Redención

Guillermo Jaim Etcheverry
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22 de julio de 2007  

¿Es posible alcanzar la redención mediante la experiencia artística? Ese es el interrogante esencial que plantea Florian Henckel von Donnersmarck en su aclamada película La vida de los otros. Como el director ha comentado, la idea de su obra, que transcurre en los años previos a la caída del Muro de Berlín, surgió de una cita que Máximo Gorki adjudica a Lenin, recogida por el filósofo y crítico literario húngaro Georg Lukács. Según Gorki, al escuchar sonatas de Beethoven durante una velada musical en Moscú, Lenin habría expresado: "No conozco nada mejor que la Appassionata; la podría escuchar todos los días. ¡Qué música sobrehumana! Siempre me hace sentir orgulloso, tal vez ingenuamente, el pensar que hay personas capaces de crear tales milagros. Pero no puedo escucharla muy a menudo, ya que afecta mis nervios. Me impulsa a decir cosas dulces, tontas, y a acariciar la cabeza de las personas que, viviendo en un infierno, tienen la capacidad de crear tanta belleza. Uno no puede acariciar la cabeza de cualquiera en estos tiempos, ya que puede morderle la mano. Se les debe, en cambio, pegar en la cabeza, pegarles sin piedad, aunque idealmente estamos en contra de todo tipo de violencia. ¡Ay, que tarea tan difícil!"

Esa cita –que en su versión original parece haber sido más atroz – busca destacar la capacidad del arte, en este caso de la música, de influir en la conducta de las personas. En la obra cinematográfica citada, un oficial de la policía secreta de la ex Alemania oriental, la Stasi –frío, carente de emociones, eficiente–, es destinado a espiar y denunciar los movimientos de un conocido dramaturgo de cuya lealtad se duda. El contacto con los artistas a quienes vigilia introduce al desalmado espía en un mundo sometido a reglas diferentes de las del ámbito rutinario en el que él se mueve, compartir vidas que se desenvuelven en torno a algo muy diferente de lo que él conoce. De pronto, el conmoverse hasta las lágrimas al escuchar una melodía ejecutada al piano por el escritor, la Sonata para un hombre bueno (compuesta por Gabriel Yared), y leer un bello poema de Bertolt Brecht –el tristemente melancólico Recuerdos de María A., que descubre en una inspección en la casa de su vigilado– lo lleva a replantear su vida y termina por ocultar las actitudes del escritor contrarias al sistema, las mismas que debería denunciar.

La emoción que en el espía produce la expresión artística le hace explorar dimensiones fundamentales de la vida con las que hasta entonces no había tenido contacto.

Posiblemente, ese renacer quede admirablemente descripto en una frase del escritor español Manuel Vicent, quien, a propósito de otra cuestión, señala que "la belleza no tiene sentido sin la moral". Ese impacto de la belleza, al completar lo que la persona tiene de humano, la conduce al replanteo moral. Experimenta esa dimensión espiritual del arte que le permite intuir algo más allá de la gris rutina cotidiana. El arte como indicio de la trascendencia, signo de que esa paz interior que buscamos con de­sesperación es posible.

Deberíamos aguzar nuestra percepción para identificar esas señales que nos rodean y que aparecen a poco que, como el espía, decidamos prestarles atención. El director de la película no se propuso describir el comunismo en Alemania oriental o la Stasi, sino mostrar cómo un hombre se convierte de un ideólogo en un humanista. Es cierto que esta redención del espía puede resultar demasiado rápida, reflejar un idealismo utópico, expresar una aspiración inverosímil. Pero el solo hecho de que esa posibilidad exista –como bien lo señala la anécdota de Lenin sobre la que se edificó esta historia– justifica el esfuerzo de buscar esos signos estéticos que apuntan a la trascendencia y que adquieren su pleno sentido cuando se reflejan en la moral, ya que, como también señala Vicent, "la estética sin la moral es sólo una condena".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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