Quedó viuda con trillizos y una beba y salió adelante gracias a su fuerza de voluntad

Jimena Barrionuevo
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17 de abril de 2019  • 15:07

La vida de Lucía Díaz (34) no había sido precisamente la de un cuento de hadas. Es más, todavía se estaba rearmando, pedazo a pedazo, de un duro golpe que le tocó enfrentar de forma inesperada. Pero no estaba dispuesta a bajar los brazos, ni mucho menos dejarse afectar por palabras y prejuicios de quienes no estaban en sus zapatos.

Trabajaba en los medios de Villa María, en la provincia de Córdoba, cuando se enteró de que estaba embarazada... ¡Y de trillizos! "La gente siempre me pregunta cómo reaccioné cuando me enteré que eran tres. Y la verdad es que me puse muy feliz. Principalmente porque no tenía ni idea cuánto salía un paquete de pañales, así que en ese punto mi inconsciencia me jugó a favor. Pasé 32 semanas hermosas, aunque confieso que a lo último ya no podía ni dormir ni caminar prácticamente".

El triple parto

A los cuatro meses de embarazo, el médico concertó para Lucía una cita con el director de la clínica en donde nacerían los bebés para que le mostrara cómo era el área de neonatología. Allí pasarían su primer mes de vida los trillizos hasta recibir el alta. "Tenía una panza a punto de explotar. Por un lado quería que nacieran ya, pero sabía que mientras más tiempo pasaran en mi panza, era mejor para ellos. Mi marido Emi me despidió con un beso en la puerta del quirófano. Tuve miedo unos segundos, hasta que el doctor entró triunfal a la sala de partos y me invadió una sensación de paz y seguridad. Recuerdo que me los acercó uno a uno para que pudiera besarlos. Yo estaba realmente impresionada porque eran muy pequeñitos. Después me dormí".

Los primeros días fueron angustiantes. Volver a casa, sin panza y sin bebés, fue lo más duro. Tenían tan solo dos horas por día para verlos. Lucía tampoco pudo darles el pecho a sus recién nacidos: "Por un lado, porque no tenía ningún tipo de información al respecto ni nadie que me guiara. No sabía ni cuáles eran los derechos de mis hijos y míos respecto a este tema y tampoco sabía muy bien qué hacer. Intenté amamantarlos pero estaban aún muy débiles y cada vez que los prendía al pecho sonaban todas las alarmas. Entonces comenzaron a tomar leche por sonda y ya después fue muy difícil lograr que se prendieran a la teta. Al principio no sabían succionar por la propia prematurez, pero con estimulación lo fueron logrando poco a poco".

Para Navidad, León y Pedro tuvieron el alta, pero Martín quedó internado. Fueron días con un sabor amargo: mientras la familia brindaba, uno de los bebés aún se recuperaba en la clínica. Finalmente en año nuevo, el chiquito pudo sumarse a los festejos y desde ese momento ya todos se quedaron en la casa. "La primera etapa de los trillizos en casa fue muy dura. Por momentos no tengo claro qué pasó. Tengo vagos recuerdos de esos momentos en los que no nos daban ni el cuerpo ni las manos para atenderlos. Lloraba uno, lloraban todos. Querían comer todos en el mismo momento".

Embarazo inesperado

Cuando los chicos cumplieron siete meses, estudios mediante, Lucía confirmó que los mareos, la fatiga, el sueño constante y las náuseas que la acompañaban hacía ya un tiempo tenían 18 semanas y se movían como peces en el agua. "¿Serán trillizos de nuevo? ¿Mellizos? ¿Qué vamos a hacer? En el fondo sentíamos terror de conocer las respuestas. Al día siguiente fui a ver a mi obstetra, que me tranquilizó y me aseguró que era un sólo embrión. Aunque el embarazo no estaba indicado por mi reciente maternidad, mi cuerpo sano y generoso cuidaría a este nuevo bebé hasta el momento de salir a conocer el mundo".

El momento más difícil

Pero una noche la felicidad se derrumbó. Emiliano la despertó en medio de la noche. Se sentía mal. Y a los pocos minutos se descompuso. Lo que siguió fue devastador. Emiliano había tenido un ACV y todos los días el parte médico era distinto. "Un día nos daban esperanza y al día siguiente todo empeoraba. Yo sentía que él no me iba a dejar. Siempre me había protegido, sentía que no sería capaz de dejarnos. Después de todo éramos la familia que siempre había(mos) soñado tener. Cada día cuando entraba a terapia le hablaba y le exigía que se pusiera bien, le contaba que los chicos lo estaban esperando en casa, le pedía que abriera los ojos", recuerda Lucía.

Se habían conocido en la universidad. Lucía estudiaba Diseño y Producción Audiovisual en la Universidad Nacional de Villa María y Emiliano era su profesor de cámara . En ese entoces, él vivía en Buenos Aires, donde desarrollaba su labor como colorista y post-producción y viajaba cada viernes a Villa María a dar clases. Era 13 años mayor que ella. "Primero fuimos tan solo profesor y alumna, luego fuimos amigos por varios años y más tarde nos pusimos de novios. Nos conocíamos mucho para ese momento, tanto que yo le conocía todas las ex novias y hasta alguna vez lo consolé por un desamor".

Pero el destino quiso que sus vidas tomaran rumbos distintos. Había pasado un mes de la internación y finalmente Emiliano abrió los ojos. Allí estaba Lucía, emocionada. "El abrió los ojos y yo también, porque pude ver por primera vez después de tantos días lo que realmente estaba pasando y entonces le dije que si ya estaba cansado, estaba ok, que yo me iba a ocupar de todo. De alguna manera siento que él me escuchó, porque esa noche falleció. Un día más tarde una amiga me hizo notar que se había ido el Día de Santa Lucía (Lucía es mi nombre aunque desde que él me bautizó Lula todos me llaman así), así que lo tomé como un gesto de amor".

Después de la tormenta

Lo que siguió fue difícil para todos, especialmente para Lucía que no encontraba palabras para explicar a sus hijos de 5 años lo que significaba la muerte. "La situación económica, que era complicada, me obligó a buscar ingresos extras y ahí comencé a emprender. Trabajar tanto me ayudó a sobrellevar esta etapa. No paraba nunca, los fines de semana cuando los chicos iban de la abuela lloraba todo lo acumulado en la semana. Aunque nunca les oculté mis momentos de tristeza a mis hijos, cuando me encontraba en soledad recién podía dimensionar lo que había pasado".

Lucía tuvo que dejar la casa donde vivía y se instaló en una más pequeña, que le alquilaban unas amigas. "Ahí estábamos tan apretados como necesitábamos estar en ese momento, todos juntos para reiniciar nuestra vida". Lucía vendió ropa, alfajores, organizó ferias y lentamente todo se fue acomodando. "Un día me di cuenta que desde mi lugar podía contagiar a otras mujeres y animarlas a tomar coraje para cambiar sus vidas, a ser felices con lo que hay, porque pese a todo siempre hay motivos para ser feliz. Además con una amiga (Laly Fernández) fundamos el Círculo de Mujeres Emprendedoras. En este espacio brindamos contención y capacitación, para ayudar a otras mujeres a gestar o hacer crecer sus emprendimientos".

Después de todo este proceso tan doloroso, de reencontrarse con su lado más luminoso y oscuro a la vez, y de reconocerse de una manera diferente, en una versión que ni ella sabía que existía, Lucía volvió a formar pareja. "Yo me sentía merecedora de amor. Si me quedaba sola estaba bien, porque me había dado cuenta de que llevarme bien conmigo misma era un buen negocio. Pero aún así, en el fondo, sabía que algún día alguien se iba a enamorar de mí, con hijos y todo, porque para mi ellos nunca fueron una carga, por el contrario, son mi gran orgullo, lo mejor que hice".

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