Prisioneros en cavernas virtuales

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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27 de octubre de 2019  

La modelo Miquela Sousa, mejor conocida como Lil Miquela, tiene 1.600.000 seguidores en Instagram. También compone canciones y unas 80 mil personas por mes las bajan a sus dispositivos tanto en audio como en video. Emergió en 2016 y ha trabajado, entre otras, para marcas como Prada o Coachella. Tiene 19 años, es morocha, de ojos claros y achinados, y usualmente lleva el pelo recogido en una cola de caballo y con un flequillo sobre la frente. En mayo último provocó revuelo en Estados Unidos cuando, en un anuncio de Calvin Klein, apareció besándose apasionadamente con su colega Bella Hadid. Mucha gente reaccionó considerando a la imagen como ofensiva.

Posiblemente, la mayoría de los ofendidos ignoraba, al igual que miles de sus seguidores, la verdad sobre Lil Miquela. Ella no existe. Al menos no como una persona de carne y hueso, cosa que sí ocurre con Bella Hadid. Lil es una figura virtual, un avatar, creada por Trevor McFedries y Sara Decou, fundadores de Brud, una compañía de Silicon Valley, meca del mundo virtual y digital. En cierto modo se la puede considerar una descendiente de los autómatas que imaginó el inquietante escritor Philip K. Dick (1928-1982) en relatos como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que en 1982 el director Ridley Scott convirtió en la película Blade Runner, un clásico que, como ocurre con los clásicos, intuyó el futuro. Lo que no consta hasta hoy es que Lil Miquela pueda hacerse las preguntas que atravesaban y angustiaban a los replicantes de Dick y Scott: ¿qué nos hace humanos a los humanos?, ¿qué nos diferencia de los androides desde el momento en que perdemos nuestros atributos, nuestra conciencia, nuestra moral, nuestra noción de sentido existencial? A la luz de estos interrogantes sufrían más los androides, que habían desarrollado conciencia como para comprenderlos, que los propios humanos, ya desangelados y automatizados.

Un androide virtual es más barato que un modelo real, genera menos problemas y tiene menos caprichos (o ninguno)

En un mundo cada vez más banal, como el actual, Miquela no accede a esas cuestiones filosóficas, ni las propone. En cambio, es una reconocida y muy buscada influencer. En lo esencial quizá nada la diferencia de los influencers de carne y hueso, que adquieren fama a partir de la nada misma o de algún escandalete, que no tienen atributos ejemplares para ofrecer y que, sin embargo, se reproducen a velocidad de conejos para incitar a legiones de seguidores a consumir lo que sea, pero consumir. Hecha de píxeles y diseñada para cosechar likes y orientar tendencias de consumo, como la describió la periodista Tiffany Hsu en The New York Times, es apenas la más famosa de una serie de influercers virtuales, entre los que ya se cuentan modelos asiáticos y africanos de ambos sexos, una avatar llamada Jedy Vales en el sitio porno PornHub y hasta un Coronel Sanders (legendario fundador de Kentucky Fried Chicken) que tampoco está hecho de carne y hueso, sino de pixeles. No es sorprendente si se piensa que a la corta un androide virtual es más barato que un modelo real, genera menos problemas y tiene menos caprichos (o ninguno). Hasta los oficios y las profesiones menos pensadas están hoy en peligro de extinción.

A la luz de todo esto, Platón sonreiría al ver confirmado su mito de la caverna. El filósofo griego sostenía que somos prisioneros en una caverna y estamos encadenados de espaldas a la entrada. Cuando algo cruza esa puerta o se detiene en ella, vemos su sombra proyectada en el fondo y confundimos esa sombra chinesca con la realidad. Pero vivimos de espaldas a la realidad, sostenía, aferrados a una mera ilusión, no a la verdad. Platón distinguía así el mundo físico del de las ideas. Hoy su alegoría explicaría de qué modo la manipulación tecnológica nos pone a espaldas de la realidad y de los otros, encadenándonos con ilusiones vacías. Vemos y seguimos a las Lil Miquela mientras nos alejamos de nuestros prójimos.

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