¿Qué menú prefiere su ADN?

Científicos de la Universidad de California consideran que en diez años será posible establecer la dieta requerida por el mapa genético de una persona, con sólo analizar una muestra de sangre
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18 de mayo de 2003  

Es alrededor del año 2013. Usted se pincha un dedo, extrae un poco de sangre y la envía, junto con 100 dólares, a un laboratorio de genómica de California. Allí pasan su sangre por un espectrómetro, donde analizan sus proteínas. Comparan el resultado con el perfil de su ADN. Unos días más tarde, usted recibe un mensaje de e-mail con la dieta que se le recomienda durante las cuatro semanas siguientes. Y no está mal: mucho salmón, espinaca, suplementos de selenio, pan con aceite de oliva. Pero, por no estar seguro de si su suerte ha sido tan buena, usted llama a algunos amigos para enterarse de cómo es la dieta que les tocó a ellos. A un compañero de trabajo, griego, se le recomienda comer almejas, cangrejo, hígado y tofu... mucha vitamina B, para elevar sus niveles coenzimáticos. Y su jefe, que parece haberse ganado el premio de la lotería genética, debe dedicarse a ingerir enormes cantidades de manteca, carnes rojas y quesos refinadísimos.

Ninguno debe comer exactamente lo mismo que usted. Su dieta está hecha exclusivamente a su medida. Está determinada por las demandas específicas de su signatura genética, y equilibra perfectamente sus necesidades de micronutrientes y macronutrientes. Los días de enfermedad se han convertido en el vago recuerdo de una memoria confusa (que se trata ahora con extractos de ginkgo biloba y un cóctel de ácidos grasos omega 3).

"En última instancia, las personas tendrán atención constante", dice Wasyl Malyj, científico informático de la Universidad de California, donde trabaja en el Centro de Excelencia para la Genómica Nutricional. La posibilidad es realmente atractiva: si usted se encuentra, por ejemplo, entre la parte de la población cuyo alto nivel de colesterol no mejora gran cosa con la dieta, podrá seguir comiendo sus sándwiches de jamón. Ya no tendrá que gastar dinero en suplementos vitamínicos que no le causan ningún efecto, sino que tomará precisamente las vitaminas que necesita, y en las dosis precisamente correctas. Y existe la genuina posibilidad de prolongar su vida, posponiendo enfermedades a las que usted es naturalmente proclive, sin tener que comprar un solo libro de Deepak Chopra.

Esta es la promesa de la genómica nutricional, la segunda ola de medicina personalizada originada por el Proyecto Genoma Humano (después de la farmacogenómica, o drogas a medida). La premisa es simple: la dieta es un factor de gran importancia en las enfermedades crónicas, que son responsables, según se dice, de un tercio de casi todos los tipos de cáncer. Las sustancias químicas dietarias cambian la expresión de los genes y hasta el genoma. Y –ésta es la clave– la influencia de la dieta sobre la salud depende de la configuración genética de cada individuo.

¿Cómo funciona? Consideremos lo que ocurre, biológicamente, cuando ingerimos una comida. Hasta hace poco, casi todos los científicos pensaban que la función básica de la comida era una: ser metabolizada para proporcionar energía a la célula. De hecho, eso es lo que ocurre con la mayoría de los químicos dietarios, pero no con todos. Algunos no son metabolizados en absoluto; en cambio, en el momento en que son ingeridos se convierten en moléculas que se ligan a proteínas que alteran ciertos genes. Los expertos en nutrición genómica dicen que una dieta particularmente desequilibrada puede causar expresiones genéticas que nos empujan hacia la enfermedad crónica... a menos que se emplee una dieta inteligente precisamente diseñada para restaurar el equilibrio.

En este momento, existe gran revuelo en torno de la genómica nutricional. Hay un gran cambio en el enfoque científico de las enfermedades, ya que los científicos se inclinan cada vez menos a buscar respuestas en la naturaleza o en la nutrición, y más hacia la sinfonía interactiva de la biología sistémica, basada en la nutrigenómica.

Al mismo tiempo, esta nueva ciencia ha generado grandes controversias. La idea de la relevancia biológica de la raza se debate acaloradamente. Pero el presupuesto que afirma la existencia de indicadores genéticos que distinguen a un grupo étnico de otro constituye el núcleo filosófico de la nutrigenómica.

Demos un ejemplo: si usted procede de ancestros del norte de Europa, probablemente pueda digerir la leche, pero no le resultará sencillo si nació en el sudeste asiático. En casi todos los mamíferos, el gen de tolerancia a la lactosa se anula cuando el animal madura más allá de su período de lactancia. Los humanos compartían esa característica... hasta que, hace alrededor de 10.000 años, una mutación del ADN de una aislada población del norte de Europa produjo una tolerancia adaptativa de la leche rica en nutrientes. La posibilidad de que usted tolere la leche depende del grado de sangre noreuropea que corra por sus venas.

"En esencia, ése es el modelo –dice Jim Kaput, fundador de la empresa biotecnológica NutraGenomics–. A medida que los humanos evolucionaron, y que nuestros cuerpos interactuaron con alimentos en cada continente, hicimos una suerte de auto-selección de estas variantes que ocurrían naturalmente. Y ciertas poblaciones tienen variantes que, ante la comida típicamente occidental –rica en grasas y calorías y excesivamente procesada–, terminan por impulsarlas hacia la enfermedad y no hacia la salud."

Existen muchos ejemplos del desacuerdo entre ciertas culturas y ciertas dietas, que demuestran la interacción entre los genes y la nutrición: los japoneses que fueron trasladados a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial muy pronto elevaron sus niveles de colesterol. Los inuit de Alaska, cuyo metabolismo estaba perfectamente adaptado al movimiento constante y a la comida rica en grasas, sufrieron una súbita desventaja evolutiva cuando empezaron a vivir en hogares calefaccionados y a desplazarse en vehículos, y ahora padecen altos niveles de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Los masai, del este de Africa, desarrollaron nuevos problemas de salud desde que abandonaron su tradicional dieta de carne y sangre y leche por el maíz y los guisantes.

La cuna de la nutrigenómica es la cuna misma de la humanidad: la migración original, desde Africa, creó subpoblaciones muy diferentes con distintos grupos de variantes genéticas. Los miembros de cada subpoblación tienden a responder de manera semejante a la dieta y las condiciones ambientales. Pero la genética en una raza es una ciencia inexacta. Y como hay mucha gente cuyos antecesores proceden de distintos continentes, los datos no suelen identificarse claramente. Es decir, la etnia es un factor importante para la nutrigenómica, pero sólo como punto de partida. Así, la idea de dividirnos por raza para consumir una dieta coherente con la dieta continental original no resulta muy útil.

Kaput estima que el 60% no necesita desviarse demasiado de la dieta básica, rica en frutas y vegetales, que recomienda el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Sólo el 40% podría beneficiarse con las dietas personalizadas: el 20% situado en el tope –que no necesita preocuparse demasiado por lo que come– y el 20% de la base, que responde de manera desastrosa a las dietas convencionales, por lo que debe seguir dietas especiales o consumir suplementos específicos.

¿Y cuánto tiempo pasará, cuándo estará lista la nutrigenómica para consumo público? Incluso muchos de los que tienen fe en esta ciencia aceptan que la enorme complejidad de la interacción entre los genes, y entre los genes y el medio ambiente, constituye un verdadero desafío. Como concepto aplicable, puede faltarnos aún una década o dos para comer según el genotipo de cada uno.

Para que la nutrigenómica logre concretar su potencial, habrá que reunir enormes bases de datos de perfiles genómicos étnicamente diversos, a partir de los cuales los científicos puedan inferir patrones genéticos.

Pero eso plantea un nuevo problema. Una vez que nuestros genotipos se encuentren en los bancos de datos, ¿cómo nos aseguraremos de que nadie los venda a los empleadores o a las compañías de seguros?

Para saber más: www.nutrigenomics.com/newsevents.htm

En la Argentina, un universo por explorar

Para consuelo de muchos, la ciencia descubrió que, muchas veces, comer mucho o moverse poco no son las únicas causas de la obesidad.Muchas particularidades genéticas son obvias, como el color de la piel o la altura, pero hay otras que no son tan evidentes, como la respuesta a un medicamento o la tendencia a determinadas enfermedades."Se está empezando a cruzar información genética con características fenotípicas de la persona, como la talla y el peso, y de esa información surgen correlaciones que permiten descubrir el origen de muchas enfermedades o adicciones", explica el doctor Marcelo Rubinstein, investigador del Conicet, profesor de la UBA e investigador de la genética del cerebro."Por ejemplo, se puede ordenar por peso una población y estudiar qué genes diferentes tiene el 10% más pesado. Con esa información se demuestra estadísticamente que tales personas con tales polimorfismos son obesas", dice Rubinstein.Según los especialistas, hay genes candidatos a la obesidad que están vinculados con el control de la ingesta y el metabolismo.Pero el estudio del mapa genético es una disciplina muy nueva que, por ahora, sólo permite comparar datos y descubrir qué genes tienen en común quienes sufren el mismo mal.Según el doctor Jorge Braguinsky, director del posgrado de Nutrición de la Universidad Favaloro, los especialistas en nutrición locales están más interesados en el estudio del metabolismo de las personas que en su ADN."Hay procesos metabólicos y enzimáticos que pueden determinar que una persona sea obesa o no. Este año se hicieron grandes descubrimientos y se comprobó que en muchos casos la obesidad no tiene que ver con quemar más o menos grasas o comer más o menos comida", explicó el médico.

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