su mano derecha lleva la billetera y un teléfono celular que por ahora no emite ningún sonido. La gente se da vuelta a mirarla.

A estas alturas ya debe de estar acostumbrada a llamar la atención de los transeúntes. Ninguno la molesta ni le pide un autógrafo ni se acerca a preguntarle: ¿Vos sos Florencia Peña? Pero sí, ella es Florencia Peña. Y sin embargo, es otra de aquella que todos creen ver cuando la miran caminar por la calle.

Esa distorsión alguna vez le ocasionó conflictos, pero no fue al principio, cuando a los 6 años se enteró de que el programa Cantaniño hacía un casting para la nueva temporada. “Mi mamá estaba un poco reacia cuando le pedí que me llevara –dice–. Intentó convencerme de que no iba a poder quedar seleccionada, que iba mucha gente y sólo entraban las acomodadas, pero yo le insistí. Y al final me llevó y quedé.” En ese momento exacto se produjo el primer punto de inflexión en su vida. Florencia sabía y quería cantar y no hizo más que conseguir su oportunidad. “En ese momento para mí era como un juego”, dice.

Y siguió siéndolo por mucho tiempo. Florencia pudo manejar la situación y dedicarse a lo que más le gustaba en la vida, mientras cumplía con el rito de la escuela. Empezó a tomar clases de baile y canto. Se entusiasmó con su nueva vida. Y se convirtió en todo un acontecimiento en la familia el hecho de que la nena trabajara. Si hasta su abuela la acompañaba y se sentía halagada con sus talentos.

Hasta que un día le ofrecieron incorporarse a Son de Diez, la tira en la que compartió el elenco con Silvia Montanari, Claudio García Satur y el debutante Diego Olivera. Por ese entonces, Florencia era una adolescente de 16 o 17 años, y los primeros conflictos hicieron su aparición. “En un momento mi carrera empezó a tomar un rumbo que yo no deseaba. Me había convertido en una chica de la tele, generaba una atracción sexual muy fuerte –fue cuando me decían la Pechocha–. Y yo realmente no quería nada de eso. Fui muy infeliz –dice– en esa etapa. No por haber estado en Son de Diez, que fue bárbaro, sino por todo lo que eso trajo. Me desestabilicé un poco porque empecé a comprar lo que yo vendía, y eso fue lo peor que pude haber hecho. Cuando entendí que la demanda del afuera no tenía nada que ver con mi necesidad interna, empecé a dividir las aguas y a pasarla mejor. Ahora la paso bomba.” Dice que después de eso volvió a elegir su profesión de actriz.

Pero fue más allá.

Lo que le sucede hoy es un claro ejemplo de cómo fue cambiando. Graba el programa Poné a Francella, con Guillermo Francella, en los estudios de Martínez, a la mañana muy temprano; después hace funciones de la obra para chicos Alica maravilla, una versión libre de Alicia en el país de las maravillas que ella misma produce y que dirige José María Muscari, en el teatro Astral; cuando cae el sol cruza Corrientes hacia el Paseo La Plaza, donde la espera Guillermo Fernández para hacer las funciones de El romance del Romeo y la Julieta.

“Ahora me la paso bomba –retoma– porque hago lo que tengo ganas de hacer. No respondo a nada ni a nadie. No respondo a una estrategia, porque no la tengo, y el prestigio que voy ganando es por los laburos que hago y porque los hago con mi mayor pasión y mi mayor compromiso. Lo demás viene por añadidura.” Según ella, todo esto sucedió desde que empezó a encontrarse con su Florencia. Eso la llevó a ponerse a escribir, a producir sus propios espectáculos, y ahora hasta piensa en dirigir. “Mi actriz tiene muchas facetas. No me divierte solamente actuar. Y descubrí lo maravilloso que es gestar algo desde el comienzo, me di cuenta de que tengo talento para armar equipos de trabajo. Me encanta formar grupos de laburo en los que cada uno se ocupa de lo que sabe hacer y todo funciona como un mecanismo de relojería.” Le fascina la experiencia, aunque reconoce que le cuesta delegar responsabilidades. “Estoy aprendiendo, porque soy bastante omnipotente –dice–. Pero sí sé rodearme de buena gente. Cuando decidís embarcarte en un riesgo es bueno tener alrededor gente que te contenga en el momento en que flaqueás. Es imposible hacer las cosas solo, sin una energía que contenga lo que vas haciendo. Y el secreto de esa energía está en los grupos que uno arma.” En lo económico dice que es un desastre, que el dinero se le va de las manos. “No es que lo gaste en pavadas, sino que no tengo un criterio de ahorro. Si tengo plata, la gasto. En lo que más he perdido plata es en producir. Pero como no soy alguien que le dé mucha bola a lo material, no me trastorna. Son mis riesgos.” Y el riesgo de quien la escucha hablar de sus fuerzas y debilidades es que aquella imagen de ella que traía, hecha de fragmentos que se acomodan arbitrariamente, se resquebraje a medida que Florencia gesticula, piensa, dice: “Puedo ganar mucha plata y puedo no ganar nada. Igual está todo bien. Hubo un tiempo, cuando terminó Son de Diez, en que me comí todos los ahorros que tenía. Al año siguiente estuve sin trabajo y empecé a vender todo lo que había comprado. Yo siento que lo material no es lo importante. Si uno enfoca sólo en lo material, hay muchas cosas que se resienten. Así que está todo bien.”

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