Saber sin saber

Guillermo Jaim Etcheverry
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3 de diciembre de 2006  

Nos dicen que ingresamos a la sociedad de la información y del conocimiento. Nos señalan que progresan los países que invierten en educación. Se alaba la creatividad científica y el desarrollo de la tecnología que de ella resulta. Sin embargo, al mismo tiempo que parece adjudicarse un lugar tan privilegiado al conocimiento se acentúa el descrédito social de la actividad intelectual que lo sustenta. Lo importante parecen ser las habilidades operativas, cómo hacer las cosas. Lo meramente instrumental prevalece por sobre las capacidades creativas, que, lógicamente, no dejan de estar presentes en el discurso contemporáneo. No se advierte, precisamente, que es en la desprestigiada actividad intelectual donde se asienta toda posibilidad de saber.

La búsqueda intelectual, en cualquier campo de que se trate, parece ser considerada algo secundario, un ejercicio para parásitos, desvinculado de la realidad social. No se comprende que cualquier posibilidad de modificar esa realidad se basa, precisamente, en el desarrollo intelectual del ser humano y surge del hábil manejo de conocimientos concretos, ya que las innovaciones no aparecen de la nada sino que resultan de asociar esos saberes.

Olvidamos que la aspiración por saber es la responsable del estado actual de nuestro conocimiento acerca de la realidad que nos rodea. Una pura curiosidad, una atrevida exploración de nuestra capacidad para lograr identificar sus límites. En un reciente estudio, el filósofo Frank Furedi se pregunta: “¿Dónde han ido todos los intelectuales?”. Y plantea lúcidamente esta paradoja central de la cultura contemporánea: idolatrar los productos tecnológicos generados por una actividad intelectual que se desprecia. Hasta los propios intelectuales, sostiene Furedi, temen destacar la trascendencia cultural y práctica de su búsqueda de la verdad. En lugar de afirmar en ella su autoridad, parecen mucho más interesados en demostrar su relevancia, accesibilidad y cercanía a la opinión popular. El origen del conocimiento en la actividad intelectual se vuelve así cada día más confuso. Por eso, se descalifica al maestro que enseña algo buscando desarrollar habilidades intelectuales. Cuando el deseo de conocer deja de estimular la imaginación cultural, la posición social del intelectual comienza a perder sus cualidades singulares.

Ante este predominio del mero valor instrumental de uso por sobre el interés en el logro intelectual, la educación resulta herida de muerte. Ese desarrollo intelectual, fundamento de la sociedad en la que pretendemos vivir, resulta difícil de alcanzar, supone esforzarse y superar fracasos. El horror contemporáneo a lo complejo y la desvalorización del esfuerzo –inseparable de todo intento serio de desarrollar cualquier capacidad del ser humano– contribuyen de manera decisiva a este estado de cosas. Quienes se destacan en la actividad intelectual son, en general, poco reconocidos y hasta ridiculizados. Para peor, el objetivo superior de la educación es evitar frustraciones, lo que hace perder a los jóvenes la posibilidad de comprender mejor sus propias vidas mediante la laboriosa exploración de lo mejor que nuestra cultura les puede ofrecer. El desafío es hacer accesible a todos eso “mejor” y no dejarlo en las sombras para evitar supuestas frustraciones.

Servir a la sociedad supone contribuir a que al menos los intelectuales preserven la inteligencia crítica, mantengan alguna distancia de las tareas cotidianas y privilegien los valores últimos por sobre los inmediatos. De allí que el riguroso desarrollo del intelecto de nuestros jóvenes sea la mejor contribución que podemos hacer al futuro. Transformar usuarios ignorantes en creadores activos es una responsabilidad que no deberíamos rehuir, como lo estamos haciendo con creciente entusiasmo al desprestigiar la labor intelectual. Pretendemos ignorar que en ella reside el fundamento mismo de la sociedad del conocimiento en la que decimos querer vivir.

* El autor es educador y ensayista revista@lanacion.com.ar

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