Poner en perspectiva la vuelta de las vacaciones

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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23 de febrero de 2019  

Alguna vez alguien dijo que lo bueno de viajar es tener un lugar al cual retornar. Verdad es que cualquier viaje, cualquier situación que nos lleve lejos de nuestro hogar, suma valor si, de hecho, hay una "querencia" a la cual volver. Es obvio que esto vale para las vacaciones que se van acabando tras un verano que decrece en su protagonismo y, ya mayoritariamente, se vive acá, en el lugar de siempre, ese en el que se ha plantado la semilla de la cotidianidad para el resto del año.

Pero, más allá de vacaciones y veranos, digamos que eso de volver es un tema que se extiende también a muchos otros escenarios.

Volver es reencontrar lo de siempre: el colchón conocido, la rutina familiar y laboral, la gente de siempre, los paisajes urbanos de cada día, los apuros y las costumbres que se habían suspendido cuando se estaba lejos y en otra dimensión.

Hay otros retornos, diferentes al antes señalado, como el del tango, por ejemplo. Ese es un volver melancólico y vencido por aquello de "la frente marchita". También está el volver del exiliado, quien retorna a su tierra como se vuelve al primer amor dejado atrás desde el desgarro.

En cualquiera de los mencionados escenarios, el lugar al que se vuelve es y no es, al mismo tiempo, aquel que se dejó al partir. Los lugares cambian, uno mismo cambia, el tiempo hace lo suyo y la vida, también. Volver al pueblo de infancia, por ejemplo, es percibir que ese pueblo no es aquel de antaño, que no están las mismas personas, que uno mismo es otro y que aquel pequeño árbol de la plaza hoy es grande, muy grande, más allá de que se trata de la misma plaza en la que se jugaba tiempo atrás.

El retorno de las vacaciones puede ser usado como disparador de reflexiones sobre "la vuelta" en términos más filosóficos y extensos. De hecho, el cómo de la vuelta de las vacaciones puede servir para distinguir cosas de la propia vida que son valiosas, y, si no lo son, esa distinción daría la oportunidad de abordar un plan para ponerle onda al lugar propio, ya que es allí donde se pasan la mayor parte de los días.

Las vacaciones, como los viajes, son más provechosas cuando no son una huida, sino una exploración, un descanso, una aventura que permitirá, al volver, traer a la casa atisbos de una dimensión que se escapa cuando se pasa demasiado tiempo sintiendo la vida como un transcurrir automático.

Ocurre que, al habitar otros lugares, uno puede extasiarse y lamentar que la vida no sea siempre así, yendo de la playa al living, pescando en lagos majestuosos, bailando en una fiesta eterna… Pero en el fondo se sabe que lo que tiene de disfrutable ese tiempo extraordinario es, justamente, que sea un tiempo acotado, porque eso de irse a vivir al lugar idealizado puede ser buena idea, pero nunca será una iniciativa exitosa si se lleva adelante como un impulso y sin plan de por medio.

Nos llevamos a nosotros mismos a todos lados y, al final del día, aparece la persona que somos aun en el más paradisíaco de los lugares. Tarde o temprano, siempre volvemos a nosotros mismos.

La ciudad abre de nuevo su escenario. Acá estamos, de vuelta. Traeremos el ruido del mar, las charlas con los chicos, la música, las ricas comidas…. lo lindo del asunto. Si se lo sabe ver, mucho de eso vivido está acá también, aunque sea, en espíritu. Pero hay que acordarse y dedicarle un poco de onda para encontrarlo. Si de algo sirve salir del lugar en el que se vive, es para lograr darle perspectiva y valor a todo eso que nos rodea, eso que damos por obvio, pero que queremos tanto como a nuestra almohada vieja y conocida, forjada a nuestra forma, a la que abrazaremos fuerte al volver, después de la aventura.ß

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