Pensar por uno

Guillermo Jaim Etcheverry
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4 de julio de 2004  

En esta era de la comunicación, nuestra vida es un incesante navegar en un océano de mensajes, seamos o no conscientes de

ello. Esas ideas que recibimos, a una velocidad hasta ahora nunca vista, son las que nos van construyendo como personas.

Cabe, pues, detenerse a reflexionar si los pensamientos que nos habitan son realmente nuestros o si, en realidad, nos infectan como si se tratara de un virus. En una entrevista concedida hace poco a La Nacion, José Pablo Feinmann evocaba a Lacan y a Derrida cuando sostienen que el ser humano no domina el lenguaje, sino que es dominado por el lenguaje.

De allí su aguda afirmación en el sentido de que "cuando alguien cree que está diciendo algo, en realidad, está siendo dicho por algo".

Este debate, recurrente en el pensamiento contemporáneo, tiene profundas implicancias para la formación de las nuevas generaciones. Estamos sobreexpuestos a ideas y a opiniones que, partiendo de los medios de comunicación, se infiltran sin cesar en nuestras mentes. Por eso, resulta preciso insistir en la importancia que adquiere el hecho de que los jóvenes reciban, como prioridad en su educación, las herramientas intelectuales que les permitan distinguir si lo que piensan y dicen resulta de su propio pensar y decir.

Para eso hay que mostrarles el proceso de búsqueda de la verdad, desplegar ante ellos el modo de llegar a esclarecer el propio pensar. En esencia, la educación debería proponerse la misión de incitar a quienes la reciben a emprender la aventura de pensar de manera autónoma, de adoptar decisiones propias, de reconocer en el fondo de sus convicciones aquello que realmente han pensado.

Como comentaba en un reciente artículo Fernando García de Cortázar, profesor de Historia en la Universidad de Deusto, España, la convicción de que sería suficiente saber para ser bueno ha sido reiteradamente desmentida en la historia del siglo XX.

La veneración al Iluminismo del siglo XVIII queda opacada por la comprobación de que muchos ilustres intelectuales han apoyado guerras y despiadadas tiranías. Sin embargo, a veces no se advierten las otras importantes contribuciones del Siglo de las Luces; la incitación a dejar atrás la minoría de edad; el estímulo a la necesidad íntima de resistirse a convertir en absolutas las ideologías o, en nuestro tiempo, las ideas dominantes, que no pocas veces responden a presiones económicas. Sobre todo, a "soñar la libertad de ser libre como individuo", tal como lo destaca García de Cortázar.

La profunda crisis de ejemplaridad que sufrimos no ha desterrado a los maestros, incluyendo entre ellos a los padres, que son quienes guían la construcción del pensamiento.

En realidad, ha cambiado su naturaleza: ahora enseñan, es decir, constituyen ejemplos, quienes hablan desde los medios de comunicación. La educación debería proponerse despertar la conciencia del peligro que encierra este vivir de prestado, repitiendo pensares y decires de otros de modo automático. Esto es aun más grave en un mundo en el que, debido a las leyes económicas que rigen la propia actividad de esos medios, el mensaje tiende a lo más sencillo, lo más primitivo, lo más vulgar, pues en última instancia eso garantiza la audiencia más vasta. Esa búsqueda de vastedad en la audiencia lleva de manera irremediable a la bastedad del mensaje. Y son esos mensajes los que están construyendo nuestro interior.

Es preciso reaccionar frente a este denodado esfuerzo por vulgarizar a los jóvenes, y lanzarlos a la aventura de la libertad. Esto supone dotarlos de una educación que, al menos, les dé la posibilidad, y sobre todo el coraje, de pensar por sí mismos.

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