Leonardo Sbaraglia: poner el cuerpo

Feliz con la vida que lleva, quiere recuperar las cosas que perdió en tantos años de carrera. "Lo seguro e indiscutible es que me rompo el alma trabajando", afirma. La paternidad, el oficio de actuar y el cine después de Relatos Salvajes
Alejandro Lingenti
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22 de febrero de 2015  

Fuente: LA NACION - Crédito: Lucas Kirby

Son las 21 de un sábado caluroso de febrero en Buenos Aires y Leonardo Sbaraglia (44) está de excelente humor. Hace apenas unas horas había tenido una intensa jornada de rodaje de la película No te olvides de mí, pero sin hacerse problema manejó casi trescientos kilómetros para estar a tiempo en este enorme showroom de la marca de ropa de la que es modelo exclusivo y ahora discute con su mujer Guadalupe qué camisa le queda mejor, qué pantalón combina con esa camisa, qué color de remera prefieren. Toma mate, hace bromas, habla orgulloso de su hija Julia, que soportará estoica y sin chistar las más de cuatro horas de la producción fotográfica y la entrevista para La Nación revista en esta fábrica ubicada en Paternal cuya pasmosa tranquilidad difiere radicalmente de la agotadora locura de buena parte de la ciudad.

No hace mucho, Sbaraglia declaró que sus actuales prioridades son su pareja y su hija: "Son las que me dan energía para seguir trabajando". Viéndolo con ellas es muy lógico creerle. Sbaraglia luce como un hombre maduro, bien plantado, seguro en sus pretensiones y satisfecho con la vida que lleva. Aunque hay un dato relacionado con esta película que está filmando que lo inquieta particularmente: "Soy el más viejo del rodaje, no lo puedo creer –dice con una sonrisa–. El continuista también tiene 44, pero nació unos meses más tarde que yo. Pensar que en La noche de los lápices (1986) era tan chiquito... Alguien me dijo una vez que no hay nada bueno en envejecer. Y algo de razón tenía. Pero bueno... También significa crecer, madurar, acumular experiencia. No por nada la tribu se reunía alrededor del sabio para que él contara sus experiencias. Hay una película francesa muy linda sobre el tema, Todas las mañanas del mundo, con Gerard Depardieu. Creo que tenemos que enfrentarnos a lo que nos toca: los años, lo que implica el paso tiempo. Y tomarlo de la manera más relajada posible. No hay que abandonarse, hay que luchar por lo mejor para uno y para la gente que te rodea, hay que mantener las convicciones. Dicho todo esto, es cierto que duele un poco ir creciendo. De todos modos, yo disfruto más de la vida ahora que en el pasado. Sé más qué quiero, se más quién soy, estoy más cerca de mis deseos, estoy más consciente de lo que hago mal, de lo que me cuesta. Y también tengo más elementos para luchar contra lo que no me gusta de mí mismo. Ah, ¡y me doy cuenta de que no paro de hablar! ¡No paro de contar anécdotas, debo ser insufrible! Ojo, pero sé escuchar. No me gusta la gente que no escucha. Ahora hablo todo el tiempo yo porque es una nota" (risas).

Fuente: LA NACION - Crédito: Lucas Kirby

Hablemos de Relatos salvajes, ya que es un día muy importante. ¿Qué imaginás?

Es obvio que deseo que la película gane el Oscar, pero hay que tener en cuenta que ya hizo su carrera solita, que este premio no será tan determinante para su futuro. Ya se vendió en todo el mundo y de hecho acaba de estrenarse en los Estados Unidos. A priori, parece difícil ganar, porque no tiene características oscarizables, como un tema social y político a ultranza o una reivindicación de ese orden. No vi las otras nominadas, pero me han dicho que Ida y Leviathan son también extraordinarias. Con Relatos salvajes me pasó que la película me gustó mucho más que el guión. Damián [Szifron] lo exprimió al máximo, encontró cosas que, se ve, yo no supe leer. En mi parte en la película, yo tenía reparos con lo que hoy ya es un ringtone, eso de sos un negro de mierda, un negro resentido. Se lo advertí a Damián y filmamos algunas opciones que quizás estén el making-of de la edición en DVD. Ahora uno lo ve y cierra, pero era arriesgado decir eso. Creo que el efecto que provoca la película tiene que ver con ponernos a todos mirando algo íntimo, nuestras propias miserias. Me fui de vacaciones a la costa hace poco y cuando iba por la ruta pensaba que todos los que habían visto Relatos salvajes iban a tratar de manejar un poquito mejor, con un poquito más de respeto (risas). He manejado bastante en España, México y los Estados Unidos, y en nigún lugar pasa lo que pasa acá. Hay mucha deshumanización cuando se maneja. La obsesión por la vía rápida, por el carril izquierdo aunque vayas a 60 kilómetros y solo, es patológica.

Nombraste a España. Viviste ahí siete años y te fue muy bien. ¿Por qué decidiste volver?

Profesionalmente, estuvo muy bueno porque ahí había gente que me miraba de otra manera, y eso hace que vos seas de otra manera. A nivel humano también fue importante porque el español tiene una cosa muy desenfadada, de mucha honestidad. Nosotros somos más parecidos a los italianos, con su famosa altisonancia, pero tenemos algunas cosas de los franceses también: somos enroscados, psicologistas, podemos construir castillos de introspección. Los españoles son más directos, más al pan, pan y al vino, vino. Me pasó que estando allá revaloricé mucho Buenos Aires, que es una ciudad maravillosa. Lo que ocurre acá a nivel cultural, social y político es muy fuerte. La fuerza que tiene la gente, la creatividad a pesar de todo lo que nos cuesta porque estamos lejos, medio aislados de los lugares importantes del mundo... Acá se hacen cosas muy valiosas, muy originales en cine, teatro, música. Y siento que entiendo mejor la cultura de acá y que la puedo representar mejor. Igual, sigo teniendo trabajo en España –hay dos posibilidades muy fuertes para este año–, pero haberme ido tiene un precio, es natural. Filmar allá ahora significa que te tienen que pagar pasaje, estada y dieta. Es un dolor de cabeza para cualquier productor.

Fuente: LA NACION - Crédito: Lucas Kirby

¿La familia tuvo que ver con el regreso?

Mucho. Julia nació allá, pero aún así a Guadalupe y a mí nos pareció mejor volver porque pudimos entonces tener perspectiva y entender mejor a nuestro país, con sus altos y bajos, con sus negros, sus blancos y sus grises. La Argentina es un país lleno de originalidad. Y en España es muy difícil que dejes de sentirte extranjero. Hasta Héctor Alterio, que vivió más tiempo allá que acá, es considerado un actor argentino, igual que su hijo Ernesto, que también vivió muchísimo allá.

¿Cambiaron mucho tus prioridades cuando nació tu hija?

Sí, completamente. Sólo una vez estuve veinte días sin verla y fue rarísimo para ella y para mí. Hoy creo todas las condiciones para que eso no ocurra. No podés dejar de ser padre, es una responsabilidad muy grande. Trato de priorizar eso, sin resignar hacer lo que me gusta porque ella también hará un aprendizaje de eso. Estoy trabajando para recuperar cosas que perdí por trabajar tanto. Soy de esos amigos que siempre quieren arreglar algo y la terminan complicando, que no cumplen. Y odio estar en ese lugar de exquisito. Pero eso está cambiando porque lo necesito, porque es mi verdad. Mi familia y mis amigos son muy importantes. Estoy cada vez más cerca de eso, que es como decir que estoy cada vez más cerca de mí.

¿Tuviste alguna vez temor a repetirte en tantos años de carrera?

No siento que me repita. Hay personajes que me gustan más que otros, eso sí. Puedo repetirme a mi pesar, obviamente, pero eso no lo puedo decir yo. Mucha gente se sorprende cuando digo que me sigo poniendo nervioso cuando actúo, pero es así, sobre todo al principio, hasta que agarro la onda del personaje. Un actor debe intentar escapar de ser él mismo, desarmarse con cada personaje. Algunos pueden ser más parecidos a vos, pero la idea es vaciarse para volver a llenar ese espacio que queda. A eso me refiero cuando hablo cuando hablo de desarmarme.

¿Y saturación por hacer el mismo laburo durante tanto tiempo, cansarte de tu profesión?

No lo llamaría saturación. Sí me empiezan a aparecer ganas de hacer otras cosas que me gustaron toda la vida y que tengo postergadas. Siempre me gustó dibujar, por ejemplo, y estoy volviendo a hacerlo. También me gusta mucho la fotografía y estoy haciendo fotos. Cuando estaba en Clave de sol, hace muchos años, me anoté en la carrera de Diseño gráfico, pero nunca pude ir porque el laburo la televisión me lo impidió. También quiero hacer dirigir. No lo veo como un camino obligado, pero sí como algo relacionado con la maduración de mi trabajo de todos estos años. Me gusta mucho el cine, así que me encantaría hacer una película. Hoy es mucho más fácil hacerla con poca plata y tengo la ventaja de conocer a mucha gente del palo. Creo que podría ser una experiencia linda. Por ahora, hago montajes de cositas que filmo con el celular, las edito, les pongo música... Me divierto.

¿Aprendiste mucho de los directores con los que trabajaste?

Sí, claro. Rodrigo Cortés, por ejemplo, es alguien fuera de serie. Hice Concursante, su ópera prima, y Red Lights, con Robert De Niro. Antes que nada, es una muy buena persona, pero aparte te sorprende todo el tiempo con su mirada de las cosas. Después, con Miguel Kohan hice Sin retorno, una de mis películas preferidas. Anahí Berneri, que me dirigió en Aire libre, es muy exigente y muy inteligente. Con Marcelo Piñeyro filmé cinco películas, es evidente que hay buena química con él. Es alguien que sabe encontrar un lugar nuevo cada vez que trabajamos juntos. Con Antonio Hernández hice En la ciudad sin límites, una película hermosa que en España es de culto y acá no fue muy entendida. Y es una pena que Luis Puenzo no filme más. De todas esas experiencias aprendí algo.

¿Con Szifrón?

Desgraciadamente, la experiencia con Damián fue corta, pero me encantaría profundizarla en el futuro. Es un tipo muy genial, eso se sabe. Me sorprendió ver lo que logró con lo que hicimos en apenas ocho días de rodaje. Fue la mejor versión posible de eso que habíamos rodado. La mejor con creces.

Fuente: LA NACION

Ya has contado la experiencia con De Niro, ¿pero hubo algo que te sorprendió especialmente de él?

Antes creo que vale la pena contar que para Red Lights hice una preparación muy larga aunque sabía que era una experiencia bastante corta. No soy bilingüe, así que tuve que prepararme mucho para esa película. Tenía dos escenas con mucho texto, así que estuve tres meses laburando en eso. Y tuve durante el rodaje una coach sudafricana, además. No tuve la posibilidad de trabajar con De Niro en una escena, pero sí de charlar diez minutos con él, que llegaba al set a través de una especie de pasadizo que lo aislaba del contacto con los demás. Ser amigo del director me dio el beneficio de tener una sillita para verlo de cerca durante el rodaje de una escena. Tenía un monólogo de dos páginas y lo que más me sorprendió fue la normalidad, lo humano que es el tipo. Uno suele idealizar a figuras así. Se equivocaba, se tomaba sus tiempos, repetía... Y estaba muy relajado. Repetía los textos varias veces en diferentes tomas para que después se pudiera elegir la mejor. Y es una persona muy sensible. Decía "estoy escuchando voces, ¡hay alguien que está hablando mientras filmamos!". Y lo decía con el tono de Taxi Driver, onda Are you talking to me?, así que daba un poco de miedo (risas). Fue genial estar ahí porque es uno de mis actores favoritos, uno de mis principales estímulos actorales. Está en la liga de Brando, Pacino, Day-Lewis... En esa película también tuve la oportunidad de hacer una escena con Cillian Murphy, un actor irlandés que me impresionó muy bien. Me llamó la atención lo parecido que somos los actores argentinos y los europeos. Trabajamos una línea muy parecida, bien distinta a la de los norteamericanos. Pienso en Cilian, en Javier Bardem, en Eduard Fernández, en Enrico Lo Verso, en Daniel Brühl... Una curiosdidad: Cillian era fan de Concursante y estaba nervioso por trabajar conmigo. Encima él tenía que laburar en toda la película y yo venía súper preparado para hacer apenas dos escenas. Él estaba nervioso y yo estaba para clavarla al ángulo (risas).

¿Cómo evaluás tu trabajo, en qué ponés la mira?

Hay diferentes escalas de medición: la de uno, la de los demás... Depende de quién mire, ¿no? Creo que los jóvenes que trabajan conmigo ven que tengo treinta años de laburo encima, notan eso, pero al mismo tiempo yo me pongo tan nervioso como ellos en un rodaje y hasta siento muchas veces que lo hacen mejor que yo. En este trabajo, uno tiene que encontrar al personaje cada vez. Y puede encontrarlo o no, nadie es infalible. Lo seguro e indiscutible es que me rompo el alma trabajando. Toda la vida fue así. Me esfuerzo para crecer, para experimentar, y siento que eso tiene sus frutos. La experiencia tiene sus frutos. Se nota cuando llegás a lugares cada vez más íntimos con la actuación. Mi trabajo más importante es ir perdiendo el miedo de mostrar lo que soy. A través de los personajes uno se expone, muestra las vísceras. Inventás tantas cosas para no mostrar el miedo... Hasta que te das cuenta de que mostrar el miedo, la inseguridad, la duda es mucho mejor. Hay que crear mecanismos poéticos a través de los personajes para terminar mostrándote al desnudo. Cada personaje va iluminando una parte de uno, es una herramienta diferente para llegar a distintos lugares tuyos. Hice ese aprendizaje sobre todo en el cine, algo que considero un privilegio.

¿Cómo es la experiencia de la película que estás filmando en 9 de Julio?

Es bárbaro filmar ahí porque es una ciudad con buena infraestructura y que tiene cerquita pueblos como Patricios y La Niña, muy bien conservados, con casas de la década del 30 intactas. Eso es muy importante porque la historia de la película está ambientada en esa época. Es un guión de Fernanda Ramondo, también la directora, que me habían ofrecido en 2008 y que me gustó mucho de entrada. Debe ser uno de los mejores guiones que leí, y mirá que he leído unos cuantos... Pero no se había conseguido financiación hasta ahora. Es una película sin grandes despliegues. Los protagonistas son inmigrantes que están buscando a familiares en la Argentina. Mi personaje sale de la cárcel después de tres años, es un anarquista que intenta reencontrarse con su pasado. Y en ese devenir se encuentra con una jovencita y un nene muy humildes que son hermanos y buscan a su papá. Entonces emprenden juntos ese viaje de búsqueda. Es una historia rústica, como las del Far West. El nudo es el encuentro, la posibilidad de encontrarse con lo mejor del otro. Vimos películas como Rocco y sus hermanos, Ossessione, La Strada y Los imperdonables para tomarlas como referencia.

Además de ver films afines con lo que estás filmando, ¿cómo preparás los personajes?

En algún momento, el personaje se tiene que volver una necesidad. Aunque sea opuesto a vos, termina siendo algo que te metaforiza, que muestra una manera de expresarte que es tuya. Hay que enamorarse de los personajes, entenderlos hasta el fondo, intentar fundirse con ellos como se funden los metales en una aleación.

Si es por exponerse, el teatro parece más revelador que el cine. Puro presente, sin edición.

El teatro es puro buceo, es salir a buscar algo en cada función. Y eso es pura adrenalina, es cierto. No es una adrenalina que tenga que ver con el miedo, sino más bien con la emoción por no saber con lo que te vas a encontrar en el escenario. Pero el cine tiene lo suyo. La cámara muestra el alma de un actor, hay que tener conciencia de eso.

En familia

Nacido el 30 de junio de 1970, está casado con la artista Guadalupe Marín. Julia es la hija de ambos

Salvaje

Su historia en la película que hoy compite por el Oscar es la más violenta de las seis. Cree que el film muestra las miserias más íntimas

También canta

Planea reestrenar El territorio del poder, obra teatral que ideó con el músico Fernando Tarrés y lo tiene entusiasmado: "Basado en relatos históricos, tiene músicos en escena y yo canto. Estoy muy orgulloso de este trabajo"

Muy pronto

Para abril está previsto el estreno de Choele, de Juan Sasiaín, film que protagoniza. Sin fecha confirmada, se lo verá en El hipnotizador, serie de HBO basada en una obra de Pablo De Santis y Juan Sáenz Valiente y un film de Marco Dutra

El futuro

Tiene una agenda muy cargada. Trabajará Hernán Belón –con el que ya hizo El campo y ahora filmará Sangre en la boca, la historia de un boxeador–, Alejandro Maci, Rodrigo Grande y Mariano Mucci

Asistente de producción: Camila Brugués. asistente de fotografía: Sofía Ciravegna. Make up: Eugenia Fortuna para JC agency con productos Maybelline. Pelo: Eugenia Fortuna para JC Agency con productos Alfaparf. Agradecimientos: Old Bridge, ropa y locación. www.oldbridge.com.ar. Ángel, del restaurante Los Amigos, Paraguay 3100.

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