Preeclampsia: un riesgo inesperado

Cande Palacios
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8 de julio de 2015  • 00:00

Por Lucía Antelo

Mi historia empieza hace unos años, cuando con mi marido, con el que llevamos casados un poco más de 6 años, decidimos ser tres. De ahí en más comenzó un camino largo: dicen que las cosas buenas se hacen desear y en nuestro caso fue así porque la llegada del tercer integrante de la familia fue complicada.

Por suerte somos personas perseverantes, cuando se nos mete algo en la cabeza no paramos hasta conseguirlo. Después de un tiempo largo de muchas idas y vueltas logramos embarazarnos y éramos los seres mas felices de la Tierra, pero la ilusión duró muy poco: a las 8 semanas perdimos a nuestro tan amado y esperado bebe. Nuestro mundo se derrumbó por completo, pero después de mucho sufrimiento nos volvimos a levantar y a los 3 meses quedé embarazada de nuevo. Al poquito tiempo me enteré de que tenía en mi panza a una mujercita, esa bebita que tanto había soñado y que llamaríamos Trinidad. Estaba feliz, porque además de ser mamá, soñaba con ser mamá de una mujer: pensaba desde cómo decorarle el cuarto hasta cómo vestirla y en lo compañeras que seríamos.

El embarazo venía bien, yo estaba feliz con mi gordita adentro. Soñábamos con el día en que nos conociéramos los 3 las caras. Hasta que de repente, a eso de la semana 20 (aproximadamente 4 meses y medio de embarazo), empecé a notar que se me hinchaban mucho los pies. Todos lo notaban y me comentaban, y si bien no es novedad que las embarazas se hinchan, yo estaba solo de 20 semanas, es decir, lejos estaba de parir, o por lo menos eso era lo que yo creía. Consulté al médico y en uno de los controles de las semanas siguientes me llevé la sorpresa de que padecía de presión alta. Inmediatamente me mandó a hacer reposo y me requirió un control exhaustivo de presión a diario. Fue a partir de ese momento que empezó la cuenta regresiva de 3 semanas en las que me hinchaba cada día mas. Me dijeron que padecía de preeclampsia, o sea que mi presión alta afectaba al riñón. Tenía bronca, tenía miedo. Tantas cosas había pasado para conseguir lo que quería y ahora el panorama se me complicaba con un embarazo de riesgo. Estaba en reposo y así y todo la presión seguía subiendo con medicación incluida. Hasta que un sábado de abril, el día anterior a Pascua, mi presión llegó a un pico de 18/14. Llamé al medico y me dijo que me fuera a la guardia de la Austral. Ahí mismo me internaron y me inyectaron corticoides para acelerar el desarrollo de los diminutos pulmones de Trini, ya que era probable que me hicieran una cesárea de urgencia porque era riesgoso para mí seguir teniéndola adentro, y para ella también. ¡Yo estaba tan solo de 6 meses! Tenía un miedo que nunca había experimentado en mi vida, ¡por mi bebita y por mí! Soñaba con otra entrada al hospital: entrar con mi bolso todo listo y mi gran panza y salir a los dos o tres días con mi beba e irnos a casa. Pero la realidad era que en este momento, lo único que deseaba era que todo pasara y que las dos estemos bien y a salvo. Todas esas ilusiones banales habían pasado a un décimo plano para mí. Venían cientos de médicos y me controlaban, revisaban, opinaban, discutían entre ellos qué hacer con nosotras. Hasta que me informaron que esa misma noche me pasarían a terapia intensiva porque estaba padeciendo una preeclampsia severa y tenían que medicarme con sulfato de magnesio para lograr estabilizar la presión y ver qué pasaba. Y como esa medicación requiere de cuidados intensivos (puede generar la baja de presión de golpe y generar un accidente cerebro vascular entre otras cosas), me pasaron a ese sector. ¡Imaginen mi terror! Pasé de estar en mi casa en reposo dentro de todo tranquila, a ese panorama espantoso.

Esa noche fue la peor de mi vida: la pasamos en terapia intensiva solos con mi marido sin saber qué nos deparaba el destino. Mi bebita pateaba adentro sin parar como queriendo expresar su pedido de ayuda. Al día siguiente, se decidió que Trini nacería de urgencia porque llegamos a un punto donde nuestras dos vidas estaban en riesgo, así que ese lunes 6 de abril de 2015 nació Trinidad, de 27 semanas de vida con 952 gr de peso. Una muñequita literalmente, en parte por lo linda que era y en parte por su tamaño. La preeclampsia, cuyo nombre no había escuchado en mi vida, me había llevado a ese desenlace en menos de 3 semanas sin siquiera haberlo sospechado.

Después de todo ese vértigo vivido, empezó otra historia en Neo. Trini ingresaba allí como una prematura extrema y tenía que terminar de desarrollar todo lo que le faltaba afuera de la panza. Estuvo dos meses en incubadora, un mes y medio con oxígeno, peleó contra una bacteria, luchó con el cierre del ductus, entre otras tantas cosas, hasta llegar a la semana 36 y dos kilos de peso, que para nosotros significaban todo. Pasamos un poco más de dos meses apoyando a nuestra pequeña gladiadora. Fueron días muy duros y agotadores pero de gran gratitud por otro lado. Cada avance de Trini para nosotros era la gloria, hasta que gracias a Dios, llegó el dia del alta. Nos íbamos a casa con nuestra beba. Todo lo vivido parecía mentira.

Trini nos demostró que a pesar de su tamaño diminuto, con sus enormes ganas de vivir y gran valentía se puede salir adelante. Acá en casa la esperaba todo el amor que uno puede acumular para un hijo. Hoy la disfrutamos las 24 hs y no podemos creer todo lo vivido. Trini es nuestro gran milagro y orgullo.

POR QUÉ ELEGIMOS ESTA HISTORIA

Si bien no mucha gente está al tanto de su existencia, la preeclampsia es una de las complicaciones más graves que pueden surgir durante del embarazo. Está asociada con la presencia de mucha proteína en la orina y con hipertensión o presión alta y se manifiesta por lo general en algún momento de la segunda mitad del embarazo, a partir de las 20 semanas. Es peligrosa porque puede afectar muchos órganos del cuerpo, como el hígado, los riñones y el cerebro.

Cuanto más intensa sea la preeclampsia y cuanto más temprano se manifieste en el embarazo, mayores son los riesgos para la embarazada y para el bebé. Por eso por lo general es necesario que el bebé nazca antes, como en el caso de Trini, la bebita de Lucía, ya que el único tratamiento de esta condición tan peligrosa es el parto. Una vez que nace el bebé, la presión de la madre se estabiliza y vuelve a la normalidad.

No hay muchas mujeres que sepan qué es la preeclampsia, la mayoría lo descubre una vez que la padece. Por eso nos pareció importante hablar del tema, para ayudar a que otras embarazadas lo detecten a tiempo.

¿Cuáles son los síntomas de la preeclampsia? Algunos de los más comunes son hinchazón en la cara o alrededor de los ojos. También cuando las manos, los pies o los tobillos se hinchan demasiado o de repente. Esta hinchazón se produce por la retención de líquidos, que además puede provocar que subamos muy rápido de peso. Por eso hay que avisarle al médico si sospechás que aumentaste más de 2 o 3 kilos en una semana, para que te controle. Otros síntomas son: dolor de cabeza fuerte o persistente; visión doble o borrosa; sensibilidad a la luz o pérdida temporal de la visión; molestias fuertes en la parte superior del abdomen y náuseas o vómitos.

Muchos de estos síntomas pueden parecer molestias normales del embarazo, e incluso puede pasar que no tengamos casi síntomas. Por eso es difícil darse cuenta si la padecemos, a menos que nos lo diagnostique un médico. ¡Es muy importante controlarse seguido y no faltar a los turnos con el obstetra!

¿Conocías la preeclampsia o a alguien que la haya tenido?

Esperamos que gracias a historias como las de Lucía, otras madres puedan reconocer los síntomas de la preeclampsia. Este tipo de relatos nos da la esperanza de saber que, a pesar de los riesgos implicados, puede salir todo bien si luchamos, nos cuidamos todo lo posible y acudimos a un médico ante cualquier síntoma que nos preocupe.

Gracias a todos por sus comentarios y por las historias que nos mandan.

¡Nos leemos la semana próxima!

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