¿Por qué leer?

Por Guillermo Jaim Etcheverry
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20 de febrero de 2005  

Con ese interrogante titula Mark Edmundson el ensayo que acaba de publicar y mediante el que intenta analizar las razones por las que la lectura de las grandes obras influencia de manera decisiva nuestra construcción como personas. Los más importantes escritores siempre han ensayado dar respuesta a esa pregunta. Marcel Proust se aproxima a una explicación cuando sostiene que el autor proporciona al lector una suerte de instrumento, una lupa que le permite encontrar lo que ya existe dentro de él. Por eso, quien escribe no se propone reclamar de su lector elogios o censura sino, simplemente, que diga si "realmente es así", si las palabras que ha escrito son las que lee dentro de sí mismo.

Tal vez, esa relación profunda que se establece entre quien escribe y quien lee, ese ayudar a descubrir dentro del otro lo que permanecía allí, oculto por innombrado, contribuya a explicar el misterio que rodea la experiencia de la lectura. En otras palabras, leer ayuda a descubrirse uno mismo, a encontrar aquello que ha permanecido desconocido incluso para nosotros hasta que llega la palabra que lo denota, la idea que lo convoca. La lectura de las grandes obras es, pues, un evidente viaje de descubrimiento y de allí la importancia de familiarizar a los jóvenes con esa singular posibilidad de crecimiento, de expansión de las fronteras de su propio ser.

Lo que se aprende leyendo es el lenguaje de uno mismo, se consigue dar nombre a las emociones, aumentando así nuestras posibilidades, creciendo, ampliándonos. Lo afirma también Proust: "No hay mejor manera de advertir lo que uno siente que tratando de recrear en uno mismo lo que un maestro ha sentido. En este profundo esfuerzo traemos a la superficie nuestro propio pensamiento, junto con el de aquel a quien leemos".

Al confrontar las obras mayores, lo hacemos alentados por la esperanza de encontrar en ellas algo que desconocíamos acerca del mundo o de nosotros.

Confiamos en que nos acercarán a una manera novedosa de interpretar la experiencia, de concebir la realidad.

Pero al leer, como lo señala Proust, de algún modo también somos leídos por los libros.

A este respecto, resulta sagaz el comentario del crítico estadounidense Lionel Trilling cuando destaca que, al enfrentarse a algunos grandes libros, se sentía rechazado por ellos. Dice: "Sin duda, yo los aburría. Pero, cuando fui envejeciendo y ellos me conocieron mejor, fueron adquiriendo simpatía por mí y comprendieron mis significados ocultos. Finalmente, cuando me dejé leer con confianza, nuestra relación se convirtió en muy íntima".

¿Y si fuéramos nosotros quienes aburrimos a los libros que consideramos aburridos? ¿Y si nuestro interior no fuera para ellos lo suficientemente interesante?

No debemos abandonar los esfuerzos para acercar a los jóvenes a la gran literatura, convencidos de que constituye el instrumento ideal para permitirles explorar su interior y así mostrarles sus infinitas posibilidades como personas.

Es posible y también deseable que al acercarse a las creaciones superiores del ser humano adviertan los destellos de un mundo mejor que sólo ellos estarán en condiciones de concretar con sus acciones.

El autor es educador y ensayista

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