Porteño esplendor

Buenos Aires. Arquitectura y patrimonio, libro de Fabio Grementieri y Xavier Verstraeten, resume en imágenes y palabras la rara convivencia de estilos que define el perfil de la capital de los argentinos
Alicia de Arteaga
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23 de junio de 2002  

¿Francesa?¿Italiana? ¿Inglesa? ¿Española? ¿A qué maestros y a qué escuela europea responde la arquitectura de Buenos Aires?

A todos. Proyectada por profesionales descendidos de los barcos, la ciudad es un collage ecléctico, un rompecabezas de estilos en el que conviven la pasión porteña por la arquitectura francesa de la Ecole de Beaux Arts, el rigor británico en las construcciones ladrilleras de cuño industrial y las terminaciones barrocas de los italianos, sabios artesanos de las formas.

Recurso no renovable, el conjunto de edificios reunido en el libro Buenos Aires. Arquitectura y patrimonio busca un lugar en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que lo protegería para siempre de los desvíos de la especulación inmobiliaria.

En esa carrera, la del negocio rápido y la memoria lenta, se perdieron piezas únicas que hacían al acervo cultural de la nación. Como el silo de Bunge & Born, en Puerto Madero, considerado el elevador de granos de mayor prestigio internacional, borrado de un plumazo para dejar lugar a un nuevo emprendimiento. Walter Gropius, arquitecto de la Bauhaus, y el suizo Le Corbusier dejaron constancia en sus textos de la existencia de este asombroso ejemplo de la arquitectura industrial en el extremo sur del planeta.

El silo no está más. Tampoco está el edificio del viejo Banco Español en plena city porteña, modelo de la arquitectura bancaria del siglo XIX.

Sin embargo, Buenos Aires conserva soberbios ejemplos del popurrí de tendencias constructivas escrito con la lengua híbrida del estuco llamado piedra París. Textura típica de Buenos Aires, que vuelve armónico ese paisaje formado por retazos estilísticos.

Buenos Aires. Arquitectura y patrimonio es el documento que faltaba. Un cuidadoso relevamiento del eclecticismo porteño en sus más logradas expresiones. La cámara de Xavier Verstraeten congela el inconfundible perfil del Kavanagh; el hall del San Martín –testimonio de la mejor arquitectura modernista de los años 60–, las estaciones de Constitución y Retiro –británicas como los docks del puerto y las ladrilleras casas de los ferrocarriles–; el neocolonial Teatro Cervantes, réplica de la fachada de Alcalá de Henares, o el típicamente porteño Estrugamou, de Esmeralda y Juncal, que nació como casa de rentas y es hoy una dirección de alta cotización en el ambiente político y diplomático.

El texto del libro está firmado por Fabio Grementieri, arquitecto de la UBA, especialista en temas de patrimonio y responsable –con el estudio que integra– de haber devuelto el brillo original a los interiores y las fachadas del Palacio Bosch, sede de la embajada de los Estados Unidos.

Para los Verstraeten, este volumen de cuidada impresión es casi un asunto de familia. Xavier sacó las fotos y su hermano Francis, hombre del mundo financiero, patrocinó el proyecto que esperaba en las gateras tiempos de promisión.

Cuando el libro se presentó en el Centro Borges, los organizadores –bajo la batuta de Roger Alloua– proyectaron el documental que el abuelo belga de Francis y Xavier Verstraeten había filmado, en 1924, luego de visitar Buenos Aires. Un souvenir en blanco y negro para mostrar a sus amigos de Bruselas el esplendor de una ciudad lejana, misteriosa y llena de encantos.

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