Aprendé a reírte de vos misma

Bancate hacer el ridículo y date cuenta que nada es demasiado importante
Bancate hacer el ridículo y date cuenta que nada es demasiado importante Crédito: Anahí Bangueses Tomsig
Te proponemos descubrir que algo tan cotidiano como la risa es una herramienta eficáz contra las dificultades de todos los días
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21 de septiembre de 2012  • 12:54




"La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano", dijo alguna vez el escritor francés Victor Hugo. ¿Y qué mejor que un poco de sol para alegrar estos días? Jugar es también soltar, bancarnos hacer el ridículo y comprender que nada demasiado importante se juega en lo aparentemente serio. ¿Qué quiere decir esto? Con la risa y la voluntad lúdica, podemos transitar la vida sintiendo que lo que hacemos no tiene consecuencias taaaan graves y permitiéndonos los errores que siempre ocurren. Así, nos libera de los "peligros" de nuestra mente, apagando la sensación de alerta. En pocas palabras: ¡reíte más y no te tomes tan en serio! Porque, aunque seamos "ombliguistas", a veces es saludable correrse de una misma y vivir de manera más liviana.

¿Por qué nos reímos?

Según las investigaciones del neurobiólogo Robert Provine –autor de un estudio científico sobre este tema–, reírse es una forma ancestral de comunicación heredada de los primates, que, por lo general, asociamos a estados emocionales como la felicidad y la alegría (¿sabías que esta emoción sólo está presente en los mamíferos?), pero que no sólo aparece cuando te cuentan un chiste o te hacen cosquillas. Las situaciones estresantes, esas que te ponen al borde de un ataque de nervios, o incluso aquellas que no podés controlar, también son estímulos suficientes para largar esas carcajadas que a veces sentimos como el súmmum de la desubicación. ¿Y vos? ¿Cuándo fue la última vez que te reíste hasta que te dolió la panza? Si te cuesta recordarlo, seguramente sea porque no estás sacándole suficiente provecho a esta emoción. Te damos algunas situaciones para que te reconozcas y disfrutes de los múltiples beneficios y aprendizajes que esconde un simple "jajaja", para que -aunque te sientas la peor- rías mucho más y mejor.

Por eso, acá van algunos motivos que valen la pena o ¡nos superan!

Contanos alguna anéctota ridícula o papelonera
Contanos alguna anéctota ridícula o papelonera Crédito: Anahí Bangueses Tomsig


El ridículo

Momentos en los que nos sentimos ridículas o "papeloneras", hay miles -desde las clásicas caídas hasta las metidas de pata o las situaciones en que quisiéramos que la tierra nos tragara por completo-, y cada una de nosotras podría recitar su propio ranking de ridiculeces. La vergüenza y esa sensación de "no me puede estar pasando esto justo ahora" nos toman de la mano y amenazan con arruinar hasta la velada más romántica de todas. Es en esos momentos cuando podemos echar mano de la risa como recurso de salvataje: ésta es una risa que deshace o neutraliza la mirada de los otros y transforma el narcicismo herido en un gag cómico e hilarante.

Si ante una situación ridícula, sos la primera en soltar una ruidosa carcajada, la situación cambia drásticamente. Y acá viene el "pero"... Porque decirlo suena fácil, pero a la hora de hacerlo, nos sale enseguidita la drama queen que no nos permite vivir ese hecho casi grotesco como algo liviano, sino que lo transforma en una tragedia griega. ¿Se acuerdan de la frágil y atrevida Bridget Jones? Quizás el paradigma a seguir -al menos en este aspecto- sea el de esa simpática y un poco torpe treintañera, que no sale corriendo avergonzada al llegar a una elegante fiesta en la campiña inglesa disfrazada de conejita de Playboy y darse cuenta de que nadie estaba disfrazado. En definitiva, para poder reírnos de nosotras mismas, siempre es necesaria una buena cuota de fortaleza y autoestima, es decir que dependerá en gran medida de cómo estemos plantadas frente a los demás. La mirada ajena va a existir siempre, pero lo que cambia es cómo cada una reaccione a eso. Si dejás que los demás te inhiban y te paralizás, seguramente saldrías corriendo del restaurante o, ante una situación como la de Bridget, hubieses abandonado inmediatamente la fiesta. Por el contrario, si sos la primera en aceptar a "la papelonera" que todas llevamos dentro, no sólo vas a matarte de la risa, sino que vas a propiciar un buen momento –porque todos van a unirse a vos– y, a cambio, vas a ser testigo del nacimiento de una mayor autoestima y confianza en vos misma.





La adversidad

¿A quién no le ha jugado una mala pasada la famosa "risita de nervios"? No es fácil sobrellevar esos momentos, porque, en general, se trata de hechos incómodos, ante los que nos preguntamos: "Pero ¿qué es lo que nos causa gracia de esto, si en el fondo es un bajón?". La risa también es una forma de enfrentar una situación de estrés. Reímos porque no sabemos cómo afrontar una situación que no esperábamos. Algo que definitivamente nos supera. Y es entonces cuando tenemos que decidir qué hacer: si luchamos o no frente a eso. Si te reís, no luchás, sino que simplemente asumís que está todo perdido, y te dejás contagiar de esa sensación de "esto no debería ser así, pero ES...". Mientras te reís, tu sistema nervioso parasimpático se activa y contribuye de esta forma a lograr progresivamente un estado de relajación frente al estrés. Otro ejemplo: vas a una fiesta y justo coincidís con tu ex, que no fue solo, sino que llevó a su nueva "chica" para presentarla ante todos sus amigos. Obvio que no es un universo ideal para vos, que querías divertirte y pasarla bien... pero ¿qué vas a hacer? ¿Vas a luchar contra eso? La clave en estos momentos es reírte de lo que te está pasando, porque es una manera de "salvar" ese momento, construyéndolo desde donde es. Si quisieras luchar, probablemente te enojarías, pondrías tu peor cara de "ex" y estarías toda la noche mirando disimuladamente hacia donde están ellos. O quizás incluso se te ocurra huir de la fiesta con una excusa cualquiera. ¡No! ¿Y si mejor te quedás, te reís como loca y sos la protagonista de tus propios chistes?

Y más allá de las simplificaciones, también hay que estar atentas a esas veces en que nos reímos como un mecanismo de evasión, para no tener que enfrentar determinadas situaciones. ¡Cuidado! Porque el límite entre trabajar la aceptación y "bancarse cualquiera" es muy fino y, a veces, difuso. A pesar de que la propuesta es aprender a reírnos de nosotras mismas, tampoco hay que irse de mambo, porque a veces la risa o el chiste esconden críticas o insultos, que pasan "diluidos" en el medio de una broma o un chascarrillo. ¡No olvidemos que los villanos también suelen reírse en las películas! Pero lo hacen para desarmar la reacción de los otros, para disfrazar de bromas sus intenciones más maliciosas. ¿O no te pasó nunca el archiconocido "era un chiste, eh" cuando te acaban de decir la peor de las barrabasadas?

Cuando no me causa gracia

En todos los casos (e historias), es clave también ser consciente de los límites y de los momentos por los que estamos transitando. No siempre vamos a poder soltar la carcajada tan livianamente o ser las "Chirolitas" de la oficina o el grupo de amigas. Y a veces, está bueno que eso suceda. Porque cuando la risa no nos sale o cuando no nos bancamos desnudar nuestra vulnerabilidad, también estamos transmitiendo un mensaje potente: "Tu chiste o tu broma NO me causa gracia". Estamos diciendo que no estamos dispuestas a pagar el precio de no ser respetadas para pertenecer y sentirnos queridas. En otras palabras, no te rías si lo que decidiste es que no querés ser tratada de esa manera y sentís que podés mantener esa posición. Porque el plan vivencial de "transformar la tragedia en comedia" sólo aplica si no confundimos las caretas; de nada sirve disfrazar la bronca, las lágrimas o el malhumor con sonrisas. Pero si estás fuerte..., reíte. Mucho. Reíte con ganas. De cualquier cosa. Vas a ver cómo tu mundo se contagia a tu alrededor.

Contanos: ¿en qué situaciones te reiste mucho? Ante un papelón, ¿cómo reaccionaste?

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