Revelación

Guillermo Jaim Etcheverry
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3 de octubre de 2004  

Muchas veces, al escuchar música, leer un bello párrafo o contemplar un cuadro, reflexiono acerca de la fortuna que representa para mí el haber tenido la ocasión de acceder a tan singulares experiencias vitales y, sobre todo, disfrutar de ellas. Hace poco, la lectura de la dedicatoria con la que Francis Poulenc encabeza su ópera Diálogo de Carmelitas me invitó a volver sobre esta cuestión. Dice el compositor: "A la memoria de mi madre, que me ha revelado la música". Estas palabras no hacen sino confirmar que hay siempre un alguien que nos "revela", es decir, nos descubre o manifiesta lo ignorado o secreto.

Muchas veces es en el seno de la familia donde recibimos esa revelación, como lo reconoce Poulenc en su dedicatoria. Otras, es en la escuela donde se nos devela lo desconocido. Pero siempre la revelación es inseparable de la actitud de maestro.

¿En qué consiste esa actitud? En asumir la responsabilidad de introducir a los recién llegados al mundo en una realidad que los precede, como tan bien lo define Hannah Arendt. A guiarlos y acompañarlos en la tarea de descubrir una cultura que está ahí, desde antes de que llegaran a este tiempo.

Esa labor, que tiene mucho de revelación, supone la voluntad de asumirla por parte de los padres y de los maestros. Hay que proponerse mostrar activamente a niños y jóvenes ese patrimonio que les pertenece porque sólo a través de nuestra "revelación" podrán incorporarlo durante la construcción de su interior.

Es ésa una de las claves de la cuestión: la percepción de que el interior de las personas se construye como resultado de un proceso activo, que la incorporación a la cultura no es algo que se produzca sólo de manera espontánea. Es evidente que la realidad que hoy crean los medios de difusión se nos escurre adentro casi inadvertidamente. Nos vamos haciendo groseros sin quererlo. Pero para poder gozar de experiencias algo más elaboradas, como señalaba al comienzo, es preciso que alguien se haya propuesto trabajar para descubrirnos, para revelarnos esa otra realidad, eso que la moderna maquinaria de reproducción cultural deja casi en el campo de lo ignorado y hasta de lo secreto.

El problema contemporáneo es que la revelación ya no figura entre los objetivos de la educación de nuestros niños y jóvenes. Hoy, cuando sólo lo nuevo y lo simple gozan de autoridad, cualquier intento de introducirlos en universos más elaborados y complejos, hasta más antiguos, se percibe como una imposición fuera del tiempo.

No se advierte que si en la familia, cuando resulta posible, o en la escuela, no se encara ese esfuerzo de revelar a los jóvenes el mundo ignorado y oculto que se esconde tras la experiencia enriquecedora de frecuentar los esfuerzos creativos más logrados del ser humano, quedarán marginados de una vivencia que les resultará esencial para conocerse a sí mismos.

Por eso, quienes hemos tenido la fortuna de ser introducidos al disfrute de las creaciones trascendentes del ser humano no debemos rehuir del esfuerzo destinado a que otros puedan compartir esas experiencias.

He allí la justificación última de la educación: permitir que otros expandan sus universos interiores tanto o más que lo que han podido hacerlo quienes enseñan. Propuesta que sin duda aparece como anacrónica en un tiempo en el que nos hemos ido acostumbrando a la idea de que los jóvenes constituyen el producto humano ya terminado, al que nadie parece atreverse a agregar nada más.

El autor es educador y ensayista

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