Preservar la cuenca, un cuidado necesario. Tributo a los yamanes, que vivieron de la pesca

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: Kalil Llamazares
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8 de septiembre de 2019  

El cielo estaba gris, hacía 3 grados bajo cero, pero no nevaba. Cuando me subí al auto en dirección a Harberton, la estancia fundada en 1886 por Thomas Bridges en Tierra del Fuego, sentí la alegría de volver a un lugar que quería. Si bien íbamos a Almanza, el pequeño puerto de pesca artesanal de centolla, mi corazón latía primero por Harberton, que había visitado por primera vez hacia 35 años en compañía de la bióloga Natalie Prosser Goodall, casada con Thomas Goodall, descendiente de Bridges. El hijo de Thomas, Esteban, escribió el libro El ultimo confín de la tierra, donde narra los recuerdos de su infancia. Toda la familia estuvo siempre relacionada con las culturas nativas de los yámanas, su idioma, arraigo y costumbres.

El canal Beagle, que une el océano Pacífico con el Atlántico, es un lugar de aguas prístinas, hábitat de los yamanes nómades, por más de 6000 años. Hacían sus canoas con la corteza del guindo o coigüe de Magallanes. Estas canoas utilizadas para la pesca y transporte de la familia llevaban siempre un fuego encendido adentro, atendido por los niños, los padres manejaban los arpones para cazar y eran las mujeres las que se tiraban a las aguas heladas para recoger las presas. Las niñas eran entrenadas desde muy pequeñas para tener resistencia al agua helada; se dice que algunas madres las sumergían recién nacidas o que tenían el parto en el agua.

En el camino hacia Almanza, en una escena patagónica, nos vimos retrasados por un camión que se había cruzado sobre el camino en una cuesta de hielo y nieve. Por suerte teníamos palas y logramos rodearlo con los autos llegando a Puerto Pirata, donde Diana y Sergio, pescadores artesanales, nos recibieron cariñosamente con amigos e hijo en un festejo de frutos de mar en el hermoso rancho calefaccionado por un barril convertido en estufa de leña, que hace las veces de comedor sobre el helado canal del Beagle.

Del otro lado se veía nítidamente Puerto Williams, en la isla Navarino, de Chile, que suma al canal otra comunidad de pescadores de hermosas y deliciosas centollas fueguinas. Tuve la suerte de salir al canal con ellos embarcado, a levantar algunas de las jaulas de centollas y erizos. De pronto me encontré navegando entre las olas, con un viento franco del oeste en un día helado, tirando de las sogas llenas de algas para subir a bordo las canastas, aproximadamente una docena de centollas en cada una. Horas después las estábamos comiendo sin condimento alguno. ¡No lo necesitan!

A bordo, Sergio llenó dos baldes con agua de mar; uno lo puso a hervir para cocinar las centollas. Una vez que el agua recuperó el hervor las dejó cuatro minutos y las enfrió en el segundo balde, para detener la cocción. La destreza de todos ellos en limpiarlas fue asombrosa: luego de quebrar las cáscaras con un pequeño pulsador de metal, fueron disponiendo en los platos del invitado la preciada carne que verdaderamente no necesita condimento alguno.

Fui a Ushuaia a protestar por las salmoneras que quieren instalar su operativa industrial en el canal. Abundan ejemplos en el planeta del daño irreparable, que les hacen estas industrias a las cuencas donde se instalan. Son jaulas del tamaño de una cancha de fútbol, que tienen la altura de un edificio de ocho pisos. Además de antibióticos y anilinas, los inevitables escapes de salmones van afectando la biodiversidad, trasladando enfermedades a las especies nativas. Asimismo, comienzan a cruzarse con los salmones salvajes, dañando la genética. Preservar la cuenca es parte del cuidado que el canal merece. En homenaje a los yamanes que, durante 6000 años, vivieron de la pesca y a un turismo limpio, tan importante para esta prístina región.

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