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¡Qué parto! No llegaron al hospital y tuvieron a sus hijos solas

Verónica De Martini
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10 de diciembre de 2019  • 14:21

Ellas tenían todo organizado: obstetra, partera, sanatorio en el cual iban a parir y bolso armado, pero sus bebés las sorprendieron al llegar a este mundo de otro modo.

En la bañadera de su casa

Chula Esteves estaba de 40.2 semanas cuando la revisaron y le dijeron "está muy verde. Vas a tener que venir en una semana y te internamos para una inducción". Antes de irse le desprendieron las membranas para ver si así empezaba con el trabajo de parto. Se fue enojada a su casa, quería que nazca su bebé pero no tenía ni siquiera una contracción. En ese estado de malhumor se fue a dormir cuando una fuerte contracción la despertó a las 5:30. Se levantó y empezó a armar el bolso para dejar a su hija de 2 años en la casa de sus padres camino al hospital. Le tomó cinco minutos hacerlo y llenó la bañadera para relajarse por las contracciones que estaban empezando. "Cuando me estoy metiendo me vino una contracción zarpada y grité, en ese grito se despierta Pablo, mi marido. Yo no le había dicho nada porque recién empezaban las contracciones. Cuando él vino yo había entrado recién a la bañadera y sentía la cabeza asomando. Pablo me quería levantar pero yo no lo dejaba del dolor que sentía, ¡imagínate!. En ese momento llama a su mamá, le dice que necesita ayuda y suelta el teléfono porque tuve otra contracción en la que al pujar salió Toribio. Pablo acompañó con sus manos al el bebé que hizo él solo un giro abajo del agua y subió por mi panza. Con una toalla lo frotaba como recordaba que habían hecho en el primer parto", recuerda Chula del momento del nacimiento de su segundo hijo.

Chula Esteves y su familia hoy
Chula Esteves y su familia hoy

En ese momento apareció en el baño su hija que miró la escena y se fue al cuarto. Entonces Pablo la buscó, le contó que nació su hermanito y se lo mostró, "ella re tranquila con la situación, como si fuera re natural lo que estaba viviendo", cuenta Chula.

"Yo estaba re tranquila, no sé si de shock o de que la vida cuando te pone esas cosas te hacer dar cuenta que no te queda otra, entonces en mi interior iba pensado ¿lloró? Y listo. Me lo pongo a mamar y ahí tosía y escupía el líquido amniótico", cuenta Chula que iba haciendo una especie de check list para quedarse tranquila de que su hijo estaba bien.

Salí de la bañadera, me cambié y llegó mi suegro con mi cuñado y yo seguía tranquila. Pero cuando llegó el papá de mi mejor amiga que es médico neumonólogo y vive a dos cuadras, me abrazó y ahí me aflojé, le dije "Yo no quería hacer esto, no piensen que lo hice a propósito" y me dijo 'ya está, el bebé está bien, relájate, si querés llorá' y ahí como que me aflojé toda", relata Chula. Él luego él pidió un hilo y una tijera para cortar el cordón. Llegó un pediatra de la zona que se llevó al bebé al cuarto, lo revisó y mientras tanto sacaron la placenta y la metieron dentro de una bolsa.

"Bueno, por más de que este todo bien tenés que ir a que te revisen porque ninguno es obstetra", les aconsejaron. Así que su suegro se llevó a la hija mayor y el resto de la familia partió en ambulancia hacia el hospital.

Chula cuenta que eran las seis de la tarde y su marido aún seguía llorando por la emoción de lo vivido. Días después las distintas versiones de cómo fue el nacimiento de Toribio empezaron a circular entre amigos y conocidos.

"Yo estaba con mucha adrenalina y super feliz de que había salido todo bárbaro, estaba muy agradecida. Sentía que no fue casualidad que haya sido en ese horario, que hayan venido esos médicos, fue de Dios esa ayuda. Los días después sentíamos que habíamos sido bendecidos en que todo se haya dado así y porque termino muy bien, nosotros no estábamos preparados para eso, si antes me lo decías yo te hubiera dicho que no, no podría haberlo hecho", cuenta emocionada esta mamá que tuvo a su hijo bajo el agua.

Sola en el asiento del auto

Agustina Cura se preparó para su segundo embarazo tal como lo había hecho en el primero: desde la semana 15 se movió al ritmo de la música en las clases de Vero Macri, su gurú de la maternidad como le gusta llamarla y siguió practicando yoga con su maestra Candelaria Llamazares. "Creo que estas dos preparaciones fueron fundamentales para experimentar el parto que nos tocó vivir, yo realmente quería parir con la menor intervención posible, sin anestesia y respetando los tiempos de mi bebé y de la naturaleza. Lo que sucedió fue puro instinto mamífero y amor, y pude disfrutarlo tranquilamente porque estaba preparada, informada y empoderada.", analiza Agustina dos meses después del parto inesperado que le tocó vivir.

Agustina Cura
Agustina Cura

El jueves 7 de noviembre a la 1 de la madrugada la despertó la primera contracción molesta. Empezó a contarlas con una aplicación del celular y notó que duraban un minuto pero que eran disparejas en cuanto a la frecuencia: eran cada 20, 30, 15, 40 minutos. Casi sin pensarlo, preparó la vianda de su hijo mayor para el día siguiente, se bañó y guiada por un instinto animal armó su espacio de trabajo de parto en la habitación de al lado: lámpara de sal, almohadilla de lavanda, botella de agua y una alfombra para ponerse en cuatro patas y atravesar las contracciones. Cada vez que venía una contracción Agustina respiraba lenta y profundamente cuatro veces y cuando llegaba la calma se dormía hasta la siguiente contracción que no eran dolorosas sino molestas y la acompañaron hasta el amanecer, "disfruté de ese momento íntimo con mi bebé", recuerda.

Lo despertó a Sebastián, su marido, y le contó que había estado toda la noche con contracciones e ideó un plan: él llevaba al hijo mayor al jardín y al volver la llevaba al hospital en Capital Federal, como era hora pico y ellos viven en Zona Norte calculó que tendría una hora de viaje.

"El plan funcionó a la perfección hasta que partieron: apenas mi mente supo que mi cachorro mayor iba a estar en el jardín, cuidado y con su rutina de juegos de cada mañana, las contracciones subieron su intensidad y se disparaban cada 2 o 3 minutos. A partir de ahí fue una avalancha. Cuando Seba llegó le dije: "Nos vamos ya al Hospital Alemán". Conservaba la calma pero ya había un sentido de urgencia. Al salir de casa rompí bolsa, pusimos unos toallones en el asiento y me subí al auto arrodillada mirando hacia atrás. Sentí necesidad de pujar en ese instante. Supe que no había forma de llegar a tiempo al hospital donde habíamos planeado que naciera Bruno. Quise volver a meterme adentro de la casa y parir en mi cama pero Seba, más pensante, me subió al auto nuevamente y manejó a toda velocidad dando bocinazos hasta llegar al hospital más cercano a 20 cuadras.

Agustina Cura
Agustina Cura

Mi piloto de Fórmula 1 tiró el auto sobre la vereda y me preguntó si podía caminar. Chequeé: "No, le toco la cabeza". Él salió corriendo a buscar un médico. Yo me quedé quieta, con mi mano izquierda sosteniendo la cabecita de mi hijo. Cuando comenzó la siguiente contracción, sentí como Bruno acomodaba sus hombros para salir, así que con mi mano derecha acompañé su espaldita mientras nacía, y lo puse en mi pecho. Fue un instante único e imborrable: había soñado desde hacia meses con sentir su cuerpito gelatinoso, la temperatura y su olor a recién nacido. Enseguida se asomó Seba al auto y me vio sentada en el asiento del acompañante con un bebito a upa envuelto en una toalla, lloriqueando y buscando teta. "Ya llegó", le dije con una serenidad y felicidad plena. Nos abrazamos los tres mientras el auto se llenaba de gente alrededor: médicos, personal de seguridad, pacientes, transeúntes, ¡de todo!", cuenta Agustina.

Les llevó algunos días procesar lo vivido: cuando la razón volvió a conectarse empezó a sentir miedo de cómo habían sucedido las cosas, se abrazaron, lloraron y agradecieron. Pasado el shock volvió la sensación de llevar grabado para siempre un parto inolvidable.

En el living de su casa

Un mes atrás, en la semana 39.4 de su segundo embarazo, Cynthia Dabul fue a ver a su obstetra, le hizo tacto sin desprendimiento de membranas y le dijo que tenía dos de dilatación, su hijo Nehuén podía nacer ese día o una semana después. Si bien siempre le había parecido linda la idea de parir en su casa adentro del agua, nunca se animó y entonces, en ambos embarazos consiguió un equipo médico acorde a sus pedidos de tener la menor intervención posible.

Esa misma noche sintió dolores en el bajo vientre similares a los de una menstruación pero con mayor intensidad. Ya había pasado por un parto y sabía distinguir que estas no eran contracciones. Se fue a acostar y rompió bolsa. Se aseguró que no hubiera sangre ni meconio, le avisó a su marido para que llame a los suegros y busquen a Suri, su hija mayor, porque sabía que se venían unas horas intensas de trabajo de parto. Llamó a la partera, y quedaron en volver a hablar en una hora para coordinar en qué momento ir al hospital, mientras tanto Cynthia tendría tiempo de darse un baño, esperar a que sus suegros busquen a su hija. Todo con la tranquilidad de saber que aún no eran contracciones de parto: no duraban más de 15 segundos, no eran regulares ni rítmicas.

Cynthia Dabul y su familia
Cynthia Dabul y su familia

Su hija se fue con sus abuelos, Cynthia se apoyó en la pelota de yoga, su marido le hizo masajes en el sacro hasta que llegó una contracción diferente: "Sentí como que me partió al medio, me cambió la sensación y me dieron ganas de pujar" recuerda Cynthia. Su marido le dijo "No, para, llamala a la partera". Todavía no había pasado una hora desde la última vez que habían hablado, llamó, le explicó que su mujer quería pujar y que la iba a llevar en ese instante al hospital.

Nervioso, empezó a agarrar lo primero que encontró a mano e ideó un plan: llevar todo al auto, dejarlo ya prendido y ahí buscarla a ella. "Mientras pasaba eso a mí se me pasaron las contracciones y bajé las escaleras sola. Cuando llego abajo me viene una contracción super poderosa entonces me subo a un sillón que tengo en el living, me agarro de la parte de atrás y justo ahí entra mi marido y le digo: "Llamá a la partera de nuevo, ponela en altavoz y vení a atajar a tu bebé que se me sale ya". Tiró todo lo que tenía en la mano, puso el teléfono en altavoz y yo le dije "y va a ser muy resbaloso, agarrá algo porque se va a resbalar". Agarró unas toallas y dice "va a nacer ya, ya lo veo", hice un primer pujo y salió la cabeza entera y lo escucho a mi marido que dice "Hola Hijito, me estás mirando", super emocionado. La partera dice por el altavoz que siga pujando y yo le decía a mi marido "no tires, sostenelo que si sigo pujando ahora me voy a desgarrar". Dentro de la locura yo estaba super racional. Cuando me vino la siguiente sensación de pujo hice un pujo largo y salió entero, y la partera dijo "ya está, lo tenes, que se lo ponga en el pecho". Después supimos que ella estaba en la autopista y se había detenido a un costado para hablar con nosotros", cuenta Cynthia.

"Fue maravilloso porque fue mucho mejor que cualquier cosa que uno puede planificar. Nehuén significa fuerza en mapuche y lo empezó a demostrar desde el momento del nacimiento rompiendo todos los parámetros y todas las estructuras que uno trae. Cuando nos acostamos al ratito de que había nacido, llamamos a mis viejos, hicimos video llamada para que se queden tranquilos pero teníamos un shock hormonal que no podíamos dormir. Fue increíble estar en casa y acostarnos juntos en familia", concluye Cynthia.

El después inmediato

Después de la emoción inicial, y los tres relatos coinciden, desde el momento en que llega la ambulancia la situación se torna estresante. Y una vez en el sanatorio la situación ya no es tan linda: tuvieron que dar explicaciones y convencer a los médicos de que no era a propósito que habían parido en sus casas y hacerse estudios que incluían la separación de la madre y el bebé. "El 95% del plantel de la institución nos maltrató por las decisiones que habíamos tomado", dice Cynthia Dabul que también cree que en algún momento, hayas ido enseguida a la clínica o no, las instituciones "te hacen pagar" el hecho de haber tenido a tu hijo en tu casa. La otra cara de una experiencia vital.

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