REFUGIADOS

EN BUSCA DEL PARAISO PERDIDO

Son millones en el mundo, y el número aumenta por causa de los odios religiosos, los conflictos políticos y los bombardeos de la OTAN. Un millar de ellos vive entre nosotros, lidiando contra la nostalgia y las adversidades económicas
Marina Gambier
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18 de abril de 1999  

Tiene la mirada ausente, clavada en el televisor. Hasta hace cinco minutos recordaba los veranos en la costa del Adriático, la ronda de café con las amigas, el prefijo telefónico que todavía los une... Ahora, la cadena de noticias dice que en una estación de servicio de Pristina las fuerzas serbias mataron a Bjram Kelmendi, abogado militante de derechos humanos, y a sus dos hijos, en represalia por los bombardeos de la OTAN.

El pánico desata otra guerra en la imaginación de Yhemka Berisha. Allá, en medio de ese infierno donde se consume el odio, están sus padres, amigos, hermanos, colegas, sobrinos... y su casa, cerrada desde una mañana de febrero de 1997 cuando la familia entera debió abandonar el país para salvar el pellejo. Tringa y Mrika, de 12 y 10 años, hacen preguntas. No hay respuesta. ¿Cómo les explica que sus vecinos de edificio fueron asesinados? Yhemka es arquitecta y su esposo, Naim, ingeniero electrónico. Ambos nacieron en Peja, pero vivieron en la capital de Kosovo desde que estudiaron en la primera universidad albanesa inaugurada por el gobierno de Tito. Se casaron en 1984, y cinco años más tarde la felicidad voló por el aire: Serbia invadió Kosovo, una población compuesta en un 90% por albaneses y un 10% por serbios y turcos. En 1991, Kosovo reclamó su autonomía y, enfurecidos por la osadía, los serbios comenzaron con arrestos y juicios políticos.

"Yo trabajaba en planeamiento urbano de la Intendencia y Naim en una empresa de gas -cuenta, mientras fuma y toma litros de café negro sin despegar la vista del televisor-. Los serbios decidieron cerrar las escuelas albanesas, la Universidad y obligaron a los jóvenes a ir a la guerra con Bosnia. Y decime, ¿para qué? ¡Si nosotros no tenemos nada que ver con ellos! En 1992 echaron al 70% de los albaneses de los puestos de trabajo estatales. Quedamos todos desocupados. Hasta ese momento, teníamos una vida. Ahora ni siquiera tenemos casa o trabajo. Fue tan rápido todo que ni rescaté mi título. Además, acá hay mucho desempleo y los conceptos de la construcción son totalmente distintos. ¿Y quién me va a contratar, si nadie va a dar referencias mías?" Los Berisha alquilan un pequeño departamento amueblado gracias a la ayuda de un familiar que vive en París, a las videocassetteras que arregla Naim y al propietario, que no les exigió depósitos ni garantías. Antes conocieron la otra ciudad, la de inmigrantes y marginales, la de los hoteles de Constitución y los sándwiches de milanesa en la plaza.

Una mañana en Pristina me crucé con una caravana de autos que venía de una ciudad vecina. Pregunto y me dicen que 4000 escolares habían sufrido una gran intoxicación. Fui directo al complejo hospitalario con una filmadora. Los chicos se desplomaban, y los médicos no sabían qué era. ¡No tenían diagnóstico! Vinieron expertos de toxicología de Europa, y nada. ¡El gobierno de Yugoslavia dijo que los chicos actuaron para protestar y llamar la atención del mundo! Muchos padres los llevaron a Eslovenia, donde están los mejores médicos, y allá un agente del servicio militar confirmó que, efectivamente, era un gas tóxico, un arma militar sólo usada por la armada yugoslava. Era un crimen: las mujeres perdieron embarazos y los enfermos de cáncer empeoraron", recuerda Naim.

"Colaboré con Médicos sin Fronteras, haciendo de traductor. Yo hablo bien francés. Decidimos llevar los análisis a Suiza. En la casa de mis padres, ocultamos en las puertas del auto unas 2000 muestras de sangre envueltas en hielo. Busqué a un sobrino y partimos solos a la frontera. Teníamos 1000 kilómetros por delante; los soldados serbios nos pararon todo el tiempo, pero les dijimos que íbamos a Belgrado a comprar repuestos electrónicos. Llegué durante la noche a la frontera de Italia, nos reunimos ahí con los médicos y ellos volaron a Suiza con las muestras. Y bueno, la policía serbia empezó a perseguirme, amenazaban con bombas en mi casa, asustaban a mis padres, hasta habían grabado las conversaciones telefónicas. Allá, si te detiene la policía, no salís. Hay cientos de presos desaparecidos de los que nunca se supo nada, porque te golpean, te acusan de terrorista y no hay quién te defienda. Después, confirmaron que la intoxicación fue producida por un gas fabricado en Irak. Lo que más me duele es que mis padres murieron de pena y yo no pude estar ahí."

El regreso se les hace eterno ahora, casi imposible. Dicen que para ellos el futuro terminó el día que bajaron en Ezeiza. Sólo les preocupan sus hijas: temen que vuelvan algún día como turistas a su patria.

En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país, reza el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Las estadísticas estremecen: según los datos proporcionados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (Acnur), desde 1975 el número de refugiados en el planeta aumentó explosivamente: de 2.400.000 llegó a casi 27 millones de personas, de las cuales el 75% fueron niños, adolescentes y mujeres.

A esta cifra se suman otros 30 millones de desplazados internos, es decir, gente que escapa de su casa sin salir de los límites del país. Africa ya expulsó del continente a 9.145.400 personas. Europa, con 7.689.000, ocupa el segundo puesto a causa de la guerra de los Balcanes y la región del Cáucaso. La siguen Asia, América del Norte, América latina y Oceanía, en ese orden. Desde 1993, unas 3.700.000 personas se marcharon de la escindida Yugoslavia a conquistar su porción de paraíso. Esto, sin contar con los 500.000 kosovares que escapan con sus petates a Macedonia, Turquía y Montenegro. En resumen, hoy casi 60 millones de seres humanos, uno por cada 115, está desarraigado.

Alex D. ruega que no publiquen su nombre ni describan sus señas particulares. La embajada de su país sabe que vive en el Gran Buenos Aires.

Escapó de Argel el día de su cumpleaños, en octubre de 1997, con su hijo menor, un maletín, un bolso de mano con apenas cepillo de dientes y ropa para dos días. Fue difícil escabullirse en el aeropuerto y burlar a la policía, que lo conoce muy bien. Por eso no pudo traer a la familia completa: su mujer e hija están exiliadas en algún lugar de Francia.

Según su versión, con el pretexto de la revuelta islámica, el gobierno militar de Argelia liquidó a miles de disidentes: de 1993 a la fecha aldeas enteras fueron degolladas por individuos vestidos con yilabas. El ejército responsabilizó al Grupo Islámico Armado (GIA), una escisión del Frente Islámico de Salvación, el partido fundamentalista que en diciembre de 1991 ganó las primeras elecciones democráticas de este país africano, ex colonia francesa hasta 1965.

"En Argel, vivíamos en una de las bahías más lindas del mundo, en un departamento frente al mar, mi Mediterráneo -recuerda, en un español todavía muy afrancesado-. No tuvimos suerte. Después de la independencia asume una junta militar, y el ex presidente Boumedián, en 1965, convirtió a Argelia en un satélite de la Unión Soviética. Yo tenía pensamientos de izquierda, porque soy de la generación del Mayo Francés; además me eduqué en Francia, pero ya no se podía pensar ni hablar, no había libertad de expresión. Estudié ingeniería en Nüremberg y regresé a casa en 1984, confiando en las promesas democratizadoras."

Se casó con una periodista vecina del barrio e ingresó en el servicio audiovisual del Ministerio de Cultura como jefe editor. Ganaba buen dinero, pero no había dónde gastarlo: en 1991, para evitar que el Frente Islámico asumiera el poder, el ejército argelino dio un autogolpe de Estado y los crímenes bestiales convirtieron al país en una carnicería. "Una mañana me mandan la camioneta con el equipo de transmisión y cuando llegamos a la aldea de Rais, un hombre de la Cruz Roja Internacional nos impide pasar. Ahí me di cuenta de que pasaba algo muy grave. Creí ver el Apocalipsis: 1500 personas decapitadas. ¡Les cortaron la cabeza! No puedo olvidarlo. Empecé a gritar como loco, tuve un ataque de nervios. Grité, acusé a los del ejército y todos me escucharon. A los pocos días me decían por teléfono cómo me iban a matar. Yo estaba acostumbrado, es natural entre los trabajadores de prensa argelinos. Además, ya me habían acusado de filtrar información a la prensa extranjera.

"Amo a mi patria, pero se hizo insostenible. Ustedes no saben lo que es el fundamentalismo, la locura de un tipo que mata por ganar el más allá. Mis hijos sufrían mucho. Una vez un maestro les pidió que llevaran corchos de botella para hacer una experiencia, y pocos los consiguieron. El maestro los hizo pasar al frente y les dijo a los demás: éstos son enemigos de Dios porque su familia toma vino."

De chico, en la escuela, a Alex le contaron historias de gauchos valientes y pampas sedosas. Entonces, soñaba con conocer la Argentina. Pero el shok emocional le extravió la memoria por 20 días, apenas miró el Obelisco. "Con mi hijo, paseábamos sin rumbo por la ciudad. Quería que estuviera bien, intentaba darle una vida tranquila. Pero se nos terminaron los ahorros y es cruel vivir así.... Allá dejé mi casa intacta, mis archivos, mis libros, tenía una buena posición económica. A veces tengo miedo de discar el número y que alguien me atienda del otro lado. Pienso en mi madre, que tiene 80 años y se quedó muy sola." No tiene domicilio fijo ni trabajo, y dice que a los hoteles de Constitución no vuelve porque no quiere que su hijo vea el espectáculo de los travestis. No imagina cuánto habrá crecido su hija en estos dos años. Su única certeza es que pasará mucho tiempo hasta volver a respirar su mar Mediterráneo.

Desde que en 1965 se abrieron las oficinas del Acnur en la Argentina, se registraron 12.000 refugiados y, a partir de 1995, se estima que se aceptó en esa condición a mil personas de diversas procedencias. Aunque en estos días recibió a 160 personas, el promedio que llega a la oficina es de 30 solicitudes mensuales de asilo. Pocas, comparadas con otros países de Europa y América.

Mientras el Comité de Elegibilidad que depende del Ministerio del Interior (Cepare) analiza el pedido de refugio, se les otorga una radicación precaria y el derecho a la asistencia humanitaria que ofrecen las Naciones Unidas a través de la Comisión Católica: cursos de idioma, reconversión laboral, terapia psicológica, antropológica y servicios médicos gratuitos, amén de una pensión máxima de 400 pesos por un plazo de seis meses, para subsistir y pagar un hotel. Esto se inscribe en la ratificación del protocolo adicional de 1967 que sumó a la Argentina a las 133 naciones signatarias del Derecho Internacional de los Refugiados. El punto central del convenio obliga a los receptores a no devolver a las personas a su país de origen y garantizarles protección si durante su estada son amenazadas. El Acnur cuenta con un presupuesto anual de 1000 millones para atender las necesidades básicas de los refugiados en todo el mundo, y el beneficio no alcanza a los desplazados internos, porque para ser reconocido como refugiado hay que cruzar una frontera internacional.

-¿Qué es el futuro para nosotros en un país tan diferente, sin dinero ni trabajo, sin la confianza de nadie? -se pregunta tímidamente Bajram Karabolli, y acaricia el único objeto que rescató de su patria: un desteñido banderín rojo y blanco, con el escudo albanés. Luiza lo escucha y se friega los ojos con un pañuelito de papel. El paisaje del conurbano bonaerense en nada se parece al golfo de su Vlora natal, y ésa es apenas una arista del dolor que le causa ser un refugiado.

Escapó de una Albania revuelta por el naufragio de la democracia, restaurada luego de 50 años de feroz dictadura comunista. Luiza es maestra de escuela. Bajram, licenciado en filología, y fue profesor de literatura en la Universidad de Triana hasta que el gobierno del dictador Enver Hoxha los envió a Peta, un campo de concentración donde postraban a los enemigos del régimen. Vivió veinte años reducido a trabajos comunitarios, sin agua potable y el alimento en magras raciones mensuales: un kilo de pan, papas, un kilo de carne, un paquete de manteca y 100 gramos de café, para cuatro personas. Le avergüenza confesarlo, pero hasta 1990 nunca probó una fruta. Menos imaginó que existían las hamburguesas y la Coca-Cola. Así crecieron sus dos hijos, Erion y Altamir. "Mis abuelos y mis padres fueron perseguidos por el comunismo porque militaban en el Partido Democráta -cuenta Bajram, con la voz recortada por una persistente tos seca-. Era aterrador, si uno decía no hay papas en la verdulería te llevaban preso por agitación y propaganda. Vivíamos encerrados, en un hermetismo enfermizo, con delirios de persecución y hambre, como todos los que pensábamos diferente en Albania. Muchas veces con Luiza soñábamos cruzar el Adriático hasta la costa de Italia, volando o en un neumático, porque la frontera estaba cercada con alambres de púas electrificados y muchos jóvenes que intentaron huir quedaron pegados. Durante 20 años me sentí como el personaje de El Pabellón Nº 6, de Chejov, Gromov. Era un liberal de la Rusia zarista que vivía en un neuropsiquiátrico porque era el único lugar donde podía decir lo que pensaba."

Tras la caída del comunismo, por su posición democrática, el nuevo gobierno lo nombró, en 1997, jefe del servicio de inteligencia en Skrapar, Albania del sur.

"La propuesta era ponernos al servicio de la ley y el Estado democrático, no del poder. Pero éramos todavía muy débiles, sin experiencia. Por eso comenzaron la corrupción, la mafia, el contrabando y la criminalidad, porque luego de 50 años de dictadura algunos no pudieron entender la libertad. Los comunistas fanáticos, sobrepasados por el odio y la pérdida de poder, recurrieron a las armas para derrocar la democracia. Por suerte, Altamir estaba en Ucrania estudiando informática y Erion, de vacaciones en Grecia. Asesinaron a los jefes del servicio secreto de otras ciudades, los masacraron en las plazas públicas, y cómo estarían de locos que una mujer bebió la sangre de uno de ellos. La noche del 8 de marzo abandoné mi casa dos horas antes de que vinieran a buscarme. Llenos de pánico logramos salir escondidos en un auto hasta Triana, donde tomamos un avión para escapar lo más lejos posible."

El 22 de mayo de ese año aterrizaron en Buenos Aires y la tensión no les permitió advertir que la bienvenida latina podía ser tan cruel como el pasado: en Ezeiza, el remisero les robó la valija y la mitad de los ahorros. "Era tan profunda la tristeza, el shock de caer en otro continente tan distinto, que ni nos importó. Ni siquiera entendíamos el idioma, tardamos mucho en reclamar el status de refugiados. Pero gracias al Acnur a los seis meses pudimos localizar a los chicos, en Moscú. No tenían dinero para viajar, y la embajada argentina en Ucrania nos ayudó a traerlos."

Hoy, la paz en Albania está prendida con alfileres. Los Karabolli no pueden volver. El reciclado gobierno comunista aún los busca. En la Argentina son caseros en una quinta, sin sueldo, pero están desesperados: les suspendieron la cuota del Acnur y nadie les da trabajo. Dicen que están condenados a la soledad, a no disfrutar nunca de una vida digna.

Las enfermedades del exilio

Los primeros refugiados reconocidos como tales fueron los hugonotes, 300.000 protestantes que, ante las conversiones forzosas de la revocación del Edicto de Nantes en 1685, abandonaron la Francia de Luis XIV. Desde entonces, en la historia siempre ha habido refugiados. Pero nunca tantos como en el siglo XX.

Los tiranos contemporáneos se las han ingeniado para llevar adelante siniestros planes de extinción social, porque ser refugiado implica salvarse del horror, pero enfrentar otro, igualmente letal: caer de buenas a primeras en culturas distintas, con la ropa puesta, sin identidad ni dinero, sin familia, sin trabajo, lanzados a la nada. Algunos han llevado vidas muy acomodadas, otros no tanto, pero si no cuentan con una ayuda familiar o ahorros, en la Argentina todos deben soportar la sordidez de los hoteles baratos, donde conviven hacinados si son familia numerosa y no pueden pagar dos habitaciones. El idioma es una barrera para buscar trabajo y ante tantas horas vacías, comen en la calle, vagan tratando de entender la ciudad.

No todos los exilios se parecen, algunos duran meses, otros son definitivos, y esta incertidumbre les provoca depresiones profundas, nostalgias casi enfermizas por la patria que los ha expulsado. A esto se suma que las embajadas de sus respectivos países no les dan ni el saludo, pues se niegan a reconocer el agujero negro de sus sistemas.

A este ritmo, parecería que un apartheid global se cierne sobre el futuro si esos pocos locos dispuestos a todo no sueltan al mundo de sus garras. Mientras tanto, y pese a ellos, los refugiados esperan una oportunidad para empezar de nuevo.

Refugiados en la Argentina

Perú - 264

Cuba - 166

Laos - 54

Argelia - 44

Rusia - 41

Liberia - 34

Paquistán - 23

Senegal - 23

Albania - 23

Nigeria - 16

India - 13

Malasia - 10

Ucrania - 6

Angola - 7

Congo (ex Zaire) - 6

Otros -270

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