Presencia de la posteridad

Guillermo Jaim Etcheverry
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3 de enero de 2010  

¿Qué sucedería si una explosión solar inesperada esterilizara a todas las personas que en ese momento se encontraran en la mitad de nuestro planeta iluminado por el Sol? Esa imaginaria catástrofe inspira a David Brooks, columnista de The New York Times, numerosas reflexiones acerca de las consecuencias que esto tendría, reflexiones que no resulta posible reproducir aquí.

En esencia, Brooks sostiene que si bien las personas continuarían casi normalmente con sus vidas durante un período prolongado, con el correr del tiempo aparecerían numerosos y perturbadores efectos, ya que, sostiene, nuestras vidas no sólo son individuales, sino que integran un todo con las de los muertos, las de los vivos y las de quienes aún no han nacido. La importancia de pensar en ese accidente, en el que estos últimos son eliminados, reside precisamente en recordarnos el poder que la posteridad ejerce sobre nuestra vida. La esperanza, la fe, le dan finalidad y le aportan significado. Además, un emprendimiento que justifique ser llevado a cabo, como el concretar cualquiera de los grandes ideales de la humanidad, resulta del trabajo acumulado de muchas generaciones. Todo gran proyecto responde al ansia de trascendencia que define al ser humano, basado en la convicción de que habrá próximas generaciones. Un científico, un artista, un líder político o social, piensan en la inmortalidad que les dará la fama debida a su logro.

Por eso, si las personas estuvieran convencidas de que su nación, su grupo, su familia, están condenados a no perdurar -sostiene Brooks- no se construirían edificios duraderos, no se crearían empresas, no habría compromiso con la preservación del medio ambiente, nadie ahorraría ni invertiría.

Esas reflexiones tienen la virtud de dirigir nuestra atención hacia la realidad de la sociedad en la que hoy vivimos y en la que observamos conductas que no parecen responder a ese convencimiento de que nuestro entorno está destinado a permanecer. La cultura de lo descartable, en la que nos introducimos velozmente, nos hace perder la dimensión de perdurabilidad de nuestros esfuerzos. Es como si pensáramos que, con cada uno de nosotros, la civilización no sólo comenzó, sino que también se acabará, lo que -por otra parte- no parece preocuparnos mucho. Por eso mismo, al no justificarse construir para el futuro, decidimos, por el contrario, vivir el aquí y el ahora. Esa sensación explica no sólo la exaltación del individualismo sino también el escaso interés por educar a las nuevas generaciones, dejándolas en un estado de infancia permanente, carentes de un horizonte de futuro. Es éste el que, al dar significado a sus vidas, los impulsa a participar en la construcción común de un mundo que está allí cuando llegaron y seguirá allí cuando lo abandonen.

Muchas otras apasionantes consecuencias extrae Brooks del imaginario accidente. Pero tal vez lo más significativo es que arroja esa poderosa luz sobre la trascendencia que para la construcción del presente tiene el futuro, sobre el hecho de que resulta imprescindible para la existencia misma del presente. Al no comprender esa dimensión de porvenir, el hoy pierde sentido y la civilización se detendría carente de grandes proyectos, de metas ambiciosas, de utopías realizables, de la sensación compartida de un destino común.

Brooks introduce un matiz optimista al afirmar que, en vez de sufrir tan fantasiosa catástrofe, fuimos bendecidos con el poder disciplinador de nuestra posteridad. Dependemos -dice- de esa fuerza poderosa, invisible e indescifrable que los millones de seres por nacer ejercen sobre nosotros, seres a quienes nunca conoceremos, pero que, como anticipamos su existencia, definen nuestro modo de vivir. Tal vez esa fuerza siga operando en los estratos más profundos de la conciencia de la sociedad actual. Pero los signos visibles de nuestro comportamiento cotidiano parecerían mostrar que ese poder de la posteridad se debilita aceleradamente.

El autor es actor y escritor

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