Planeta lejano private

La paradoja de buscar lo vacuo y mediático, para olvidarnos del lugar donde vivimos, sin importarnos nada
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22 de octubre de 2000  

Una de las paradojas que mejor pinta al hombre es la que trata a la Luna como amante y a la Tierra como suegra. Antes de descender del cohete ya se había acordado resguardar al flamante ecosistema de talco de toda contaminación. Ninguna simetría con lo que ocurre en casa. Entre nos, lo extraterrestre difuso cotiza más que lo aborigen cierto. Hasta los poetas le han cantado más a la Luna que a la Tierra. Parecemos chapitas: nos atrae más zambullirnos en lo remoto para dar con gente improbable, que tocar el timbre del piso de al lado y sorprender con un: "¿Cómo están? Voy al mercado. ¿Necesitan algo?" Lo nuestro es el más allá: estirar el cuello hasta las vecindades del Sol, llenar de botellas el cosmos, coleccionar chismes celestes, acariciar la piel achicharrada de Marte.

Mientras tanto, al mundo que lo parta el ozono, le defolien el pulmón vegetal, le empetrolen el mar. Planeta golpeado, Gaia sobrevive por milagro a ese fenómeno depredador llamado historia que consiste en oleadas de sangre y olvido corriendo embretadas por avenidas a las que se las denomina civilización tal o civilización cual. Mirada sin pasión, la humanidad no es más que una jauría tras otra de nómadas, aventureros, navegantes, voladores, espeleólogos, violadores y despanzurradores varios de la gran vaca muda que es la Tierra. Quienes pasan por ser sus más conspicuos héroes, lo fueron por dedicar afán, y siglos, a perturbar el equilibrio del magma, del hielo, del mar, de la lava, de las fechas de las estaciones. Todo con ojo frío, marciano, ajeno, y experimentos de terror. No me refiero a la aventura de conocer ríos, crisantemos o pájaros, sino a las sucesivas ofensivas contra la tierra, que gira en el cielo en un perpetuo azul y a la que aquí, obstinadamente, envolvemos en el negro y el gris.

Pese a que lo primero que preguntamos al despertar es ¿qué tiempo hace?, tratamos a la tierra como planeta lejano. Sol y luna han promovido religiones, dioses y mitos, mientras que nuestra doméstica Gea o Gaia (que fue adorada en los comienzos) debe conformarse ahora con los sobrantes de lo sagrado. Una Cenicienta del espacio. Con cientos de apocalipsis y tan sólo un greenpeace.

Son ya miles los años dedicados a oficiar y oficializar esta crueldad. Otro tanto, a impedir que se consagre una moral que contenga a todos los seres vivos por igual. En todo este tiempo, pinos, insectos, ballenas, pájaros, rosas y hasta la rata, han ejercido su rol con una conmovedora responsabilidad.

Hace poco la India fue el segundo país en superar los mil millones de habitantes, y en conjunto nos dirigimos hacia los 7 mil millones de insípidos depredadores de la casa matriz. No aumentan por igual el cuidado y la higiene, sino el estropicio y la ignorancia. Salvo una minoría (campesinos, niños, artistas, científicos, gente sensible), la tropa mayor de caníbales corre tras su próxima lonja o gajo del planeta sin importarle la calidad del próximo amanecer. Vivimos en el aire, y por el aire, asesinando de a millones los árboles que nos permiten respirar.

Cielo y tierra no entran en la mirada, y mucho menos en el universo interior, de este bicho humano que la estraga de polo a polo. Sólo pesa el versículo "por cuatro días locos que vamos a vivir". Frase de tan alta contaminación que anula todo intento de fraguar una mínima cosmogonía, sencillita, de entrecasa, para ir empezando, por lo menos, a proponernos el proyecto de un Génesis Dos.

A Arthur Clarke le preguntaron cierta vez como veía al hombre en el universo y respondió: "Si existieran los extraterrestres, si de existir sobrevolaran los Estados Unidos, si de hacerlo lo hicieran sobre los Angeles y a las 6 de la tarde, lo primero que supondrían es que los humanos son los automóviles y que eso que desciende de ellos, bebe gaseosa, escupe y patea, es sólo un artefacto menor, secundario, periférico."

La Tierra, gran vaca muda, no merece eso que le tocó. Seres que se la pasan preguntando si hay vida en otros planetas olvidando que todavía no han confirmado su existencia en el propio.

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