Probé una clase de Bikram Yoga y resultó ser una pesadilla

Crédito: Gentileza
Denise Tempone
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29 de marzo de 2019  • 13:02

En 2015 entrevisté a la extraordinaria Paloma Herrera. Ella había anunciado su retiro y todos queríamos saber cuál sería su rutina después de eso. Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez del Bikram Yoga. Paloma lo practicaba a diario y hablaba maravillas de la forma en que ese método cuidaba su cuerpo. El dato de que, a lo largo de su carrera, Paloma no había tenido ni una lesión, cubría su palabra de un manto de autoridad aún más admirable. Escribí la información en mi mente con una iridiscencia especial. Algún día iba a probarlo.

Por entonces, en Buenos Aires había uno o dos lugares que ofrecían clases de Bikram Yoga y eran más bien espacios excéntricos o mega especializados, no estaban al alcance de todos, así que me olvidé por completo. Fue recién cuando me mudé a Madrid hace algunos meses cuando el Bikram volvió a titilar en mi radar. En la capital española, el Bikram Yoga es el nuevo step. Bueno, tal vez exagero un poco, pero efectivamente se volvió una disciplina al alcance de cualquiera. Sólo en un radio de 7 kilómetros de distancia, hay al menos 35 centros cuyo acceso se hace aún más posible por el furor de las apps que permiten pases libres a decenas de escuelas de yoga, pilates y danza por precios fijos. Gracias a una de esas apps, yo estaba ahora esperando entrar a mi primera clase "calentita" de yoga.

"Me quiero ir ya"

Crédito: Gentileza

Se lo dije al profesor apenas di un paso en ese cuarto del infierno, espejado y para colmo, oscuro. Nunca imaginé que el Bikram llegaba a estas temperaturas. "Entre 40 y 45", me dijo él con una gran sonrisa. Me distraje del calor al notar que aunque perturbador, era lindo y estaba desnudo. En realidad no tan desnudo, una pequeña toallita le tapaba la entrepierna, aunque no tanto como para ocultar esa asombrosa rayita que se les forma desde los abdominales a la pubis, a los hombres entrenados. Las chicas y los chicos revoloteaban a su alrededor como mariposas atontadas. Él se subió a una pequeña cajita de madera, una suerte de plataforma - escenario y empezó a dirigirnos. La primera indicación fue para mi, la nueva: "Pase lo que pase durante la próxima hora y cuarto, no te podés ir", me dijo delante de todos. Automáticamente, quise salir corriendo. "No dejes que tu cabeza te juegue una mala pasada. Es por respeto a tus compañeros, nadie la pasa bien acá pero todos lo intentamos", me aclaró. "Bueno", le dije habiendo resuelto solo por eso, que ya no volvería a ver jamás. ¿Quién vuelve a un lugar del que no lo dejan salir?

El calor empezó a hacer lo suyo: un charco a mi alrededor

No sé cuánto idiomas hablaba el profesor, pero eran muchos, como cinco. Los mezclaba en las indicaciones. A veces usaba varias lenguas en una sola oración para acribillarnos con terminología yogui y explicaciones anatómicas y fisiológicas que francamente, a nadie podían importarle con semejante calor. Percibí ya en la primera tanda de las 26 asanas que componen la rutina Bikram, que había chicas disputándose su atención, listas para impresionarlo con lo que había que mostrar: capacidad de sufrimiento, autodominio, resignación, esfuerzo y claro, una presión a prueba de volcanes para no terminar vomitando en el salón frente al chongo. Muy pronto empezó a quedar gente fuera de pista, gente que se sentía mal pero no salía de ese horno "por respeto a sus compañeros". Mi presión estaba bien y cuando me concentraba en lograr las destrezas físicas que él pedía, casi me olvidaba del fuego que sentía al respirar, aunque a mi alrededor mi propio sudor hubiera formado un charco. Mentalmente, sin dudas estaba en lo máximo de mi concentración y si la evolución espiritual se mide por la capacidad de vivir el presente, entonces yo había logrado avances cuánticos: es muy difícil no vivir el aquí y ahora cuando te llevan al límite de lo físicamente tolerable.

La última media hora fue una tortura

Con varios compañeros sentados contra la pared limitándose a mirar, los que seguíamos en camino intentabamos cumplir una rutina que incluía muchos "cuerpo a tierra" ("cobras", en yoga), ahora al ritmo de los chasquidos del adonis que eran cada vez más rápidos. Mi elongación eso sí, nunca había sido mejor, mi cuerpo estaba totalmente flojo. Me pregunté cuánto de real tenía esta capacidad y si iba a poder mantenerla a una temperatura normal. En medio de esos planteos tuve una epifanía: ¿Cómo pude haber considerado saludable la rutina de una bailarina de altísimo, sublime, sagrado nivel? ¿De un ser mágico que pasó media vida con sus pies presionados por placas de yeso? "Paloma es un extraterrestre", pensé, perdiendo mi eje en el aquí y ahora. Basta, me quiero ir a mi casa a acostarme entre cubitos. Habían pasado 75 minutos cuando el profesor abrió la puerta. Misterioso, en vez de liberarnos lanzó un "pueden quedarse aquí si lo desean", desafiando otra vez mi capacidad de asombro. Fui la primera en salir.

Una escena digna de Trainspotting

Mientras miraba exhorta mi cara fucsia en el espejo del vestuario escuché el primer vómito cayendo en el pasillo. Minutos después vi correr una chica desde la ducha al inodoro. No llegó, vomitó, con la potencia de la protagonista del exorcista, un par de la baldosas antes. Sorprendentemente, yo era la única aterrada ante su descompensación. Fui a buscar al profesor y le dije que había chicas con lipotimia. Gentilmente él me explicó que eso no era lipotimia, que ellas "estaban liberando las malas energías". Volví al vestuario revoleando los ojos y lo comenté con tono irónico. Muchos de mis compañeros me aseguraron que era verdad. "Si no tuviste una vida prolija, si comiste mucho, bebiste o saliste de noche los días anteriores, acá sale todo", me dijeron orgullosos de su evidentemente pulcrísima rutina. ¿Vivir para no morir en Bikram? Paso, gracias.

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