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Bienestar

Recuperarse. Una anestesia mal colocada en el parto la dejó sin movilidad

Verónica De Martini
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10 de febrero de 2020  • 20:56

Male Eirin asegura que la frase "Tu segunda vida empieza cuando descubres que sólo tienes una" es real.

Define la primera parte de su vida bajo la palabra "apuro". Estudió sin parar, desde chica trabajó en Publicidad, se fue en vano a Barcelona a buscar algo que no encontró para darse cuenta, años después, de que lo que faltaba era algo en su interior. Trabajaba sin parar, faltaba a cumpleaños y reuniones familiares, a su vez desarrollaba su carrera de diseñadora de vestuario y asesora de imagen, se compró una casa, conoció a su actual marido y tuvo dos hijos. ¿Era feliz? Sí, lo era, pero hoy, a la distancia, siente extraña y ridícula aquella frase que era su latiguillo y decía con orgullo: "Soy un tren que no para".

Siendo fiel a su frase, la noche anterior a la llegada de Toribio, su segundo hijo, salió a caminar un rato para relajarse sin saber que esa sería la última caminata que haría...

Una anestesia mal colocada

El 7 de enero a las 11 de la mañana empezó el segundo trabajo de parto de Male: "Llegamos a la clínica ya bastante cancheros, era nuestro segundo bebé y estábamos felices que al fin era el momento de conocerlo. No me dolían las contracciones, y estaba muy relajada charlando con la obstetra y partera de mis dos hijos. Al entrar a la sala de partos el anestesista me dijo: sentate que te voy a dar la epidural. No pregunté nada y le hice caso.

El anestesista fue el único del equipo que había cambiado de mi parto anterior. Cuando le pregunté a la médica me dijo que como era enero los anestesistas de su equipo estaban de vacaciones. Cuando me colocó la anestesia no sentí dolor ni nada distinto. Hasta ese momento no tenía conciencia de que el suplente iba a cerrar el capítulo uno de mi vida".

Cuatro pujos y nació Toribio. A las cuatro horas Male se quiso levantar para ir al baño y se desplomó. Las enfermeras le dijeron que seguramente debía pasar un tiempo más para que se vaya el efecto de la anestesia. Un poco preocupada llamó a su obstetra para contarle y le aconsejó que esperara un poco más.

Pero las horas pasaban y Male seguía sin sentir su pierna y pie izquierdo. Preocupada por su hijo mayor y ocupándose del recién nacido, trataba de no entrar en pánico y estar lo más tranquila posible.

Esa tarde le inyectaron en la columna una alta dosis de corticoides para bajar la inflamación de los nervios y que todo volviera a la normalidad.

"Esa noche fue una de las más tristes de mi vida. Estábamos cayendo en la cuenta de que en verdad algo había pasado. Lloré toda la noche rogando que a la mañana siguiente mi pierna volviera a la vida, que todo volviera a la normalidad", recuerda Male, sinitiendo otra vez toda aquella angustia de una madre reciente que tiene que buscar ser fuerte para cuidar de su bebé recién nacido y su hijo mayor.

A la mañana siguiente apareció su obstetra, esta vez acompañada del anestesista: "Él llegó vestido con su uniforme de práctica de golf y protestando porque era sábado y tuvo que abandonar su partido. Mi marido casi reacciona pero estaba tan preocupado que se quedó en el molde. Me revisaron una vez más y este pequeño hombre dijo: es la primera vez que me pasa, tomá b12 para los nervios y ya está. No se podía hacer nada más y nos fuimos de la clínica. Hacía mucho calor y recuerdo que tuvieron que traerme unas zapatillas porque mi pie no tenía fuerza para sostener una sandalia abierta. Caminaba con una renguera profunda, arrastraba la pierna izquierda y así nos fuimos a casa, devastados", cuenta Male.

Al llegar a su casa y ver la cara de sus padres iba tomando consciencia de lo que le estaba pasando. Por ejemplo la primera noche quiso retomar la rutina habitual de su primer hijo, entonces se sentó a acunar al bebé en la silla mecedora pero cuando se quiso levantar para acostarlo en su cama no pudo hacerlo, no se podía mover. Se quedó ahí un rato, con su bebé dormido en brazos y con el corazón roto hecha un mar de lágrimas. Lo llamó a su marido para que la ayude y recuerda que "ese fue el momento real de mi toma de conciencia donde dije: Ok, esto es lo que está pasando. Asumilo. Algo tenés que hacer con esto, todo va a estar bien. Y confié. Sumida en la desesperación y angustiada confié en que todo tenía que estar bien. Porque cuando la vida te da limones, te preparás una buena limonada e intentás hacer lo mejor, o te quedás paralizada, y yo no tenía opción, había dos chiquitos que necesitaban a su mamá".

El camino por la medicina occidental

Empezó entonces un periplo de consultas, médicos y estudios. Male dejó su trabajo en publicidad y, junto a su marido, tuvieron que reorganizar su vida familiar para ocuparse de la recuperación.

Tres veces por semana veían a un neurólogo, ningún médico les decía nada, no había diagnóstico ni tratamiento que les diese un poco de certeza de lo que podía pasar. Al parecer, su caso era uno en tres millones y el panorama iba empeorando. Se realizó un electromiograma (una prueba para estudiar el funcionamiento del sistema nervioso): "Te ponen miles de agujetas en las piernas y toman la reacción de tus nervios ante estímulos de electricidad. Creímos que nos iba a dar cierta certeza pero resultó devastador. El resultado decía que la conducción nerviosa de mi pierna izquierda era cero. Se nos vino el mundo encima, el panorama era mucho peor de lo que creíamos y el tiempo de recuperación, si es que la había, sería enormemente mayor de lo que nos decían los médicos. Ahí lo llamamos al anestesista para pedirle explicaciones. Yo no hablé con él, no podía hablar. Mi marido lo llamó y encontramos la misma actitud y sin un gramo de compasión. Ese fue el momento de tocar fondo y unirnos como familia", cuenta Male.

Hicieron de todo: osteopatía, acupuntura, kinesiología, estímulo con electricidad en los nervios y más. Todos coincidían en lo mismo: lo que necesitaba era tiempo, no había ni tratamiento, ni medicación. Había que esperar y ver si sus nervios se recuperaban o no.

Para alguien que se consideraba un tren que no paraba le llegó el momento de parar, de dejar de correr, manejar y caminar bien. Su cerebro le daba la orden al pie de moverse pero nada, trataba de mover los dedos para arriba o hacia abajo y no podía, estaba inmóvil. Su sensibilidad no solo había desaparecido sino que ahora era reemplazada por un sistema de dolores intensos y desconocidos. Arrastraba su pie y al mes de la lesión empezó a sufrir dolores neuropáticos indescriptibles: "Yo los llamo dolores de ciencia ficción, porque sentís que te queman, te cortan, te retuercen, te pinchan, todo al mismo tiempo", explica Male, y agrega que estos dolores resultan de un daño o enfermedad que afecta el sistema somatosensorial y puede estar asociado con sensaciones anormales y dolor producido por estímulos que normalmente no son dolorosos. "Es algo muy difícil de transmitir, no solo la sensación sino todo mi cuadro en general y solo sabemos del mal trago nuestro círculo más íntimo, porque la verdad es que no había quedado sin una pierna; yo estaba igual que siempre en mi apariencia. Pero estaba incapacitada para hacer muchísimas cosas, desde seguir haciendo mi trabajo, caminar, correr, hasta salir de bañarme, tenía que agarrarme de todos lados, porque no solo no tenía sensibilidad sino que no tenía equilibro", trata de detallar Male; esa falta de equilibrio era la que además le traía fuerte dolores en su espalda y en el cuerpo.

Le daban remedios fuertes para calmar el dolor pero estos tenían como contraindicación algún efecto depresivo. Male no podía más, en lugar de mejorar sentía que empeoraba. En ese momento su hijo mayor empezó el jardín y ella no pudo acompañarlo ni siquiera a la adaptación.

Tuvo que aprender a encontrar otros caminos, otras formas de levantarse, bañarse y calzarse.

La llegada del bienestar

El dolor aumentaba, su incapacidad la dejaba un poco ausente para sus hijos, su marido se puso al hombro la familia para tapar un poco la ausencia que Male dejaba, "cuando estás en el fondo del fondo tenés una sola opción: ir hacia arriba . Porque lo otro no es opción, sobre todo cuando tenés dos chiquitos que cuidar", dice Male, que un día se levantó deshecha y decidió que tenía que cambiar la situación que estaba viviendo, no sabía cómo pero lo tenía que hacer.

Entonces empezó a hacer otras cosas más allá de lo que los médicos le decían y dentro de sus posibilidades. Se anotó en un gimnasio, hizo acqua gym, empezó a ocuparse de su alimentación, más verduras, frutas, legumbres, jugos verdes, necesitaba nutrir su cuerpo, empezó a introducirse en el mundo de las neurociencias, "Comencé a respetar los ciclos de mi cuerpo, los horarios de descanso, el tiempo necesario de contacto con la naturaleza, las técnicas para mantener una mente calma. Por primera vez valoré mi cuerpo como una herramienta, no como algo tácito que existe y viene conmigo sino como el vehículo que me fue dado para lograr todo lo que anhelo", cuenta Male.

Empezó a vivir más el día a día, sin pensar tanto en el futuro porque no sabía cómo iba a ser su recuperación pero sí sabía que algo tenía que hacer al respecto. Al estar a cargo de su propia recuperación le dio una responsabilidad y un propósito que la mantuvo a flote.

Tomó cursos de respiración consciente, meditación, Mindful eating, PNL, Coach de bienestar, todas herramientas que la ayudaron a profundizar en su nuevo estilo de vida. Volvió a trabajar pero esta vez con un emprendimiento propio, creó la cuenta Diario de Bienestar que es una guía de autoconocimiento, una especie de spa interior donde comparte hábitos saludables, recetas y mantras. También le dio un giro a su carrera de Vestuarista y Asesora de Imagen, ahora es Coach de Imagen y Bienestar, alineando la imagen exterior con el interior brindando herramientas para trabajar de adentro hacia afuera.

Hoy, a cuatro años de lo sucedido, volvió a correr y le apareció un pequeño músculo en su pantorrilla izquierda, "esa es una buena señal. Mi pie sigue un poco dormido, entumecido como en ese cosquilleo que sentís en tu boca luego de un tratamiento de conducto. Cuando estoy quieta veo como se mueve solo, un movimiento como de pequeñas descargas eléctricas, esos son mis nervios que van volviendo a la vida de a poco. También duele pero como me dijo cada médico que visité: el dolor es bueno, significa que hay vida. Así que agradezco porque es lo que apareció en mi vida y agradezco estar abierta a aprender de esta prueba que se me puso delante", afirma, emocionada, Maite.

Hoy más que nunca está convencida de que el cuerpo habla, y está en nosotros encontrar la respuesta para aliviar el dolor y sentirnos mejor. "Con una jeringa me tocaron un nervio, algo casi imperceptible que descompaginó todo adentro de mi cuerpo. Pero lo importante no es quedarte trabado en el impacto del trauma de lo que te sucedió. A mí reconvertir lo que me sucedió en algo más que enfocarme en la recuperación me dio un propósito", afirma Male.

La Anestesia

Lejos de preocupar o causar pánico, y teniendo en cuenta que suele ser un tema de preocupación, los profesionales están capacitados para disminuir los efectos porst operatorios que puedan generarse. La ciencia sigue avanzando en casos rarísimos como el de la protagonista de la historia -uno en tres millones- con nuevos descubrimientos y campañas como hemos dado cuenta en notas anteriores: Anestesia sin riesgos y Una campaña con anestesia.

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