Quise adoptar un gato y resultó ser un demonio

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Inés Pujana
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3 de abril de 2019  • 15:56

Me acababa de mudar sola a un monoambiente. Lo había decorado primorosamente, con muebles a medida y una paleta de colores engamada. Amaba pasar tiempo en casa, cuidar mis plantas y cocinarme en mi minicocina. Y un día, como buena bichera que soy, se me ocurrió que lo que le faltaba a mi hogar para ser perfecto era un poco de calor animal. Amo los animales con toda mi alma, hasta los que al resto le parecen repulsivos, y en general -salvo contadas excepciones- no les tengo nada de miedo. Me crié en el campo y entiendo a la perfección que no hay animales verdaderamente "malos", solo animales que siguen su instinto o que sienten miedo. Si bien en casa de mis padres siempre había tenido un perro de buen tamaño, el monoambiente no me daba muchas opciones, e inmediatamente me incliné por un gato. Había convivido mucho con ellos en el campo, en donde se paseaban libres de un lado a otro, cazando pajaritos y ratones, y entrando muy pocas veces a la casa, solo a buscar comida o mimos, que agradecían ronroneando non-stop.

Mis requisitos

Si bien me atraía mucho la idea de tener un gato, sentía que me faltaba conocer la dinámica particular del día a día con uno, por la que se adueña del lugar y domestica a su "amo", como me habían contado muchos fanáticos, entre ellos dos de mis mejores amigas, a quienes enseguida pedí consejo. Una de ellas, "madre" de 4 felinos, ante mi temor de que el nuevo inquilino arruinara todos los muebles, me sugirió la idea de adoptar un gato adulto que ya estuviera domesticado, así me ahorraba sorpresas de carácter y otros vicios. Me encantó la idea de darle un hogar a un viejito. Inmediatamente me puse en contacto con una sociedad protectora de animales y, después de contestar una larguísima serie de requisitos, me puse en lista de espera. Yo solo tenía dos requerimientos: que no destrozara plantas (algunos lo hacen) y que fuera manso. Nada más. Mi novio y ahora marido, además, no era muy fan de los gatos, y dado que íbamos a estar todos en dulce montón en el monoambiente, era mejor que el nuevo miembro de la familia fuera medianamente amistoso.

Primer contacto

Finalmente llegó el día: me mandaron la foto de un gato gris atigrado de pelo largo, con botitas blancas y bigotes eternos. Lo amé inmediatamente y accedí sin perder un segundo. Aparentemente su dueña había quedado embarazada y "ya no podía tenerlo". Cuando se lo conté a mis amigas gateras, algo les hizo ruido: "Qué raro que se deshaga de su mascota por tener un hijo", opinó una de ellas. Y ahí quedó el comentario, picando. Yo por mi parte pensé que sus razones tendría y, sin darle muchas vueltas al asunto, seguí adelante con la idea de adoptar a Wilson, como ya había decidido bautizarlo.

Me lo iban a entregar la semana siguiente, por lo que hice instalar una red en mi balcón y compré múltiples insumos: una caja rosa, palita, varios chiches, un rascador, un comedero, alimento balanceado y piedritas como para un año. Para cuando llegó el día, tenía todo listo: vinieron a mi casa la protectora de animales junto con la dueña del minino, que traía a su mascota en una cajita y no paraba de llorar a moco tendido. Me dio una pena infinita y le dije que se quedara tranquila, que yo lo iba a cuidar con todo el amor del mundo. Le pregunté cada cuánto podía llevarlo a la veterinaria a cortarle las uñas, y me contestó que "cada dos meses", más o menos. No hizo muchos más comentarios y yo asumí que era por la emoción de desprenderse de un animal querido.

Una vez que comprobaron que mi casa estaba en orden, partieron y yo me dediqué a hacerme amiga de Wilson. Con mi novio decidimos dejarle la caja abierta para que saliera cuando quisiera, pero se ve que estaba tan asustado que ni pensaba hacerlo, y se quedó ahí dentro hecho un bollito. Yo, mientras tanto, puse música serena y le dejé cerca sus piedritas, un bebedero y un plato con algo rico, por si le daba hambre. Pero ni se mosqueó. Las siguientes 24 horas las pasó metido en la caja, sin salir ni emitir sonido. Al día siguiente salimos a pasear, y cuando volvimos lo encontramos debajo de la cama. "Bien -pensamos-, ya se está amigando con el lugar". Pasaron otras 24 horas y seguía ahí, inmóvil entre mis valijas de ropa de invierno. Decidí seguir dándole su espacio. Ya nos íbamos a hacer amigos.

La hilacha

La siguiente noche mi novio se fue para su casa y yo me quedé sola con mi nuevo inquilino. Me preocupaba que todavía no hubiera comido o tomado nada, pero, para mi sorpresa, en el momento en que apagué la luz y me fui a dormir, Wilson salió de su escondite debajo de la cama. Lo escuché comer algo y tomar agua, y hasta usar las piedritas, todo un logro. Con tan felices novedades, me dispuse a dormir. Hasta que pasó lo imprevisto. Ya estaba semiinconsciente cuando de repente sentí "una presencia" cerca de mi nuca. Me incorporé de golpe para encontrarme con dos ojos brillantes que me miraban fijo desde el extremo de la cama. Casi se me escapa el corazón por la boca. Pero racionalicé lo que pasaba y me tranquilicé pensando que Wilson también tenía que familiarizarse conmigo y seguramente solo necesitaba olisquearme un poco. Le hablé suavecito y le dije que se quedara tranquilo, que de a poco nos íbamos a ir conociendo. Volví a apagar la luz y me dispuse nuevamente a dormir. En eso estaba cuando de golpe, debajo de mí empecé a sentir un gruñido. Y no cualquier gruñido: el tipo que hacen los gatos cuando están enojadísimos, casi un silbido. Me incorporé nuevamente de golpe y prendí la luz. El placard que estaba junto a mi cama tenía un espejo enorme y ahí lo vi reflejado: justo debajo de mí, agazapado, mostrando los dientes y mirándome fijo. Volví a hablarle, siempre evitando mirarlo fijo a los ojos, para que no sintiera que lo estaba desafiando. Le dije que iba a estar todo bien y hasta me levanté a buscarle algo de comida, por si se le antojaba. Le dejé un bocadito y cuando me alejé lo suficiente se acercó para comerlo. Después de un rato de esta aparente tranquilidad, asumí que había pasado lo peor y me dispuse a dormir de nuevo. Al día siguiente tenía un día complicado en el trabajo y ya pasada la medianoche empezaba a sentir que me ganaba el sueño.

Volví a apagar la luz y al rato sentí que Wilson se subía a la cama. Me quedé quieta. Pero cuando se acercó lo suficiente apareció de nuevo el gruñido amenazante. Y así siguió el baile, durante horas. Aun con la luz encendida, no bien me empezaba a dormir, volvía a acercarse gruñendo y yo temía el zarpazo inminente en mi cara. A todo esto, ya eran casi las 3 de la mañana y me quedaban solo 4 horas de sueño. En un momento de lucidez, se me ocurrió prender la radio. Noté que con las voces humanas Wilson optaba por esconderse y se calmaba. La dejé encendida el resto de la noche como una suerte de protección, y me resigné a que no iba a dormir nada, pensando que quizás no era el gato indicado para mí, dada mi escasa experiencia gatuna.

Despedida feroz

Al día siguiente, con ojeras hasta el piso y sin haber pegado un ojo en toda la noche, me fui al trabajo y llamé a la protectora de animales. Le conté lo que había pasado y le comenté mi preocupación: yo vivía en un monoambiente y, si el gato era agresivo, no tenía espacio suficiente para aislarlo hasta que se familiarizara conmigo. Ni hablar de lo que podía pasar si a mi novio, que no es bichero como yo, le tocaba vivir una situación similar. Me dijo que me quedara tranquila, que si no era el gato para mí, íbamos a encontrar otro, y que ella se iba a comunicar con la dueña. Al rato me llamó y me dijo, para mi sorpresa, que la dueña original del gato iba a venir a buscarlo. Horrorizada como estaba por los hechos de la noche anterior, accedí y por primera vez en muchas horas sentí paz. Esta vez se apareció en mi casa la chica con su pareja, un chico al que, desde que traspasó la puerta, ya se le notaba el fastidio con el animal. Lo que siguió no me lo vi venir ni en mil años. Era su gato, el que habían criado desde chiquito, y una esperaría que con ellos sentiría al menos cierto cariño. Nada de eso. Se había escondido debajo de la cama y de ninguna manera pensaba salir de ahí. Trataron de convencerlo hablándole y ofreciéndole comida, pero nada surtió efecto. Finalmente, el muchacho intentó agarrarlo, y ahí se desató el pandemonio. El gato lo mordió y lo arañó con una violencia que pocas veces vi en un animal, y en un momento hasta pegó un salto por el que quedó literalmente colgado de la pared, agarrándose con las uñas. De hecho, las marcas quedaron ahí de recuerdo hasta que me mudé del departamento. Cuando ya no sabía que más hacer, me pidió una toalla y finalmente logró capturarlo y meterlo en la caja en la que lo habían traído, no sin antes dar una batalla campal de arañazos, maullidos amenazantes, mordidas y alaridos. Cuando logré salir de mi estado de shock, pude ver el resultado de semejante cacería: el departamento estaba literalmente dado vuelta. Parecía que me habían asaltado, y ni hablar de los brazos y las manos del muchacho, llenos de marcas sangrientas de arañazos y mordiscos.

A esa altura yo ya no sabía ni qué decir. Los acompañé al ascensor, les regalé la comida y las piedritas que había abierto y en ese mismo momento la chica resolvió mi enigma: "Bueno, ahora viste por qué no puedo quedármelo estando embarazada. Imaginate lo que le podría hacer al bebé", le escuché decir, al tiempo que sentía que la indignación subía por mi cuello y mi garganta. "Para que te des una idea, cada vez que hay que llevarlo al veterinario tienen que agarrarlo entre 4", añadió, mientras yo recordaba cómo me había dicho tan campante que podía llevarlo a cortarse las uñitas "cada dos meses". ¡Y ni mu me había dicho sobre esto! Mansito, había pedido que fuera, y en lugar de eso me habían embaucado con un gato lindísimo, pero más malo que Belcebú. Resistí mis ganas de decirle de todo, simplemente porque quería que la situación se terminara ahí mismo. No tenía sentido putearla, y pensaba que ya bastante iba a tener con seguir conviviendo con el animalito.

Al día siguiente recibí un llamado de la protectora de animales. Me dijo que a ella también la habían engañado, que la chica le había dicho que el gato era amoroso y hasta me alentó para que no desistiera, porque ya tenía otro animalito para darme. Le agradecí de mil amores y le dije que me diera un tiempo, porque la verdad es que después de semejante experiencia necesitaba un tiempo para recuperarme. Por otras circunstancias de la vida nunca llegué a adoptar un gato, pero todavía no desisto de la idea: yo sé que algún día va a llegar a mi vida un tierno felino, solo pido que sea un poco más pacífico.

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