Rescate

Guillermo Jaim Etcheverry
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29 de febrero de 2004  

Maimónides, uno de los intelectuales más destacados del judaísmo medieval, emprendió en 1168 la tarea de escribir la que sería su obra más importante, el Misné Torá, un código que sistematiza la ley judaica. En su primer libro, el Séfer ha-Madá o Libro del conocimiento, formula numerosas consideraciones acerca del carácter de la enseñanza y la naturaleza de la vida escolar.

En el quinto capítulo de ese libro, señala lo siguiente: "Así como uno debe honrar y temer a su padre, también está obligado a honrar a su maestro, incluso más que al propio padre. Porque si bien éste lo ha traído al mundo, al enseñarle es el maestro el que lo introduce al mundo por venir". Y apoya esa jerarquización del maestro afirmando: "Debe devolverse antes un objeto perdido por el maestro que uno que haya extraviado el padre. Si el maestro acarrea un objeto pesado al mismo tiempo que lo hace el padre, se debe acudir primero en ayuda del maestro. En caso de que ambos, el padre y el maestro, hubieran sido secuestrados, se debe pagar primero el rescate del maestro. Sólo si el padre fuera un sabio reconocido, correspondería liberarlo en primer lugar".

Estos preceptos del gran médico y pensador –nacido en Córdoba, España, en 1135, y que vivió en Egipto desde 1165– resultan sin duda insólitos en el contexto de la sociedad actual. Sin embargo, las reglas que formula Maimónides se refieren a una cuestión atemporal, que está íntimamente vinculada con la condición humana. Lo que pretende señalar es que la paternidad no está sólo relacionada con la función biológica de engendrar un nuevo ser. En realidad, en el verdadero significado de la palabra, padres son quienes enseñan. En un sentido auténticamente humano, sólo se engendra cuando se enseña.

La virtud de esa cita traída desde hace casi mil años descubre la responsabilidad que tienen los padres de transformar a sus hijos en alumnos. Primero, enseñándoles ellos mismos lo que deben aprender para incorporarse al mundo. Luego, estimulándolos y permitiéndoles aprender de los maestros capacitados para introducirlos a otros saberes. Sólo si los padres vuelven a comprender la trascendencia crucial que adquiere su propia dimensión como maestros se podrán abrigar esperanzas acerca de la superación de la crisis que atraviesa la educación en la sociedad actual. En el abandono de esa función de maestros, de esa tarea esencial de crear alumnos a partir de los niños, es donde deben buscarse las raíces de esa situación.

Es preciso volver a comprender que se es madre y padre fundamentalmente porque se enseña, porque se asume la grave responsabilidad de introducir a los recién llegados a un mundo que ya está ahí cuando se incorporan a él. Eso es lo que, en esencia, nos quiere decir Maimónides, que también destaca las recompensas de esa tarea: "Los alumnos aumentan la sabiduría de sus maestros y abren sus corazones. Así como una vela pequeña es útil para encender una mayor, también un alumno agudiza la inteligencia de su maestro cuando lo interroga extrayendo de él su sabiduría".

Si no reconocemos la vigencia de este mensaje, cuando los niños y los jóvenes de hoy, a quienes ni siquiera permitimos llegar a ser alumnos, se enfrenten al triste dilema de decidir si deben rescatar primero a sus padres o a sus maestros, seguramente no salvarían ni a unos ni a otros. Pero lo peor, como observa Adrien Barrot en La muerte de la enseñanza, es que no los podremos culpar.

El autor es educador y ensayista

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