Prepararme a distancia y de forma guiada, mi propia fórmula del éxito

Inés M. Guerin
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4 de febrero de 2017  

Hay un momento (sagrado) del día en el que me pongo las zapatillas y salgo a encontrarme conmigo misma. En mi opinión, existen pocas experiencias tan gratificantes como correr en soledad. Son esos instantes de silencio en los que mis pensamientos se aceleran con el avanzar de los pasos para luego quedar en suspenso, como si la mente durmiera mientras el cuerpo sigue andando. Empecé a entrenar a los 14 años casi por casualidad. Un día corrí diez minutos, al día siguiente me animé a quince y al final de la semana ya probaba una media hora. Al principio fue difícil, me agitaba y la respiración se descontrolaba mientras yo no sabía muy bien qué hacer. De a poco, me acostumbré y empecé a conocerme, escuchando mis latidos y respiración.

A los pocos meses llegó la primera prueba: una carrera de 5 kilómetros en el hipódromo de San Isidro. Estaba tan nerviosa... Recuerdo que me llevó mi papá en auto y me esperó en la llegada. No sé cuánto tardé en completar el recorrido (en ese entonces ni siquiera nos daban chips para medir el tiempo), pero me sentí una campeona.

A partir de ese momento, algo en mí había cambiado. Me lancé de lleno al running, sintiendo que participaba de un desafío eterno, donde el juego consiste en lograr mayores distancias, en superficies cada vez más variadas y descubriendo paisajes imponentes. Me di cuenta de que ya no podía seguir sola. Hasta ese momento, todo había sido muy intuitivo y en verdad había salido bastante bien. Sin embargo, llegó un punto en el que sentí que tenía que aprender de los que saben. Empecé a frecuentar un Running Team y me encantó la experiencia. Conocer gente que compartía la misma pasión y hacía comunidad fue todo un hallazgo para mí.

A pesar de lo dicho, no me fue fácil correr "en manada". La vida me fue llevando a vivir en distintos países y me regaló tres hijos que ponen a prueba mi energía. Así fue como encontré mi propia formula del éxito: entrenar a distancia con mi profe Virginia Galvez, uniéndome al grupo cuando puedo y lo necesito.

Sigo un entrenamiento con respeto, pero a sabiendas de que puedo adaptarlo las veces que sea necesario. Basta con levantar el teléfono o mandar un audio a mi profe contando cómo me siento: si esa noche dormí mal, si me duele el talón o la rodilla, o si simplemente estoy preocupada antes de una maratón de montaña que corro por primera vez. Ahí está ella, siempre dispuesta a exigir más o a aflojar cuando lo piden las circunstancias, a dar un consejo deportivo, una palabra de aliento o simplemente a compartir sus propias luchas de atleta y mamá. Juntas logramos un buen equilibrio: desafiar mis límites en forma guiada, sin perder esos momentos de soledad que tanto me hacen falta.

La autora es runner

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